El Círculo de Bellas Artes acoge una propuesta singular para veinte espectadores entorno a una mesa con viandas
Hace unos pocos meses hablaba por aquí de Obra infinita, de Los Bárbaros. Ahora, nos convocan para algo que, mutatis mutandis, se parece bastante. Al igual que las agencias de publicidad y marketing organizan eventos, donde se teatralizan situaciones diversas para vendernos una colonia o presentarnos una colección de ropa; también tenemos espectáculos en suites de hoteles para un selecto grupo donde te ofrecen cóctel de bienvenida, obrita de cuarenta minutos y, después, departir con el elenco mientras uno remata la jugada con otro combinado. Ustedes, quizás, convendrán que nada tiene que ver con un montaje programado nada más y nada menos que por el Festival de Otoño, dirigido por Alberto Conejero, en nada más y nada menos que en todo un Círculo de Bellas Artes. Que no hablamos de entretener a las parejitas un sábado por la noche, que esto es arte. Pero si el envoltorio, más allá de la rareza que supone no acudir a un teatro convencional, no marcha y, el texto que se inserta, menos todavía; entonces habría que plantearse que la propuesta se deshace una vez has asumido que en Madrid estas cosas no son para tanto. O no hemos al piso de Arantxa de Juan a disfrutar su Magnani aperta. O recordemos El banquete que ideó Álvaro Tato, igualmente, los comensales nos sentábamos alrededor de una gran mesa, tomando un vino, junto a los personajes. Podría poner más ejemplos de extrañezas; aunque esto no consiste en convocarnos para una función clandestina de una obra de Alfonso Sastre durante el franquismo a la espera de que llegaran los grises para mandarnos a la DGS. Esto es muchísimo más simple, es más, es simplón.
Los veinte elegidos somos recibidos por los intervinientes, los actores Javier Beltrán, a quien ahora podemos ver en la serie La Mesías; y Sergi Torrecilla, que la temporada anterior estuvo representando El mar; junto al director Albert Boronat, conocido colaborador de Andrés Lima en Shock 1 y 2, Prostitución o La comedia de los errores, que pudimos contemplar hace unas semanas. Nos invitan a tomar agua o vino en uno de los grandísimos salones (donde se suele celebrar el baile de Carnaval) del Círculo de Bellas Artes. De pie escuchamos una historia rocambolesca y fantástica, un relato de ciencia-ficción que termina hablándonos de tres píldoras que remitirían a tres posibilidades vitales. Tras esto, ya nos desplazamos hacia el lugar donde han situado una larga mesa con queso, lomo y algunas viandas más. Pensemos ya de inicio, que trasladar una obra que se hacía en apartamentos de colegas a un sitio así, con más de seis metros de altura, amplísimo, con una luz que, en absoluto, propicia un ambiente misterioso o de recogimiento no es lo más adecuado. No ha sido una buena elección si debemos trasladarnos a Una casa en la montaña. De poco vale que el director genere confianza con los espectadores y que todo resulte afable. Demasiado, diría; pues no hay forma de adentrarse en serio en la trama. Beltrán continúa su cuento con ímpetu; no obstante, anquilosado en su silla. Una de esas historietas que se van bifurcando, que van hacia adelante y hacia atrás, como en los videojuegos o en las novelas de Elige tu propia aventura. Con unas referencias al existencialismo de Sartre que se encajan sin mayor consecuencia; porque el asunto acaba por ser de zombis. Literariamente no se puede sacar mucho de eso, más allá de pasar el rato. Como la pieza queda corta, nos cuentan otra. Esta vez Torrecilla lleva la voz cantante y única. Nos destina hasta la célebre cabaña de Wittgenstein que, por cierto, ha sido reconstruida. Por mucho que rezume un aire borgiano, tampoco se genera ninguna sintonía superior que justifique la propuesta. Cualquier atisbo filosófico es baldío. Fin. Así, sin más. No consideraré la agradabilísima charla posterior como parte de la función.
Por sacarle algo de jugo quise traer a mi memoria al escritor Agustín Fernández Mallo, tan dado a la mezcolanza pop (afterpop, mejor) y a los rizomas; pero también, como dejó escrito, a la escalada, como la que realizó en Skjolden, Noruega, para alcanzar la susodicha cabaña. La verdad es que al final, Boronat ha sacado su lado friki ochentero y no he podido más recordar ese exitazo de nuestra posmodernidad titulado Kung Fury.
Por supuesto que los dramaturgistas deben buscar nuevos enclaves, lugares que justifiquen su inquietud, espacios que impliquen tanto a los artistas como a los espectadores de otra manera; sin embargo, esto, que ya está inventado, requiere más precisión estética.
Autor y director: Albert Boronat
Intérpretes: Javier Beltrán, Sergi Torrecilla y Albert Boronat
Fotografía: Cristina Tomás
Contratación y distribución: Marlia S.L.
Círculo de Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 12 de noviembre de 2023
Calificación: ♦
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Un comentario en “Una casa en la montaña”