El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Da la impresión de que Ernesto Caballero, quien, todo hay que reconocerlo, ha realizado una gran labor en términos generales, ha sido un poco tímido a la hora de apostar por un montaje más rompedor. Puesto que si la hija pequeña, Anya (con una Isabel Madolell algo nerviosa), se dedica al selfie con su smartphone de última generación; quizás se podría haber avanzado en esa línea tan pegada a la actualidad, en lugar de quedarse en el mero guiño. Y muy poca queja se puede tener del elenco, ya que ofrece un meritorio trabajo. En el preludio, conversan Lopahim y Dunyasha para evidenciar su buena sintonía a través del flirteo. No parece azarosa la elección de Nelson Dante, actor argentino de aspecto duro, para representar la inversión de los papeles, pues es el hijo y el nieto de los siervos de esa familia a la que ahora viene a ofrecer sus servicios inmobiliarios. Su voz cazallera y ese acento chocan en primera instancia (nuestros hispánicos prejuicios clasistas); aunque son, si cabe, más coherentes en la acción que se va a llevar adelante. Mientras que ella, Karina Garantivá (actriz colombiana) le da un aire brioso y alegre como criada; cuando irrumpe la dueña y su familia enseguida se quiere obviar el grave problema financiero que atraviesan. Resulta como si hubiera llegado la peste y no hubiera más que evadir la realidad para embarcarse en una fiesta. Porque al final el drama no sea para tanto si cada uno encuentra una ocupación satisfactoria después de la hecatombe. Si uno sobrevive a la añoranza, otros destinos aún aguardan en la vida. Por eso sonríe jocosa Lyubov Andreyevna, una Carmen Machi matriarca que parece interpretar su papel con una ajustada naturalidad fenomenal ―es una actriz de una categoría incuestionable, no baja de lo espléndido. Le da cobertura Secun de la Rosa, como Gayev, el hermano, que con retraído entusiasmo quiere levantar los ánimos de las chicas. La Varya de Miranda Gas posee madurez y fragilidad al mismo tiempo, pues su destino es incierto. El resto se mantiene a la expectativa. Me gustó mucho Tamar Novas y su irrupción por las escaleras, desde luego, el discurso de Trofimov es el más elocuente, el que atisba ese periodo de comienzos del siglo XX en Rusia ante lo que se avecina, una vez cierta aristocracia ha perdido su influencia, y una nueva burguesía ha ocupado un lugar preponderante en el desarrollo del capitalismo. El Píschik de Chema Adeva, trae todavía el desencanto de su Latino en las Luces de bohemia que ha representado hace unos meses. Mientras que la adustez de Carmen Gutiérrez encarnando a Sharlotta, la institutriz, termina por apuntarse a la carcajada disuasoria. Entre los personajes que pululan por ahí, Paco Déniz tiene su momento estrafalario con las zapatillas chirriantes de su Yepihodov y luego gana en grandilocuencia y hasta en locura. La caracterización magnífica (a cargo de Chema Noci) de Isabel Dimas para hacer de Firs, el viejo lacayo, permite unas intervenciones altamente creíbles. Cierran el reparto, muy conjuntado con los demás, Didier Otaola (Yasha, otro sirviente) y Fer Muratori (como jefe de estación). En definitiva, una propuesta visualmente muy atractiva a costa de reducir esa bruma chejoviana tan inasible compuesta de melancolía y desazón.

El jardín de los cerezos

Autor: Anton Chéjov

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto: Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas, Karina Garantivá, Miranda Gas, Carmen Gutiérrez, Carmen Machi, Isabel Madolell, Fer Muratori, Tamar Novas, Didier Otaola y Secun de la Rosa

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Ion Anibal

Espacio sonoro y música: Luis Miguel Cobo

Vestuario: Juan Sebastián Domínguez

Vídeo: Pedro CHamizo

Movimiento: Carlos Martos

Caracterización: Chema Noci

Ayudante de dirección: Nanda Abella

Ayudante de escenografía: Fer Muratori

Ayudante de iluminación: David Vizcaíno

Ayudante de vestuario: Yeray González

Fotografía: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 31 de marzo de 2019

Calificación: ♦♦♦

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