La madre de Frankenstein

La adaptación de la novela de Almudena Grandes retrata España con gran subjetividad desde el interior de un siquiátrico. Blanca Portillo vuelve a brillar interpretando a la célebre asesina Aurora Rodríguez Carballeira

La madre de Frankenstein - Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

Sigue funcionando excelentemente el tándem Ricart-Portaceli con las adaptaciones de novelas (véase La casa de los espíritus). En este caso, han superado con creces la obra de Almudena Grandes, pues sobre las tablas quedan difuminadas las cargantes explicaciones y reiteraciones, más propias de bestsellers, que emplea la autora. Tampoco se favorece en demasía que el espectador caiga en esa absurdez de aprender historia con la literatura.

Se cuenta cómo el hijo de un importante psiquiatra ajusticiado al finalizar la guerra regresa a España después de formarse en Suiza, y especializarse en un nuevo medicamento que devuelve parte del sentido a los enfermos mentales. Es el enfrentamiento, como ocurría en las «novelas de tesis» de Galdós, entre la visión humanística (Carlos Castilla del Pino fue aquí la inspiración) del hombre moderno y esa amalgama rancia del conservadurismo encerrado en sus oscuras creencias.

La clave de esta propuesta teatral radica en que observamos ese mundo de posguerra desde tres puntos de vista personales. Es perspectivismo y, si no lo aceptamos así, se nos abalanzará el maniqueísmo infantil y el sesgo político tan acendrado de la escritora. Las caricaturas y hasta el esperpento se evidencian con tipos estrafalarios como el padre Armenteros, que encarna José Troncoso con tono avieso, ocupado en educar cristianamente a los caballeros del mañana, mientras «recoge» a los bebés robados en una clínica.

Lo recortado me parece idóneo; lo exprimido, mejor. Es decir, obviar las farragosas historias familiares del protagonista, Germán Velázquez ─acogido con sereno poderío y honradez por Pablo Derqui─, con los Goldmann, cuando estudiaba psiquiatría; y engrandecer el papel de Aurora, dándole más presencia. Blanca Portillo se recrea con una composición corporal que le permite saltar de la introspección maniaca a una realidad más corriente. La actriz logra que la célebre asesina de Hildegart Rodríguez Carballeira nos destine a una confluencia extraordinaria de pulsiones sobre la eugenesia, que tanta vigencia tienen hoy en día por otros métodos; y que por aquellas tuvo al doctor Vallejo-Nájera (encarnado por un gélido Ferran Carvajal) como adalid español. Una mujer extravagante, a priori, pero con un bagaje filosófico muy sugerente. Un monstruo de racionalidad sicótica. Luego, la mirada de María, esa auxiliar de enfermería del manicomio para mujeres de Ciempozuelos, nos deja a una Macarena Sanz ofreciendo su habitual candidez y ese aplomo que la sostiene en los momentos más crudos.

Es esta última quien nos aproxima al envoltorio costumbrista, con aquello del «baile de chachas», con el clasismo imperante, con el tenebrismo alrededor del aborto, con todas las penurias, la intransigencia y esa pátina nacionalcatólica que impregnaba cualquier recodo de la sociedad. Está representado con un vivaz contrapunteo a través de múltiples caracteres. Jordi Collet es uno de los siquiatras, homosexual, y nos traslada a su desenfada fiesta de cumpleaños, mientras suena delicadamente «Il cielo in una stanza». Después, completan ese elenco versátil Belén Ponce de León, que hace fundamentalmente de madre del protagonista; Gabriela Flores, amante del susodicho; y David Fernández «Fabu», como director del centro.

Esa cantidad de temas y de vericuetos se asimilan con más satisfacción gracias a la fluidez de las escenas que se van solapando. A esto contribuye, tanto la escenografía de Paco Azorín y Alessandro Arcangeli, que es tan abierta y sencilla, como adecuada en detalles centrales, por ejemplo, con la cama y el piano que van ascendiendo desde el subsuelo; como la iluminación de David Picazo, que está al quite del movimiento escénico.

Cualquiera le puede poner pegas a un espectáculo de casi cuatro horas (el epílogo me sobra, le falta brillantez, es un empeño novelístico); no obstante, el conjunto está ahormado con gran agudeza, y la esencia de esos personajes se materializa con gran verosimilitud.

La madre de Frankenstein

Texto: Almudena Grandes

Adaptación: Anna Maria Ricart Codina

Dirección: Carme Portaceli

Reparto: Ferran Carvajal, Jordi Collet, Pablo Derqui, David Fernández «Fabu», Gabriela Flores, Belén Ponce de León, Blanca Portillo, Macarena Sanz y José Troncoso

Espacio escénico: Paco Azorín y Alessandro Arcangeli

Iluminación: David Picazo (AAI)

Vestuario: Carlota Ferrer

Coreografía y movimiento: Ferran Carvajal

Música y espacio sonoro: Jordi Collet

Audiovisuales: Miquel Àngel Raió

Diseño de sonido: Carles Gòmez

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Ayudante de iluminación: Daniel Checa

Ayudante de vestuario: María García Concha

Fotografía: Geraldine Leloutre

Vídeo: Bárbara Sánchez Palomero

Editorial Almudena Grandes (Tusquets Editores)

Producción: Centro Dramático Nacional y Teatre Nacional de Catalunya

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 12 de noviembre de 2023

Calificación: ♦♦♦♦

TEXTO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA LA LECTURA DE EL MUNDO

4 comentarios en “La madre de Frankenstein

  1. Pingback: paella – kritilo

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