La coartada

Bernabé Rico dirige con firmeza esta adaptación del thriller firmado por Christy Hall, en el que sobresalen las interpretaciones de María Castro, Daniel Muriel y Miguel Hermoso

La coartada - FotoEl thriller sicológico posee una serie de reglas tan estrictas que, pasados ya los años, resulta bastante difícil salirse de ciertos esquemas. Christy Hall pretende con su obra To Quiet the Quiet, traducida aquí por La coartada, jugar con un personaje «no fiable» como es su protagonista, Ana. Que ella sea la que debe aportarnos la información pertinente para que captemos por dónde va el asunto es trabajar desde algo insostenible. Esto se debe a que ella, como descubriremos según avanza la función, no está en sus cabales. Sigue leyendo

El cuidador

Una de las obras más complejas de Harold Pinter vuelve a los escenarios desde una perspectiva más límpida y simbólica

El cuidador - Foto de Javier NavalEsta obra ya se ha interpretado de múltiples maneras, casi tantas como Esperando a Godot, con la que tiene tantas concomitancias y que precisamente dirigió Antonio Simón hace un par de años también en el Teatro Bellas Artes. La cuestión es qué nos dice Pinter a nosotros hoy. Digamos, en primera instancia, que me parece un acierto —como han hecho otros traductores— acogerse a la traducción de El cuidador, para The Caretaker. Habitualmente se titula El portero, como aquella estupendísima versión que comandó Carles Alfaro en el Teatro de La Abadía en 2006 y que debe ser nuestra referencia. Digo que ‘cuidador’ está mejor, porque amplía las significancias a los tres protagonistas. Sigue leyendo

Los dioses y Dios

El cómico redunda en su visión de la vida a través del análisis del Anfitrión de Plauto y su relación con los dioses. Y, también, su propio camino espiritual hacia la contemplación «de la luz interior»

Los dioses y Dios - FotoLa recursividad se impone en la sucesión de sus últimos trabajos y unos se imbrican en otros. Hasta tal punto ocurre así, que sus admiradores se regocijan con la serie de chistes y de anécdotas que nunca faltan. Esto puede provocar cierta pesadez, cuando uno ya atesora una buena colección de obras como espectador y siente que el efecto sorpresa se diluye. Pero su oficio va de eso. Justamente, en Los dioses y Dios el argumento se torna más elusivo que nunca; pues, en realidad, nos quiere descubrir las técnicas interpretativas de la tradición a la que él se adscribe. Ya sabíamos de su fervor por Darío Fo; aunque ahora nos desgrana, a través de Plauto, cómo ciertos gestos, ciertas bromas y burlas fueron recogidas de individuos peculiares, callejeros y rufianescos, para introducirlos en las atelanas (pequeñas farsas del siglo II a. C.). Sigue leyendo

Conferencia sobre la lluvia

Enrique Simón se mete en la piel de un bibliotecario para realizar una interpretación cautivadora sobre el texto de Juan Villoro

Conferencia sobre la lluvia - FotoLa preterición se convierte en la perfecta captatio benevolentiae: «perdí la conferencia». Pero cómo no considerar una conferencia a lo que viene a continuación, a esa disertación tan particular, entre la hogareña charla con uno mismo de un bibliotecario que nos acoge en su despacho con su pijama y batín. Un ordenador de libros desordenado, un tipo contradictorio. Un titubeador que chasquea su lengua trabucada en ocasiones, como esa cabeza ahíta de citas, de lecturas, de personajes y de autores predilectos. Y, aun así, es el amor (¿no es ese el principal tema de la literatura junto a la muerte? ¿No son el amor y la muerte las dos caras de la misma moneda vital?) lo que vertebra la existencia de este individuo quizás neurótico, quizás misántropo, quizás ido, quizás manipulador de su propia vivencia de letraherido. Sigue leyendo

¡Viva la Pepa!

Juan Luis Iborra dirige a esta heroína melillense interpretada con salero por la actriz Pepa Rus en el Teatro Bellas Artes

Viva la Pepa - FotoVamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? Sigue leyendo

Los mojigatos

Magüi Mira dirige esta irónica comedia de Anthony Neilson sobre las nuevas visiones del sexo

A primera vista, se detecta, nada más empezar, que vamos a asistir a una de esas comedias amables, donde la típica lucha de sexos va a reactualizarse. Pero, poco a poco, de ahí la inteligencia del texto, iremos descubriendo que los sexos y el sexo se han desmontado. Anthony Neilson ha escrito una obra engañosa, recubierta por el halo de las comedias burguesas al uso, con una compenetración abundante con un público que permanentemente es interpelado. Es una obra muy generacional, muy concreta, porque es la que se ha visto cuestionada hasta el punto de verse inmersa en la duda. Hablamos de cincuentañeros, de parejas estables, de matrimonios en fase de enfriamiento pasional o, de lo que es peor, de compañeros que se han ajustado a los parámetros emasculantes de aquellos que nuestra directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, instó a «follar con empatía» (fuera de ahí, todo es violación o casi). Por lo tanto, unos espectadores se sentirán más interpelados que otros e, incluso, algunos se sonrojarán si discurren por las directrices conservadoras de toda la vida de Dios. Y es que entre que sí y que no, entre la broma y la preterición, nuestros protagonistas, antes de ser mojigatos, practicaban el sexo, habían tenidos otras experiencias sexuales y estaban al tanto de ciertas parafilias, que nos nombran sin pudor (el dogging, por ejemplo). El lenguaje, efectivamente, viene con la envoltura del pacatismo; aunque no dudan en señalar, sin grosería, lo que consideran necesario de las artes salaces. Sigue leyendo

Eduardo II, Ojos de niebla

José Luis Gil se lleva las alabanzas del público en el Teatro Bellas Artes gracias a la encarnación de este rey inglés acusado de sodomía

He de reconocer que, a veces, como me ha ocurrido en esta ocasión, un cartel y ciertas fotos promocionales te hacen saltar todas las alarmas y te imponen unos prejuicios que suelen cumplirse en gran medida. El abuso del Photoshop y otras malquerencias estéticas es lo que tiene. Todo fue mejor de lo esperado y el público respondió como no recordaba para una tragedia de este tipo (los aplausos al final de casi cada escena así lo certifican y la larga ovación final, más todavía). No creo que sea para tanto; pero, como vamos a justificar, es una propuesta respetable y entretenida. La gran referencia, por supuesto, es el Eduardo II de Marlowe, de la que hemos tenido varios montajes en la historia reciente de España. Además, en 1991, Derek Jarman dirigió una versión cinematográfica con sus habituales anacronismos. Alfredo Cernuda se ha quedado con el cogollo del relato. Nos lanza in medias res a resolver una amalgama de conflictos que se enmascaran unos con otros. Tenemos la ambición de poder, el ansia de venganza, la expresión de la homofobia (dicho en nuestro lenguaje actual) y todas aquellas perspectivas políticas, religiosas, económicas y morales que conflagran en la Inglaterra del siglo XIV. Tanto se ha centrado en el meollo, que la estructura no deja espacio para un mayor dinamismo o para la participación de un número más considerable de personajes. Tres actos con escasísimas escenas y apenas cinco intérpretes con un papel cada uno. Sigue leyendo

Esperando a Godot

El gran clásico contemporáneo regresa una vez más a las tablas con una dramaturgia más luminosa y cercana al espectador

Esperando a Godot - FotoLa vigencia de esta obra, uno los clásicos incuestionables del siglo XX, perdura en nuestro diálogo contemporáneo puesto que sus temas y antitemas nos concitan. Uno se pregunta, si al final de nuestros tiempos, mientras nos observen las criaturas robóticas no seremos unos vagabundos insatisfechos con un ocio tan redundante como vacuo. La mirada de Estragón y Vladimir es un segmento temporal que transcurre entre el «No hay nada que hacer» y el «Vamos». Ahí está Camus para preguntarnos por qué no nos suicidamos; por qué esos individuos haraposos que se apostan a las escaleras de una iglesia con su cartelito reclamante y su vasito de café tintineante no terminan con una existencia que entiende qué es un día de la semana. Sigue leyendo

Señora de rojo sobre fondo gris

José Sacristán destila su esencia para adaptar la novela de Miguel Delibes, donde se relata el fallecimiento de su esposa

Que José Sámano haya estado detrás de la adaptación de Cinco horas con Mario y ahora de Señora de rojo sobre fondo gris parece una cuestión de lógica; pues son dos textos de Miguel Delibes que se miran fijamente y que suponen un díptico donde dos mujeres tan distintas como idénticas se observan desde perspectivas casi antagónicas. En la obra que nos compete, el panegírico, próximo al patetismo, nos produce verdadero estupor cuando se describe su enfermedad. Ahora que se estila tanto en literatura la autoficción, lo cierto es que el novelista vallisoletano se desnudó emocionalmente cuando publicó en 1991 su novela. Su esposa, con la que se había casado en 1946, había fallecido a los 48 años en 1974. Tamaña catástrofe lo sumió en el más oscuro silencio y la horrible experiencia le sirvió de materia para realizar esta confesión tan íntima que ahora interpreta José Sacristán en los escenarios. Primeramente, hay que reconocer que la versión, firmada, aparte de Sámano, por el propio actor y por Inés Camiña, posee la gran virtud de reordenar ciertos pasajes para propiciar un vaivén más pronunciado que en la novela, también más digerible. Porque en esta, el álter ego del autor es un pintor (exitoso) que le va a contar a su hija ―se encuentra encarcelada por el conocido como Proceso 1001― que su madre, Ana, está enferma y, aprovechando la coyuntura, nos va a hilar la prosopografía con la etopeya; es decir, a describir a su esposa como una especie de sílfide que ni embarazada engordaba y a consignar un carácter enérgico, predispuesto al encantamiento de todo aquel que se le acercara. Una mujer extraordinaria a todas luces y que uno, aunque sea un tópico, se la imagina como el soporte inevitable y necesario del artista. Sigue leyendo