Jauría

Miguel del Arco dirige este drama repleto de emocionalidad sobre el caso de La Manada que ha recreado Jordi Casanovas con las declaraciones de los protagonistas

Foto de Vanessa Rabade

Internamente, el drama que se plantea sobre el caso de La Manada logra una tensión de alto calibre teatral con la concatenación de los hechos presentados. Pero Jauría es mentira, es ficción, por mucho que las frases que escuchamos hayan sido expresadas por sus firmantes. Tomar lo interpretado por real es la equivocación a la que no puede llegar ningún espectador y a la que no se puede llevar a ningún alumno en las sesiones escolares que se tienen preparadas (si se desea algo de nobleza didáctica). Alcanzar conclusiones certeras sobre la justicia española, o sobre el comportamiento de ellos o de ella, es falta de criterio y es caer en el amarillismo propio de los medios de comunicación.  Lo que se cuenta en Jauría es muy verosímil; porque tiene lógica en su disposición, en su ordenamiento; aunque este sea sesgado (tiene todo el derecho su autor a serlo). Ya que se acentúan de una manera muy distinta los matices de cada protagonista (ahí está la creación, la invención). En esta obra se aplica la técnica del verbatim, tal y como se utilizó también con la anterior función (Port Arthur) que configura este programa doble sobre teatro documento en El Pavón. Pero en esta todos estamos volcados en nuestra particular composición de lugar, amasada durante estos años, donde las especulaciones y las diversas discusiones sobre lo fue o no, sobre la condena y su gravedad nos atenazan con prejuicios y posicionamientos ideológicos. Sigue leyendo

Un cuerpo en algún lugar

Gon Ramos nos vuelve a someter a una experiencia plenamente cautivadora sobre la búsqueda de un amor sublime

Foto de Samuel García

No es fácil situarse ante el planteamiento aparentemente sencillo de Gon Ramos. La complejidad aparece en cuanto uno se da cuenta de que ninguno de los interlocutores es fiable y de que debemos reconocer que el discurso parte del interior. Inicialmente, a modo de prólogo o de manual de instrucciones, Luis Sorolla —él mismo como actor o como demiurgo o como narrador o como conciencia o como trasunto del dramaturgo— nos avisa de que una vez iniciada la acción, una vez ese cuerpo arrojado en el suelo (Fran Cantos) que ahora no es nada, todo transcurrirá como un rizoma. Como conceptualizaron Deleuze y Guattari, pensar rizomáticamente significa auscultar el sistema desde fuera del supuesto centro que lo sustenta. Se apoya en la filosofía hegeliana de proceder dialécticamente a través de la historia arrastrando el Todo hasta llegar al Saber Absoluto. ¿Dónde queda el individuo ante tal tesitura? Pues encima de un escenario; o bien como un loco o bien como una conciencia que pretende observarse desde fuera, cuando inevitablemente solo puede mirarse desde dentro. La solución es el espejo o, mejor, enfrentarse a la diferencia, a lo que uno no es, para asumir la repetición. Sigue leyendo