El beso de la mujer araña

Carlota Ferrer dirige esta adaptación de la novela firmada por el argentino Manuel Puig, donde Eusebio Poncela convence con una interpretación sugerente

El beso de la mujer araña - FotoCuando hace unos meses falleció William Hurt, se recordó ampliamente su fantástica labor actoral en la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña (1985), con la que consiguió, entre otros prestigiosos premios, el óscar. Aquella cinta y su novela se habían quedado ancladas en un pasado que reverbera mal en nuestro presente; porque poseía reminiscencias culturalistas que hoy resultan algo exquisitas. Es algo que se comprueba en la versión que dirige Carlota Ferrer en el Teatro Bellas Artes, pues si uno de los protagonistas se pone a contar la película de 1942, La mujer pantera, de Jacques Tourneur, entonces el espectador se puede quedar pronto descolocado; si rápidamente no encaja el argumento del film. Con el libro es más sencillo aclararse; no obstante, parece más que conveniente imbricar el simbolismo de esa fémina felinesca que encarnó en el celuloide Simone Simon, y que nos ponía en la pista de cierta paradoja entre amar, perder la virginidad y metamorfosearse en un ser destructor. Sigue leyendo

Palabras encadenadas

Obra del exitoso dramaturgo Jordi Galcerán, regresa a los escenarios para desplegar, a través de esta comedia-thriller, las cuitas de un patético sicópata en el secuestro de su exmujer

Palabras encadenadas - FotoRecurrir a un autor exitoso como Jordi Galcerán, responsable de títulos como Burundanga o El método Grönholm, es muy propio del verano y de las épocas de crisis como la nuestra. Lo que ocurre es que el tema del sicópata de turno, con todos los clichés inyectados hasta más no poder, ya no producen el mismo efecto escalofriante de antaño. No obstante, tengamos en cuenta que este texto data de 1994 y que ha tenido múltiples puestas en escena, y hasta una versión cinematográfica de Laura Mañá, quien logró darle mayor sofisticación y consistencia a la obra teatral. Sigue leyendo

La coartada

Bernabé Rico dirige con firmeza esta adaptación del thriller firmado por Christy Hall, en el que sobresalen las interpretaciones de María Castro, Daniel Muriel y Miguel Hermoso

La coartada - FotoEl thriller sicológico posee una serie de reglas tan estrictas que, pasados ya los años, resulta bastante difícil salirse de ciertos esquemas. Christy Hall pretende con su obra To Quiet the Quiet, traducida aquí por La coartada, jugar con un personaje «no fiable» como es su protagonista, Ana. Que ella sea la que debe aportarnos la información pertinente para que captemos por dónde va el asunto es trabajar desde algo insostenible. Esto se debe a que ella, como descubriremos según avanza la función, no está en sus cabales. Sigue leyendo

El cuidador

Una de las obras más complejas de Harold Pinter vuelve a los escenarios desde una perspectiva más límpida y simbólica

El cuidador - Foto de Javier NavalEsta obra ya se ha interpretado de múltiples maneras, casi tantas como Esperando a Godot, con la que tiene tantas concomitancias y que precisamente dirigió Antonio Simón hace un par de años también en el Teatro Bellas Artes. La cuestión es qué nos dice Pinter a nosotros hoy. Digamos, en primera instancia, que me parece un acierto —como han hecho otros traductores— acogerse a la traducción de El cuidador, para The Caretaker. Habitualmente se titula El portero, como aquella estupendísima versión que comandó Carles Alfaro en el Teatro de La Abadía en 2006 y que debe ser nuestra referencia. Digo que ‘cuidador’ está mejor, porque amplía las significancias a los tres protagonistas. Sigue leyendo

Los dioses y Dios

El cómico redunda en su visión de la vida a través del análisis del Anfitrión de Plauto y su relación con los dioses. Y, también, su propio camino espiritual hacia la contemplación «de la luz interior»

Los dioses y Dios - FotoLa recursividad se impone en la sucesión de sus últimos trabajos y unos se imbrican en otros. Hasta tal punto ocurre así, que sus admiradores se regocijan con la serie de chistes y de anécdotas que nunca faltan. Esto puede provocar cierta pesadez, cuando uno ya atesora una buena colección de obras como espectador y siente que el efecto sorpresa se diluye. Pero su oficio va de eso. Justamente, en Los dioses y Dios el argumento se torna más elusivo que nunca; pues, en realidad, nos quiere descubrir las técnicas interpretativas de la tradición a la que él se adscribe. Ya sabíamos de su fervor por Darío Fo; aunque ahora nos desgrana, a través de Plauto, cómo ciertos gestos, ciertas bromas y burlas fueron recogidas de individuos peculiares, callejeros y rufianescos, para introducirlos en las atelanas (pequeñas farsas del siglo II a. C.). Sigue leyendo

Conferencia sobre la lluvia

Enrique Simón se mete en la piel de un bibliotecario para realizar una interpretación cautivadora sobre el texto de Juan Villoro

Conferencia sobre la lluvia - FotoLa preterición se convierte en la perfecta captatio benevolentiae: «perdí la conferencia». Pero cómo no considerar una conferencia a lo que viene a continuación, a esa disertación tan particular, entre la hogareña charla con uno mismo de un bibliotecario que nos acoge en su despacho con su pijama y batín. Un ordenador de libros desordenado, un tipo contradictorio. Un titubeador que chasquea su lengua trabucada en ocasiones, como esa cabeza ahíta de citas, de lecturas, de personajes y de autores predilectos. Y, aun así, es el amor (¿no es ese el principal tema de la literatura junto a la muerte? ¿No son el amor y la muerte las dos caras de la misma moneda vital?) lo que vertebra la existencia de este individuo quizás neurótico, quizás misántropo, quizás ido, quizás manipulador de su propia vivencia de letraherido. Sigue leyendo

¡Viva la Pepa!

Juan Luis Iborra dirige a esta heroína melillense interpretada con salero por la actriz Pepa Rus en el Teatro Bellas Artes

Viva la Pepa - FotoVamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? Sigue leyendo

Los mojigatos

Magüi Mira dirige esta irónica comedia de Anthony Neilson sobre las nuevas visiones del sexo

A primera vista, se detecta, nada más empezar, que vamos a asistir a una de esas comedias amables, donde la típica lucha de sexos va a reactualizarse. Pero, poco a poco, de ahí la inteligencia del texto, iremos descubriendo que los sexos y el sexo se han desmontado. Anthony Neilson ha escrito una obra engañosa, recubierta por el halo de las comedias burguesas al uso, con una compenetración abundante con un público que permanentemente es interpelado. Es una obra muy generacional, muy concreta, porque es la que se ha visto cuestionada hasta el punto de verse inmersa en la duda. Hablamos de cincuentañeros, de parejas estables, de matrimonios en fase de enfriamiento pasional o, de lo que es peor, de compañeros que se han ajustado a los parámetros emasculantes de aquellos que nuestra directora del Instituto de la Mujer, Beatriz Gimeno, instó a «follar con empatía» (fuera de ahí, todo es violación o casi). Por lo tanto, unos espectadores se sentirán más interpelados que otros e, incluso, algunos se sonrojarán si discurren por las directrices conservadoras de toda la vida de Dios. Y es que entre que sí y que no, entre la broma y la preterición, nuestros protagonistas, antes de ser mojigatos, practicaban el sexo, habían tenidos otras experiencias sexuales y estaban al tanto de ciertas parafilias, que nos nombran sin pudor (el dogging, por ejemplo). El lenguaje, efectivamente, viene con la envoltura del pacatismo; aunque no dudan en señalar, sin grosería, lo que consideran necesario de las artes salaces. Sigue leyendo

Eduardo II, Ojos de niebla

José Luis Gil se lleva las alabanzas del público en el Teatro Bellas Artes gracias a la encarnación de este rey inglés acusado de sodomía

He de reconocer que, a veces, como me ha ocurrido en esta ocasión, un cartel y ciertas fotos promocionales te hacen saltar todas las alarmas y te imponen unos prejuicios que suelen cumplirse en gran medida. El abuso del Photoshop y otras malquerencias estéticas es lo que tiene. Todo fue mejor de lo esperado y el público respondió como no recordaba para una tragedia de este tipo (los aplausos al final de casi cada escena así lo certifican y la larga ovación final, más todavía). No creo que sea para tanto; pero, como vamos a justificar, es una propuesta respetable y entretenida. La gran referencia, por supuesto, es el Eduardo II de Marlowe, de la que hemos tenido varios montajes en la historia reciente de España. Además, en 1991, Derek Jarman dirigió una versión cinematográfica con sus habituales anacronismos. Alfredo Cernuda se ha quedado con el cogollo del relato. Nos lanza in medias res a resolver una amalgama de conflictos que se enmascaran unos con otros. Tenemos la ambición de poder, el ansia de venganza, la expresión de la homofobia (dicho en nuestro lenguaje actual) y todas aquellas perspectivas políticas, religiosas, económicas y morales que conflagran en la Inglaterra del siglo XIV. Tanto se ha centrado en el meollo, que la estructura no deja espacio para un mayor dinamismo o para la participación de un número más considerable de personajes. Tres actos con escasísimas escenas y apenas cinco intérpretes con un papel cada uno. Sigue leyendo