La barraca

La adaptación de la novela de Blasco Ibañez dirigida por Magüi Mira se reconfigura a través del expresionismo

Foto de Javier Naval

Parece, desde luego, una fenomenal idea trasladar esta breve novela de Blasco Ibáñez a las tablas, cuando su versión televisiva había contado con buenas críticas y cierta repercusión. Juzgo que es un gran acierto de Magüi Mira haber optado por el expresionismo y el simbolismo en lugar de haberse ajustado al esperable naturalismo, corriente en la que triunfó su autor. En este sentido, la propuesta contiene muchas similitudes estéticas con el trabajo realizado durante tantos años por la compañía Atalaya; aunque aquí se procede con elementos que potencian más el color y la luz. Dos grandes estructuras móviles con espejos que han situado Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán nos permiten observar el reflejo del tapiz, sobre todo cuando se llene de una arena rojiza que remarca el calor abrasador, la furia del desenlace aciago y todos esos campos que los labradores se afanaban en rentabilizar; además, por supuesto, de esbozar una barraca. La iluminación de José Manuel Guerra refuerza los símbolos que se manifiestan en algunos matices para no caer en el profundo tenebrismo.

El espacio está muy desnudo, pero se ocupa con un atrezo propicio, como las esterillas que delimitan caminos de tablillas y camastros infames. No deja, por otro lado, de encontrarse en el vestuario objetos disonantes, como unas sencillas mochilas de cuerdas que distraen, o las botas verdes de vaquero que porta el señor. En cualquier caso, las ropas andrajosas se difuminan en un panorama macilento, como un ente colectivo que se moldea en la inquina.

En la adaptación de Marta Torres se percibe una depuración del lenguaje excesiva, apenas aparecen regionalismos y las frases del valenciano que se deberían entreverar están ausentes. Aunque ha logrado sintetizar los momentos clave de esta historia que transcurre a finales del XIX, acentuando el carácter de los tres personajes principales; a pesar de que algunas subtramas en torno a varios de los hijos podrían haber sido impactantes. El alejamiento del consabido naturalismo no solo se nota en el idioma, sino en la dicción de cada intérprete; porque más allá de las voces cazalleras que se escuchan, al tono le falta algo de acercamiento a la dureza de aquella situación, que debería evidenciarse en los vulgarismos. De todas formas, tenemos actuaciones de gran poderío en un esquema tripartito muy claro. Nos hallamos en Valencia en esas huertas que la rodean, con esas viviendas de adobe, que arrendaban los pobres campesinos. Pronto advertimos a Barret, representado con hondura por Jorge Mayor, un agricultor que se deja la piel para sacar adelante el trabajo, pero que no puede hacerse cargo de todas las rentas que le debe a don Salvador, el propietario. A este lo encarna Antonio Sansano con una potente apostura de desprecio, con una soberbia seca. El enfrentamiento entre ambos impondrá una especie de maldición sobre esas tierras. Una manera de resistencia del resto para que nadie más las ocupe. Sin embargo, el hambre y la miseria aprietan tanto que unos forasteros se deciden a labrarlas. Así conocemos a Batiste, el gran protagonista. Daniel Albadalejo combina fortaleza y pundonor, y bosqueja su semblante con templanza en un ejercicio muy medido. Ganarse a esas gentes parece imposible. Luchar por su cuota de agua en el famoso Tribunal aposentado en la Catedral es más difícil todavía. Demasiados frentes abiertos como para poder proteger a su mujer, interpretada por Patricia Ross con verosímil impotencia; y a su hija, que nos enseña a una Elena Alférez buscando su propio vericueto. Ella se enamorará de un chico sorpresivamente humilde y bueno entre tanta bestia. Jaime Riba expelerá humildad.

Muy distinto es el papel en el que se mete Antonio Hortelano. Su Pimentó va deambulando desde el inicio, con chulería, con gran suficiencia, pues es el acequiero y, por lo tanto, se dedica a repartir los turnos del agua. Él es igualmente un arrendatario y ahora debe contemplar cómo su máximo rival, Batiste, demuestra su rendimiento y su sorprendente capacidad. Hablamos de un verdadero cafre, un tipo que se pasa con la bebida. Por eso resulta sobrecogedora la parte final, cuando está fuera de sí entre los paisanos, mientras su esposa, Pepeta, recreada por Beatriz Grimaldos con el pavor que exige convivir con ese hombre tan violento, intenta apaciguarlo. Todos esos instantes de reconcentrada ira nos provocan y nos hacen comprender hasta qué punto la angustia por sobrevivir se torna insoportable. La música de Santi Martínez realza con melancolía la catástrofe.

La barraca

Autor: Vicente Blasco Ibáñez

Dirección: Magüi Mira

Adaptación: Marta Torres

Intérpretes: Daniel Albaladejo, Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada (Beatriz Grimaldos), Elena Alférez y Jaime Riba

Composición musical: Santi Martínez

Diseño de escenografía: Curt Allen y Leticia Gañán

Diseño de iluminación: José Manuel Guerra

Coreografía: Marta Gómez

Ayudante de dirección: Guillermo Delgado

Producción ejecutiva: Jesús Cimarro

Distribución: Rosa Sainz Pardo, Estela Ferrándiz y Franceline Rivera

Jefe técnico: Ignacio Huerta

Comunicación y prensa: Javier Antolín y Hellen Perdomo

Diseño gráfico: David Sueiro

Vídeo promocional: Clip Multimedia

Jefe de producción: Juan Pedro Campoy

Secretaría de producción: Lola Sánchez

Una producción de Teatro de Malta, Pentación Espectáculos y Olympia Metropolitana

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 21 de junio de 2206

Calificación: ⭐⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.