Lorca, Vicenta

Cristina Marcos da voz a la madre del célebre dramaturgo para trasladarnos una semblanza un tanto superficial

Lorca, Vicenta - Foto de Raquel Rodríguez
Foto de Raquel Rodríguez

Comencemos por lo evidente. Si Vicenta Lorca Romero no hubiera sido la madre de Federico García Lorca y este no se hubiera convertido —también por méritos propios— en un reclamo cultural y teatral de unas sobredimensiones shakespearianas, ¿se le hubiera dedicado una obra como esta? Si leemos cómo se nos vende el montaje, tendríamos que afirmar tajantemente que sí; porque esta historia está protagonizada por un «Heroína (sí, así, en mayúsculas)». Yo hace tiempo que no entiendo el significado de héroe y de heroína; pero ese es otro tema. Cuando menos habría que poner en duda que doña Vicenta contenga una historia genuina y particular más allá de su célebre hijo. Sin duda es un ejemplo de todas esas mujeres y madres que sufrieron la pérdida de sus hijos (la mayoría varones) durante la guerra civil. Y en este sentido, si esto fuera una reflexión profunda sobre aquella hecatombe; entonces el asunto sería distinto. Tampoco es el caso. Puesto que al final, aquí, hemos venido a hablar otra vez (y puedo asegurar que no será ni la penúltima) de Federico García Lorca. Esta podría haber sido otra perspectiva válida —aunque cansina ya. A mí Lorca me fascina; pero se me sale por las orejas—; sino se quedara flotando en la timorata semblanza. Y no puedo calificar de otra manera un texto, firmado por Yolanda Pallín, Itziar Pascual y Jesús Laiz, que se cuida mucho de poner nombres propios. ¡Qué pocos nombres propios aparecen en este monólogo! Impresiones, anécdotas, devaneos, hitos, dolores y otros etcéteras que no rascan en lo político, en lo literario, en lo social, desde una profundidad intelectualmente satisfactoria. Entonces, la pregunta es: ¿qué se dice que no se haya dicho ya? O planteado de otra manera: ¿qué se debería haber dicho para que no fuera lo de siempre? Es un espectáculo bonito, amable, compasivo, con una larga pizarra —ideada por Asier Sancho— muy sugerente, donde se trasluce la presencia de la pianista Cristina Presmanes, quien va coloreando la función con tonadas que remiten al propio poeta como el «Pequeño vals vienés». Igualmente, aparecen distintos actores para hablar en nombre de Lorca o recitar algún poema. Quizás sea un poco raro que se sucedan Daniel Albadalejo o Elisa Matilla para hacer del dramaturgo. Luego, cuando sale Ángel Ruiz, sí que uno piensa en él como personaje, pues ya lo interpretó en el Ministerio del tiempo con gran éxito y repercusión (¿por qué no se lo ha utilizado solo a él?). Un detalle curioso, y para el que no tengo explicación, es el abecedario que se observa en la pizarra: ¿por qué faltan algunas letras como la ñ o la x, entre otras? En cualquier caso, en el primer tramo Cristina Marcos, a quien no veía en escena desde La vida americana, se enfunda este papel con una sequedad levemente afable, una oscura sensatez que arrastra por toda la función manteniendo el tono con gran emotividad. La actriz, como Vicenta, nos va revelando su biografía y su empeño es de gran solvencia. La muerte de su padre poco antes de que ella naciera, o el fallecimiento de su madre al poco de trasladarse a Fuente Vaqueros, cuando logró la plaza como maestra. La lista de restricciones que tenía que cumplir se lanzan con cierto humor, no queda más remedio; pero tener que renunciar a ir a heladerías, ya nos deja claro que prácticamente debía comportarse como una monja. Resulta claramente entrañable el momento en el que se despide de sus pequeñas alumnas. Por lo visto, a diferencia de lo que se cuenta en esta obra, no abandonó su puesto porque se hubiera casado, ya que continuó un tiempo más; sino que debió ser porque se había quedado embarazada de Federico. En cualquier caso, una vez llega el insigne poeta a la memoria de la protagonista, todo ya orbita sobre él. El lirismo se impone y es muy meritorio en los escritores haber logrado ese vaivén temporal, esas idas y venidas entre las épocas para esbozar una amalgama inasible de pesares; aunque también de orgullos. Para Vicenta la ristra de muertos a su alrededor es amplia, y la pesadumbre se inserta en la propuesta con todas las resistencias posibles de una mujer vitalista. Bien es cierto que su vida, en otros aspectos, se salió de lo común; pues no todo el mundo que lo necesitó pudo exiliarse a Nueva York, una ciudad tan presente en el imaginario poético de su hijo. Se enmarca esta pieza dentro de un estilo un tanto vaporoso, que intenta adoptar una perspectiva inédita a través de personajes secundarios que nos revelan impresiones y pareceres de alguno de nuestros escritores más afamados. Así lo hizo, por ejemplo, Alberto Conejero con Los días de la nieve para retratar a Miguel Hernández a partir de su viuda. Con Lorca, Vicenta se puntea la relación tan estrecha entre madre e hijo, la educación sentimental y emocional que lo aproximó a la música y a la literatura. Una experiencia difícil de relatar; porque quizás no parta de la premeditación, sino de una afectividad tan lógica o común para ella. La lástima, desde mi punto de vista, es que José Bornás, de quien parte la idea, piense en unos espectadores a los que no anhela «abrumar» con honduras políticas.

Lorca, Vicenta

Dirección: José Bornás

Texto: Yolanda Pallín, Itziar Pascual y Jesús Laiz

Dramaturgia: Yolanda Pallín, Itziar Pascual y Jesús Laiz

Reparto: Cristina Marcos

Piano: Cristina Presmanes

Iluminación: Juanjo Llorens

Escenografía: Asier Sancho

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Videoscena: Pedro Chamizo

Títeres y objetos: Andrea Waitzman

Coreografía y movimiento: Xenia Sevillano

Ayudante de dirección: Mariana Kmaid

Producción ejecutiva: Javier Ortíz

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 27 de febrero de 2022

Calificación: ♦♦

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