El disfraz / Las cartas / La suerte

El Teatro de la Comedia da cabida a un montaje ambicioso con las piezas de Joaquina Vera, Víctor Català y Emilia Pardo Bazán

Verdaderamente la Compañía Nacional de Teatro Clásico debe contribuir a esto. Por un lado, a exprimir el talento actoral que ella misma ha propiciado y que debería, según mi opinión, permanecer en una especie de Compañía bis (revolutions) que fuese de gira por las Españas y allende los mares, que es lo que hace falta. Por otra parte, incursionar en la historiografía teatral española, a través de tres piezas que, si bien no son una genialidad, nos descubren unas maneras, unas aproximaciones a la realidad (la del XIX), con mirada femenina y con preferencia a las clases bajas, que merece observarse para poner en cuestión o en relación a todas esas otras obras —esas sí, geniales— que se repiten hasta la saciedad.

Lo primero que me interesa remarcar es el buenísimo hacer de los elencos. Nos encontramos en este espectáculo algunas actuaciones que son para enmarcar. Es una demostración de lo que implica hacer cantera de una forma auténticamente profesional. Por eso, vayamos directamente, por qué no, a la segunda pieza. Sin duda, la más interesante como texto y la que nos entrega a una Mamen Camacho espléndida, encarnando a la Madrona, una mujer humilde y vivaracha, que se va perfilando con una cantidad ingente de matices que la actriz recoloca con una meticulosidad tremenda y, sobre todo, con una naturalidad verista apabullante.

Las cartas - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Las cartas (1899) está firmado por la Víctor Català (Caterina Albert), un monólogo que incluye un breve prólogo con una actriz —aquí serenamente Silvia Nieva—, donde se nos explica que, como una especie de experimento teatral, una mujer de la calle, una no cómica —como hacía Pasolini y, últimamente, Carla Simón— va a «interpretar» su particular historia: «Sinós que él, er Lluis Homar, estaba ostinao en que ensayase, que m´aprendiese lo que tía e ecir como quien s´aprende er padrenuestro… ¡Anda ya! —le ije—». Créanme que a Camacho se la entiende perfectamente casi todo su discurso. Un relato que habla de engaños varios, de adulterio, de ignorancia y de compasión. De cómo se portó con ella su Miguelico otro, a la postre, tontorrón. Ya digo que es una pieza esta de gran ingenio en el desarrollo descriptivo de los hechos y en cómo se perfila un lenguaje (en catalán con multitud de términos en castellano) que exprime el registro vulgar al máximo para situarnos en la palmaria realidad educativa de aquellas épocas (en toda España, el analfabetismo femenino en aquella época rondaba el 70 %).

El disfraz - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Pero antes de todo esto, si ustedes llegan pronto a la polivalente sala Tirso de Molina, podrán jugarse unos cartones al bingo antes de la función. A continuación, se comienza con El disfraz, una comedia de enredo al estilo clásico, seguramente una adaptación de alguna obra francesa innombrada. No es gran cosa este texto de la desconocida Joaquina Vera; porque cae en todos los tópicos consabidos de las simulaciones, los equívocos y otras tretas. Si quiera el hecho, nuevamente, de darle gran protagonismo a varios personajes de clase baja y el determinismo social que les impide ascender. Otra vez, por lo tanto, un trabajo no tanto con el lenguaje, sino con modos «brutos» propios de algunas gentes del campo poco refinadas. Lo bueno es que Íñigo Rodríguez-Claro, que está acostumbrado a la agitación, pues le ha querido dar su toque posmoderno, pasándolo por el tamiz de Cher y de Rigoberta Bandini («Perra»), y José Juan Rodríguez, que hace de Barón, llevado con modos estrafalarios y hasta vampíricos, también se ha imaginado unas cuantas coreografías para que la verbena quede lucida. Peculiar es el papel de Mariano Estudillo, que es un Marqués que juega a ser un cazurro, disfrazado de pastor, para propiciar el enredo. Mientras que Andrea Soto resulta muy dominadora de la situación en los primeros embates, frente a una segura Alba Enríquez, que es sabedora de que su destino es quedarse en su pueblo, por mucho que le hagan soñar con ir a Madrid. Luego, Daniel Teba pone toda su potencia y, a la vez, su sensibilidad a flor de piel. Una propuesta festiva que tiene el aporte musical —como lo hace en cada una de las piezas— José Pablo Polo, como un DJ, en su cabina (una caseta metálica y móvil que ha inventado Elisa Sanz, quien también se encarga de preparar un vestuario cargado de detalles que remarcan el estatus de cada personaje de manera inequívoca). Sonidos diversos y elocuentes, ruidos siniestros cercanos al ambiente gótico y un acompañamiento en ocasiones irónico, que configuran una estética. Porque, el espectáculo —para ello Xus de la Cruz ha tenido propiedades ilativas— posee unidad a través de los motivos que hallamos: las clases bajas, el protagonismo femenino, el determinismo social y el lenguaje vulgar o vulgarizado.

La suerte - Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Finalmente, llegamos a Pardo Bazán, para rematar su centenario (recordemos La gota de sangre y Los Pazos de Ulloa, que han servido para conmemorarla el año pasado). Y debo reconocer que La suerte, me ha parecido un texto flojo, donde no se concretan de manera adecuada —algún giro es algo abrupto y sin consistencia— los argumentos que manejan sus protagonistas, o, si se quiere, que no terminan de ser demasiado complejos e interesantes. Eso sí, contamos con una interpretación esplendorosa de Alba Recondo, que es una actriz siempre a tener muy en cuenta, y que demuestra aquí una apostura, un empaque de gran poderío para ir descubriéndonos a Ña Bárbara, una aureana, una buscadora de oro, que ha ido haciendo acopio del preciado metal, hasta verse con una bolsa que toma como salvavidas, dentro de su mundo cerrado y oscuro (buena cuenta da de ello la iluminación de Pedro Yagüe). Vive con ella el Payo, un muchacho que interpreta con solvencia José Carlos Cuevas, que no termina de ser un contrapunto elocuente.

Sesión triple, entonces, que se puede disfrutar por muchas causas, y que tiene en las interpretaciones su máximo atractivo para recuperar textos y autoras que merecen la pena revivificarse sobre las tablas.

El disfraz / Las cartas / La suerte

El disfraz

Autora: Joaquina Vera

Dirección: Íñigo Rodríguez-Claro

Reparto: Alba Enríquez, Mariano Estudillo, José Pablo Polo, José Juan Rodríguez, Andrea Soto y Daniel Teba

Coreografía: José Juan Rodríguez

Asesoría vocal: Andrea Soto

Alumna en prácticas: Marta Artetxe

Las cartas

Autora: Víctor Català (Caterina Albert)

Dirección: María Prado

Traducción: Albert Arribas

Reparto: Mamen Camacho, Silvia Nieva y José Pablo Polo

Asesoría objetual: Andrea Díaz Reboredo

Alumna en prácticas: Andrea Bernárdez

La suerte

Autora: Emilia Pardo Bazán

Dirección: Júlia Barceló

Reparto: José Carlos Cuevas, José Pablo Polo y Alba Recondo

Alumna en prácticas: Alejandra Pérez

 

Equipo artístico de las tres piezas:

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE)

Iluminación: Pedro Yagüe

Compositor musical y espacio sonoro: José Pablo Polo

Vídeo: Javier L. Patiño

Ayudante de dirección: Xus de la Cruz

Ayudante de escenografía y vestuario: Igone Teso (AAPEE)

Ayudante de iluminación: Marina Palazuelos Soto

Alumna en prácticas: Julia Rincón Valadez

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 5 de junio de 2022

Calificación: ♦♦♦

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