Lope de Vega reivindica la inteligencia femenina en esta comedia puesta en escena por el Teatro del Temple

En la apuesta de esta temporada para el Teatro de la Comedia nos estamos encontrando propuestas de enredos y embates habituales entre sexos. Sobre todo, lo hemos hallado con Lo que son mujeres y ahora con La vengadora de las mujeres. Ciertamente, descubrimos esquemas similares, como ha ocurrido con otros proyectos que se han representado en el mismo escenario en el pasado, ya sea El desdén con el desdén o, directamente, El perro del hortelano. La versión de Alfonso Plou y María López Insausti moderniza esta función para ahormarla en el exquisito mundo de la esgrima.
Contamos con un texto que los expertos encajan entre 1615 y 1620, cuando el autor ya superaba los cincuenta años. Verdaderamente se logra dotar a la protagonista, la princesa Laura, de toda una caracterización, pues sus largos y agudos parlamentos nos revelan a una señora llena de ingenio y de conocimientos tanto eruditos como psicológicos. Asimismo, Silvia de Pé se hace con el papel de una manera absolutamente elocuente, porque se impone firme en sus convicciones a través de gestos de gran ironía; pero, a la vez, es capaz de aplicar soltura para añadir mohínes humorísticos que se engarzan de modo fulgurante. Por lo tanto, ella se convierte en el gran atractivo de un montaje que nos puede parecer un tanto tópico en otros elementos, como la estupidez generalizada con la que se bosqueja a los varones. Sus ínfulas están repletas de una ideología que aquí busca el eco en las proclamas del feminismo contemporáneo. Ya que su furibundo rechazo de los hombres no es por cuestiones de orgullo o de soberbia. Su pensamiento y su enfado están pergeñados con múltiples lecturas, algo excepcional en la época.
También se muestra estupendo José Vicente Moirón, jugando a ser Lisardo, un secretario, aunque, en realidad, es un príncipe. Equívoco frecuente en el Siglo de Oro y que nos adelanta un desenlace esperado. Por eso nos tenemos que centrar en los diálogos de esta pareja, que son los más jugosos. Así el actor se implica como un gracioso y, simultáneamente, como un galán. Por una parte, debe ofrecer sus encantos físicos y su discurso, aunque este profiere agravios contra las féminas; y, por otra parte, conquistar a la dama con su buen humor. Sirve, incluso, como gran cohesionador, Julio, el criado que encarna Secun de la Rosa, ya que su presteza en las respuestas es fenomenal. El intérprete no regala su vis cómica. Quizás resulte poco elaborado el engaño por el cual cae bajo el hechizo de unas cintas y acaba enamorado de uno de los pretendientes que han llegado.
La mayor falla de la obra es que los susodichos interesados en el matrimonio con nuestra heroína apenas están esbozados y sus duelos se relatan, pero no se llegan a representar como tales. Termina por ser un asunto demasiado secundario, mientras el argumento insiste en una enseñanza ─a través de la escuela ad hoc─ hacia las mujeres para protegerse de las añagazas de los señores. Por eso aparecen más las pupilas Lucela y Diana, es decir, Lorena Berdún e Itziar Miranda. Con grandes similitudes ambas cumplen notablemente con sus roles de aprendizas y enamoradizas. Muy diferentes son las actuaciones de nuestros aristócratas en liza; porque sus diversas subtramas transcurren fuera de nuestro alcance y eso los deja muy deslucidos. Este aspecto es una constante que se arrastra hasta el epílogo y por eso nos toca escuchar el desenredo de los enmascaramientos con demasiada rapidez. Es lo más flojo de un espectáculo que transmite una sugestiva apariencia al menos en su escenografía. El fondo con una gran biblioteca potencia la altura. Luego, los distintos cuadros que unas extravagantes «polillas» van sustituyendo aumentan la crítica, como el imponente Judit y Holofernes, de Caravaggio. Menos persuasivo me parece el vestuario de Agustín Petronio, sobre todo, el varonil. Las actrices brindan más elegancia y comedimiento, mientras ellos se aproximan a la astracanada con los efusivos colores del parchís. Además de la combinación un tanto estrafalaria de chaqueta y falda que viste Lisardo.
En cualquier caso, podemos apreciar motivos suficientes para el entretenimiento y para la atención de un argumentario que resuena en el presente. La dirección de Carlos Martín favorece los encuentros y desencuentros con un movimiento ágil. Así consigue suavizar algunas de las alocuciones sobre las sentencias de los filósofos a los que se alude. En definitiva, una nueva defensa femenina de nuestro insigne Lope de Vega.
Autor: Lope de Vega
Dramaturgia: Alfonso Plou y María López Insausti
Dirección: Carlos Martín
Reparto: Silvia de Pé, Gabriel Moreno, Secun de la Rosa, José Vicente Moirón, Xavi Caudevilla, Nacho Rubio, Chavi Bruna, Lorena Berdún e Itziar Miranda
Escenografía: Óscar Sanmartín y Carlos Martín
Vestuario: Agustín Petronio
Música: David Angulo
Asesoría del verso: Pepa Pedroche
Maquillaje y peluquería: Virginia Maza
Producción: María López Insausti
Coordinación técnica: Alfonso Plou
Técnicos en gira: Paco de Miguel, Federico Martín y Manu Fernández Solanilla
Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico y Teatro del Temple
Hasta el 31 de mayo de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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