Esperando a Godot

El gran clásico contemporáneo regresa una vez más a las tablas con una dramaturgia más luminosa y cercana al espectador

La vigencia de esta obra, uno los clásicos incuestionables del siglo XX, perdura en nuestro diálogo contemporáneo puesto que sus temas y antitemas nos concitan. Uno se pregunta, si al final de nuestros tiempos, mientras nos observen las criaturas robóticas no seremos unos vagabundos insatisfechos con un ocio tan redundante como vacuo. La mirada de Estragón y Vladimir es un segmento temporal que transcurre entre el «No hay nada que hacer» y el «Vamos». Ahí está Camus para preguntarnos por qué no nos suicidamos; por qué esos individuos haraposos que se apostan a las escaleras de una iglesia con su cartelito reclamante y su vasito de café tintineante no terminan con una existencia que entiende qué es un día de la semana. Sigue leyendo

Yo, Feuerbach

Pedro Casablanc vuelve a marcar un hito interpretando a un malhadado actor que regresa a los escenarios

yo feuerbachYa el propio título de esta obra escrita por Tankred Dorst en 1990 es una autoafirmación, tanto en el sentido de reivindicarse como en el de reconocerse en esa multiplicidad de identidades que lleva consigo. Feuerbach es un veterano actor, no lo suficientemente anciano como para retirarse, pero sí con la experiencia necesaria como para comprobar que la vida de los intérpretes conlleva duros y paradójicos recorridos en la montaña rusa de la dramaturgia. Se presenta a una prueba, frente a un aclamado director, Lettau, que le hace esperar junto a su ayudante, un joven al que representa Samuel Viyuela, con la displicencia de alguien encaramado a un puesto que, en principio, por su cultura (como comprobaremos), le viene grande y que no tiene por qué rendir pleitesía a un don nadie. Adereza la tensión en los momentos adecuados con buenas dosis de altivez y consistencia escénica. Esa espera, algo extensa para un espectáculo así, nos lleva a concluir, que es muy superior la interpretación y el concepto que el texto en sí; que resulta redundante y hasta moroso en algunas partes iniciales. Pedro Casablanc nos ofrece cierta continuidad actoral respecto a esa extraordinaria performance que fue Hacia la alegría, en donde el redescubrimiento del cuerpo cobraba tanta importancia; aquí, de una forma también explosiva, es la mente lo que se debe recuperar. Sigue leyendo