Los asquerosos

Adaptación teatral del éxito literario de Santiago Lorenzo: una curiosa sátira que plantea el enfrentamiento entre urbanitas y neorrurales

Foto de Javier Naval

Uno de los últimos y curiosos éxitos literarios ocurridos en España ha recaído sobre el libro de Santiago Lorenzo titulado Los asquerosos (2018); y publicado por la editorial Blackie Books. Que esto ocurra con una obra con afanes artísticos ya es para celebrar. El autor, como ha contado en varias entrevistas, vive en un pueblo, apartado de todas las veleidades y los ruiditos de la gran ciudad. Su experiencia vital resulta importante para plasmar esta fábula que termina por ser una alabanza y una crítica del mundo rural; ahora que no paramos de hablar de la «España vacía». Para empezar, diremos que el libro es recomendable; y que los lectores de la novela quedarán un tanto decepcionados con el resultado de la adaptación teatral. ¿Qué entenderán aquellos que no hayan leído el libro? Seguramente se queden con la anécdota. Desvelemos ya que el relato, contra lo que pueda parecer al principio, va de un misántropo. Sí, también de un neoermitaño, de un aficionado a la soledad, de un egoísta y hasta de un afable huraño juguetón que quiere desprenderse de un montón de reglas y de costumbres como si fuera un adulto que anhela recuperar la espontaneidad, la torpeza e, incluso, la sencillez lógica con la que actúan los niños. Trátese del orden, de la higiene o de los horarios. También, claro, poner en cuestión todos los mecanismos de la sociedad mercantil, industrial y de consumo que nos han puesto en el cuerpo toda una serie de objetos, ungüentos y maneras que, en puridad, no necesitamos (o eso dicen algunos). ¿Se consiguen trasladar las ideas esenciales en la versión de Jordi Galcerán y Jaume Buixó? Pienso que no, que el producto es algo complaciente, sucinto y ajustado para un público que busque el entretenimiento y el guiño curioso de esta aventura. Reconozcamos que los episodios seleccionados permiten recorrer de forma ponderada toda la historia de principio a fin; pero no se puntualizan lo suficiente algunos de los momentos. Sigue leyendo

Hombres que escriben en habitaciones pequeñas

Antonio Rojano firma esta parodia a la española sobre espías que dirige Víctor Conde en el Teatro María Guerrero

Foto de marcosGpunto

Las parodias sobre espías frecuentemente sirven para entretenernos con la hipérbole fantasiosa de la conspiración. Dependiendo de dónde vengan los aires se emplearán, por ejemplo, para criticar alguna situación política (véase el caso de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o, directamente, se utilizarán para crear una obra de acción fulgurante (véase Kingsman), pero sin mayor enjundia. Para nuestro caso, nos toca como referente Mortadelo y Filemón. Y es que los cómics, las películas ochenteras o los programas de Cuarto Mileno se conjugan en Hombres que escriben en habitaciones pequeñas. Y si hallamos algunas citas e indirectas a nuestros presos políticos/políticos presos o a la alargada sombra del comisario Villarejo que podrían servir como telón de fondo de una profundización mayor sobre las agencias de inteligencia; lo que cierto es que no podemos más que quedarnos en el mero pasatiempo. Es otra vez el español bajito y regordete que se enviste de héroe cutre, algo entrañable y, a la postre, patético y, sobre todo, quijotesco después de haber querido ser Sancho Panza en su modestia. No es la primera vez que Antonio Rojano se inmiscuye en estos embrollos. Ya lo hizo con Windsor y, sobre todo, con La ciudad oscura, aquella extraordinaria creación que se representó precisamente en la misma sala que ahora acoge su nueva creación. Pero, en este caso, uno tiene la impresión de que el dramaturgo ha tenido que acomodarse en sus ansias indagadoras ―como ha venido haciendo en sus últimos proyectos― y se ha volcado hacia una postura más complaciente con un público amplio. Sigue leyendo

El jardín de los cerezos

Una propuesta visualmente muy atractiva de Ernesto Caballero donde se pretende modernizar a Chéjov

Foto de marcosGpunto

Encontrar el punto preciso entre la nueva perspectiva y la vigencia de un argumento que se nos escapa en el tiempo más allá de que los temas rebroten como en cualquier clásico. Hasta qué punto la versión de Ernesto Caballero recae ante todo en el ambiente creado por su equipo artístico. Porque la escenografía de Paco Azorín es extraordinaria, ya que cada una de sus propuestas a lo largo de la función encajan en un gran atractivo visual. Una combinación de detalles que van desde una gigantesca casa de muñecas, a la abertura en diagonal del enorme parqué para crear una vereda mientras caen las hojas y nos amplían la mirada hasta un horizonte tan lejano, pasando por ese pequeño tren que simula el viaje inicial de los protagonistas o esas enormes pantallas que jalonan el escenario (allí se plasman los vídeos ilustrativos de Pedro CHamizo). Una atmósfera otoñal, taciturna, macilenta en ocasiones, iluminada por Ion Anibal con preciosismo. A ello se añade el vestuario de Juan Sebastián Domínguez, quien salva casi todas las estridencias, apegándose a una elegancia contemporánea, un tanto casual y pija, claro (podemos fijarnos en el vestido diseñado por Ulises Mérida que lleva Carmen Machi). Además, el movimiento ideado por Carlos Martos logra que esa amplitud de la escena lo sea aún más. Las pegas que se pueden poner tienen que ver más con aspectos textuales; pues, aunque resulta ágil al oído (recorte mediante para ajustarlo a una disfrutable hora y cincuenta minutos), no parece que se haya actualizado el lenguaje (por ejemplo, el tratamiento de los señores y de los criados) tanto como para que sea coherente con lo visto. Sigue leyendo

Smoking Room

Adaptación teatral de la exitosa película sobre las suspicacias laborales de unos empleados dentro de su empresa

Foto de Geraldine Leloutre

Cuando Roger Gual y Julio Walovits presentaron su primera película allá por 2002 y que tan buenas críticas cosechó, además de premios como el Goya a la mejor dirección novel, asumieron parte de la exitosa estética Dogma para trasladarnos un enjambre de hombrecillos que monologan frente a otros sus disquisiciones. En la versión teatral que ahora se presenta en El Pavón Teatro Kamikaze, las técnicas cinematográficas como los primeros planos, la cámara al hombro y el sonido ambiente, se sustituyen —más allá de la reducción a seis personajes— por un ritmo menos entrecortado, donde cada escena está mucho más marcada y con unos parlamentos más extensos. Aunque más allá de la estructura, fundamentada básicamente por un ensamblaje algo azaroso de sketches que funcionan autónomamente, que se cierran sobre sí mismos; lo verdaderamente atractivo del montaje es el discurso general que se adopta, particularizado en seis tipos subsumidos por la jerarquía y por una autojustificación vital mezquina (con matices, claro), y por unas interpretaciones, como vamos a ver, exquisitas. Nos situamos en Madrid, en la sede de una empresa estadounidense, sus trabajadores deben salir a fumar a la calle o subir a la azotea. Sigue leyendo