La casa de los espíritus

Carme Portaceli y Anna Maria Ricart ponen en marcha esta excelente adaptación de la novela de Isabel Allende en el Teatro Español

La casa de los espíritus - Foto de Jesús UgaldeEl tándem Portaceli-Ricart continúa su andadura con una nueva adaptación de una novela firmada por una mujer y de claro impulso feminista. Tras Mrs. Dalloway y Jane Eyre, con La casa de los espíritus han ido más allá y han apostado por un texto, que verdaderamente es difícil llevarlo a las tablas debido a su extensión y por esa cantidad enorme de personajes y de historias que se entreveran en tiempos y en múltiples circunstancias. Y, principalmente, porque es una novela muy narrativa; ya que contiene muy pocos diálogos, con lo que el lenguaje dramático queda más alejado.Será mejor no que haga ninguna comparación con la célebre película; puesto que aquella pegó unos tajos increíbles a la obra que Isabel Allende publicó en 1982, aprovechando los efluvios del boom y solapándose con Cien años de soledad, con la que comparte demasiado. En este caso, desde mi punto de vista, la adaptadora, Anna Maria Ricart, ha realizado un trabajo absolutamente excelente; ya que ha logrado en tres horas y veinte minutos condensar todas las tramas fundamentales y dotar de gran equilibrio a los vaivenes temporales, y a la hondura de cada una de las protagonistas femeninas, que son las que marcan el paso de una época a otra. Solamente quisiera poner una pega, y es que no me parece apropiado que se nombre a Salvador Allende expresamente —además de que aparezca en varios vídeos—; puesto que la novelista se preocupó de «enmascararlo» tras el Candidato y, luego, el Presidente. Al igual que hizo con el Poeta (aquí se recita uno de sus poemas más célebres, sin que haga falta decir que hablamos de Neruda) o con Víctor Jara, cuando Pedro Tercero se hace cantautor. Y es una cuestión importante porque, aunque todos sabemos que estamos en Chile y que es su historia la que se refleja, la forma que se tiene de tomar distancia, convierte a La casa de los espíritus en una novela más universal, más extrapolable a las trágicas vicisitudes del resto de países latinoamericanos (¿cuál se ha librado de un dictador teledirigido por el Imperio?). En cualquier caso, la versión me parece fenomenal. En otro orden, y esto tiene que ver mucho con el dinamismo que Carme Portaceli ha impuesto y ha conseguido imprimir, la escenografía de Paco Azorín, quien ha demostrado con creces su arte en otras ocasiones, quizás haya sido uno de los «sacrificados». Porque su propuesta es algo rácana, simple, y con una presencia casi totalizadora de las pantallas donde se reflejan todo tipo de secuencias audiovisuales preparadas por Miquel Àngel Raió (sugerentes; pero el dispositivo es un tanto repetitivo). Y es que no creo que el cronotopo vinculado a las dos casas, es decir, esa confluencia casi inasible del tiempo que transcurre entre avances y retrocesos, y el espacio del hogar, en un sentido metafórico, ya sea como familia o como patria, termine de cuajar materialmente. Por esta razón, la escenografía no termina de hacer su labor. El ritmo y las transiciones funcionan de tal manera que los diálogos poseen el oxígeno pertinente para que las biografías, las heridas y los presagios se escuchen con sosiego. Y las disputas políticas, esas que configuran dialécticamente todo el siglo XX, entre el comunismo y el capitalismo, y que aquí se plasman con gran vertebración. Sí es cierto que el epílogo —tan esencial en la obra, en cuanto que explica de alguna manera el origen y la fuerza impulsora— resulta extenso después de una función tan larga. Por otra parte, detecto, como se puede detectar en otras muchas obras —podría poner de ejemplo La fiesta del Chivo, que protagoniza Echanove—, que la violencia inherente e inapelable se soslaya en demasía. Se da un pudor que a mí me parece insolente. Y no sé si es por la visión particular de sus dramaturgistas, un hálito feminista y femenino de que no querer incidir en ciertos hechos muy cruentos que recaen, sobre todo, en las mujeres; o en un «respeto» por unos espectadores de un teatro público, que pueden verse soliviantados. De esta forma, Miranda Gas, que es Alba, la nieta, se apodera de la narración y hace avanzar el relato. Pienso que le falta más tensión, que, en ocasiones, no parece ser un personaje, sino la voz cándida de la escritora, cuando no es únicamente así. Y en ella no se traslada toda la agresividad, toda la brutalidad y la muerte que la rodean, durante su detención en los momentos iniciales de la dictadura. Mucho más convincente está Francesc Garrido, una vez que lo observamos como un hombre más «civilizado» a tenor de su juventud asalvajada. Él es Esteban Trueba, el patriarca de esta saga, el senador convencido de los valores del Antiguo Régimen, un derechista sin matiz, y que descubre, muy a su pesar, lo que es el poder dictatorial y militar. El terrateniente debe pedir auxilio y hasta cariño a su amiga Tránsito Soto, una prostituta leal, venida a más, y que Grabiela Flores interpreta con suficiente sensualidad; aunque será como Férula, la hermana del potentado, cuando mejor deambule por un tribadismo, que en esta versión es mucho más claro y evidente que en la novela. Uno de los personajes primordiales es Clara del Valle, la hermana de Rosa, la del pelo verde, que murió envenenada y que era la prometida de Esteban. Carmen Conesa pulula arrastrando la cola de su vestido como el espectro que anuda los acontecimientos con sus adivinaciones y sus sueños clarividentes. La actriz compacta elegancia, serenidad y una luz que su propio físico ya destila, tanto por sus ojos como por su melena rubia. Su hija, Inma Cuevas, es Blanca Trueba, un personaje que sirve de transición entre la abuela y la nieta de esta. Quizás no tenga suficientes minutos para expresar el duradero y vivo amor que siente por Pedro Tercero García, y su interpretación quede un poco apagada. Algo parecido le ocurre, por lo tanto, a Borja Luna. Por otra parte, Jordi Collet, quien se encarna en múltiples papeles, es capaz de mostrar su furia como el bastardo Esteban García; y su sibaritismo como Jean de Satigny. Mientras que David Fernández «Fabu», también con varios caracteres en su haber, es capaz de demostrar su versatilidad, sobre todo para prefigurar a un tipo tan extravagante como Nicolás, el hermano de Alba. El otro hermano, el mellizo, se lo queda Guillermo Serrano para recrearlo con pasión e idealismo. Finalmente, Pilar Matas se queda, entre otros, con el papel de Nada y el de Petra García, resolviéndolos con solvencia y credibilidad. La simultaneidad de acciones que se observa sin confusión es mérito de Ferrán Carvajal. Y el vestuario, a cargo de Carlota Ferrer, está repleto de detalles significativos y considerablemente simbólicos en sus colores (el blanco, el verde, el rojo, el negro), sobre todo para remarcar la clase social como en los trajes femeninos, como la llegada de unos sesenta más hippies y floridos. Ahora que el CDN recupera el Shock, dirigido por Andrés Lima, donde se desgrana la crueldad de la reciente historia chilena, esta propuesta de La casa de los espíritus vale de amplificación sobre aquellos momentos fatídicos.

 

La casa de los espíritus

Autora: Isabel Allende

Dirección: Carme Portaceli

Adaptación: Anna Maria Ricart

Dramaturgia: Anna Maria Ricart y Carme Portaceli

Reparto: Jordi Collet, Inma Cuevas, Gabriela Flores, Francesc Garrido, Pilar Matas, Carmen Conesa, David Fernández «Fabu», Miranda Gas, Borja Luna y Guillermo Serrano

Diseño de escenografía: Paco Azorín

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de vestuario: Carlota Ferrer

Coreografía y movimiento: Ferrán Carvajal

Música original y espacio sonoro: Jordi Collet

Diseño de vídeo: Miquel Àngel Raió

Diseño de sonido: Pablo de la Huerga

Ayudante de escenografía: Fer Muratori

Ayudante de vestuario: Sonia Capilla

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Una coproducción de Teatro Español, Grec 2020 Festival de Barcelona y Teatre Romea

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 16 de mayo de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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