Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra

La dramaturga María Velasco vuelve a la Cuarta Pared con su premiado texto sobre el abrupto paso a la madurez de una niña a partir de una incursión ecofeminista

Talaré - FotoQuizás, de alguna manera, sea esta una de las piezas más asequibles de María Velasco. Y es que se descubre cierta linealidad que no se abandona, aunque se trabaje oníricamente con otros tiempos. Además de que únicamente nos tengamos que centrar en su única protagonista, la Niña. Dicho esto, el gran valor estético —ya veremos si político— es el paralelo que va estableciendo con la Naturaleza (la referencia a Spinoza es directa y sirve de contrapunto al tradicionalismo católico de su familia) desde distintos puntos de vista. Una amalgama de metáforas que nos destinan a una suerte de ecofeminismo, en la alguna de esas corrientes entre utópicas, infantiles y hasta espiritualistas. Una comunión de las féminas y su poder engendrador con la dinámica divina de los ecosistemas. Sigue leyendo

Los hijos de cualquiera

Producciones Bernardas muestra en la Sala Cuarta Pared la lucha de aquellas madres gallegas de los 80 contra el narcotráfico

Los hijos de cualquiera - FotoCualquiera que haya vivido en los ochenta entiende lo que supuso la heroína para la juventud de aquellos tiempos. Las calles, los parques, los portales y otros recovecos se llenaron de zombis pedigüeños, de jeringuillas, de limones, de papel de plata y otros adminículos. Los radiocasetes de los coches volaban, los bolsos de las señoras se arrancaban y las familias quedaban literalmente destruidas en la consunción del consumo. Esos muchachos (también muchachas, aunque menos) fueron aquellos yonkis, que era como se les llamaba, antes de que definitivamente se les considerara enfermos y víctimas, y pasaran a denominarse drogodependientes. En los últimos tiempos, gracias a Fariña (el libro, la serie y la obra teatral) hemos vuelto a recordar cómo se introdujo el caballo a través de Galicia a finales de los setenta. No obstante, muchos tendrán presente la película Heroína (2005), protagonizada por Adriana Ozores, en la que se reflejaba la entereza de aquellas madres gallegas que se unieron para luchar por la salud y la integridad de sus hijos, enfrentándose a los propios narcotraficantes. Y esto es lo que de nuevo regresa a las tablas con Los hijos de cualquiera. Sigue leyendo

El viento es salvaje

Fedra y Medea son tamizadas por Las Niñas de Cádiz a través de una propuesta desenfada repleta de guiños chirigoteros

El viento es salvaje - FotoAhora mismo, existe una dramaturgia reconocible en España (podría ampliarla a lo peninsular, como se verá) que contiene claras fuentes populares y que se muestra con vigor femenino. Podemos contar tres compañías que, desde distintos puntos, confluyen en modos, como son los del teatro físico, aumentado por el folclore, la ironía, las mezcolanzas con el lenguaje más moderno, la sátira no excesivamente descarnada y una expresividad rayana en el esperpento. Así se han manejado hasta ahora la Teatro en Vilo (véanse su Interrupted o Man Up, por ejemplo), A Panadaría (véase Las que limpian) y desde 2018 Las Niñas de Cádiz. Estas últimas, poseen cordón umbilical con La Zaranda por vía Jose Troncoso, que aquí colabora. Si ellas, además, ponen foco en los clásicos grecolatinos, podemos pensar también en los portugueses de Companhia do Chapitô (véanse su Edipo o Electra). Sigue leyendo

Mapa de heridas

La Sala Cuarta Pared acoge este drama de Sergio Martínez Vila sobre las secuelas de la violencia sexual dentro de una atmósfera caótica

Foto de Antonio Colomo

Posee la escritura de Sergio Martínez Vila una esencia brutal, agónica y autodestructiva. Así se puede apreciar en obras suyas como El fin de la violencia, En La Ley o en Juegos para toda la familia. En esas tres, también lo apocalíptico nos remite a coordenadas espaciotemporales que no reconocemos inmediatamente; sin embargo, en Mapa de heridas se nos destina a una realidad mucho más cercana. Es muy fácil que enseguida pensemos en Jauría, el montaje de teatro documento sobre la conocida como la Manada de Pamplona; pero, también, en alguna medida, algunos pasajes me han recordado a Hard Candy. No va a ser sencillo que los espectadores puedan trazar completamente el puzle que nos propone el autor; porque ha buscado, adrede, la confusión, de tal manera que los personajes masculinos tiendan a parecer el mismo o a concitar tales similitudes que uno ya no sepa exactamente a quien se refiere en todos los casos. El caos con el que se circula sirve de metáfora acertada para trasladarnos el desconcierto y las contradicciones que operan en el comportamiento de la protagonista. El hecho de que se proceda con saltos temporales, que se incluyan fragmentos que cuesta ubicar en la trama y ciertos elementos grotescos o extravagantes cercanos a un surrealismo sucio (véase la escena final con la manera de beber champán y de desnudarse él), es la gran baza de la propuesta; pues logra trazar una atmósfera de angustia. Cristina de Anta da vida a Ana, una joven treintañera que ha descubierto al morir su madre, que cuando apenas tenía dieciséis años fue violada en grupo y que fruto de esa atrocidad nació ella. Por lo tanto, el que creía que era su padre biológico, no lo es. La actriz combina con perspicacia la furia aniquiladora inicial, con la expresión de la perplejidad al cuestionarse ciertas pulsiones que la arrastran. Sigue leyendo

Solo un metro de distancia

La Sala Cuarta Pared acoge este proyecto teatral sobre el abuso sexual infantil dentro de la familia

El marchamo del indiscutible éxito que tuvo Antonio C. Guijosa en la dirección de Iphigenia en Vallecas, nos da confianza para acercarnos a su nuevo proyecto. Y si fuera por la primera mitad de la obra ―y algunos aportes más― estaríamos ante una propuesta sugerente que se aproxima a un tema tan angustiante y conflictivo como es el de los abusos sexuales a menores. Porque al principio, las cuatro actrices que conforman el elenco desean captar nuestra atención sobre la despersonalización, uno de los efectos más habituales en aquellos que sufren estrés o procesos de ansiedad o traumas anquilosados sin fin. Es decir, esa extrañeza de uno mismo, cuando siente que se observa desde fuera, como si fuera otro y no terminara de reconocerse. Una visión fluctuante, una disonancia espaciotemporal que produce cierto mareo, y un agobio que suma a otros posibles padecimientos surgidos de esa situación. Guijosa establece un interesante juego dramatúrgico para acometer ese conglomerado de sensaciones, y para ello se trabaja desde la narración de los microsucesos, desde la descripción de las diferentes perspectivas y, sobre todo, desde unos diálogos contrapunteados que ofrecen múltiples soluciones, como si se simultanearan dimensiones en liza. Las actrices, por tanto, adoptan papeles cambiantes, en un ritmo vertiginoso y metamorfoseante, dejando que el azar se palpe a cada instante; puesto que, efectivamente, todo podría ser de muy distintas maneras. Véase, como ejemplo, un detalle en el que un psiquiatra manda a la protagonista que escriba sus pesares; bien, pues delante de nuestros ojos tenemos a una intérprete escribiendo y leyendo lo escrito, a otra escribiendo y guardando el papel y, a una tercera, escribiendo y rompiendo el papel. Sigue leyendo

Instrucciones para caminar sobre el alambre

Un dinámico drama sobre cómo nuestro sistema laboral lleva a muchos trabajadores hasta la extenuación

Foto de Sandra Nieto
Foto de Sandra Nieto

Reconozco que acudía a ver esta segunda parte de la «Trilogía negra» con todas las reticencias posibles, porque su celebrada Nada que perder me había parecido un auténtico mitin. Lo cierto es que Instrucciones para caminar sobre el alambre recoge la temática que ideológicamente asumen sus autores y que la relaciona con su anterior obra; pero desde una perspectiva estética y una construcción textual mucho más concisa y hasta demoledora. Los cuatro dramaturgos que se han unido para continuar la tríada, adoptan una clara reticencia a adentrarse en el naturalismo puro; aunque anhelen seriamente cautivarnos en la crítica de cierta ansiedad generalizada en nuestra sociedad. La fábula se impone, si aceptamos esta como un proceder de personajes que cumplen una función más simbólica que sicológica. O, más bien, diríamos que esa es la base que subyace al argumento, la estructura que sustenta el montaje y que busca el ejemplo, la moraleja suspendida en el aire. Luego, a modo de juego irónico, se procede como si fuera un thriller, una obra de suspense sobre una desaparición; sin embargo, enseguida entendemos que la denuncia no tiene que ver con una desaparición en el sentido delictivo; sino en el sentido laboral. Por lo tanto, esa capa distanciadora, ese cuentecillo macabro, configura una nebulosa cuasionírica, estresante, ansiolítica, despersonalizante; porque la protagonista ha osado auparse al ascensor social. Sigue leyendo

Artaud

El dramaturgo argentino Sergio Boris nos adentra en la esfera macilenta de un psiquiátrico desmantelado

Asumamos que el teatro de Sergio Boris es un acontecimiento, una situación, una deriva hacia la nada o hacia donde nosotros queramos extenderla una vez se apagan las luces; pero no esperemos un relato. Es un corte surreal (pero muy real) en la coordenada espacio-tiempo. Que sea suficiente teatralmente hablando ―ahí incluimos el concepto y la forma―, ya depende de las significancias con la realidad ajena y aledaña que se puedan establecer, con las metáforas que podamos perfilar. Pudimos descubrir al dramaturgo argentino en Madrid hace tres temporadas, cuando presentó su exitoso Viejo, solo y puto. Ahora con Artaud ―toma como lejana inspiración las cartas del actor y escritor francés―, encontramos que el estilo sigue incólume. A pesar de que el terreno sobre el que se materializa la acción posee elementos identificables, ya sea una cama, un retrete, una mesa o un frigorífico; lo cierto es que termina por ser un no-lugar convertido en el reducto de uno tipos marginales. Para cualquier espectador español la referencia de La Zaranda es inevitable; aunque también sobrevuela por ahí Spiro Scimone (véase, por ejemplo, El patio). Y, por qué no, al propio Buero Vallejo con La Fundación. Porque hemos de suponer que aquello es un psiquiátrico en proceso de aniquilación y que unos cuantos pacientes se han apostado a la entrada hasta que la policía se los ha llevado a comisaría, incluido al doctor. Dentro lo esperan unos estrafalarios individuos que representan papeles inconsecuentes, difusos e incomprensibles. Sigue leyendo

Hacer el amor

Francesco Carril y Ángela Boix se adentran en el ensayo de su propia relación amorosa a través de una función verdaderamente extraña

Foto de Danilo Moroni

Ya el silencio de él deambulando pensativo mientras ella lo observa es bermaniano. Después comprobaremos que la función entremezcla varias partituras; pero que la batuta del cineasta sueco y su concepción de las relaciones amorosas marca un ritmo identificable. Anécdota sobre Ingmar y Liv Ullmann, sus compatibilidades y su fin. Son ejemplos del vigor y del fulgor. Luego, también, leerán unos fragmentos del guion de Saraband (publicado en español junto a Secretos de un matrimonio ―esto no tiene nada que ver con ese montaje perpetrado por Darín), como un Johan y una Marianne que en su vejez recuerdan el pasado, una vez ya se ha disuelto su enlace. Pero, aparte de estas claves, ¿por dónde podemos asir esta propuesta? Olvidémonos ―por mucho que el tapiz blanco y la iluminación de Lola Barroso nos lo haga recordar― de La clausura del amor (quizás podamos pensar más en Sé de un lugar, aquella obra de Iván Morales que se representó precisamente en la misma Sala Cuarta Pared en 2014). Esto va de la repetición cotidiana de amarse, de querer amarse, de querer repetir con la misma persona cada día, esto va de agotar el deseo y ansiar novedad. Esto va de «ensayar el amor» y la ruptura, de practicar el amor y sus posibilidades, y sus imposibilidades. Por eso Francesco Carril y Ángela Boix (como ellos mismos en otro giro de la autoficción) amasan y deshilachan esta materia tan dúctil, tan frágil, tan simbólica. Sigue leyendo

La perra

Cristina Rojas ha escrito un drama costumbrista que pretende desarrollar las cuitas de una familia entorno al amor

El subtítulo o la aposición que acompaña a La perra es tan significativo como clarificador ―«La necesidad de ser amado»―; y tan humano que uno enseguida espera encontrar unos derroteros que se escapen de un tema que, junto a la muerte, se escribe con mayúsculas en la literatura. Pero no, el texto que ha escrito Cristina Rojas posee enormes virtudes, como el perfilamiento de unos diálogos ágiles y que se esputan con naturalidad, como la amalgama de pareceres que se van arrastrando de manera muy medida a lo largo de su escrito o como ciertos símbolos encerrados, por ejemplo, en ese canino tan amado; no obstante, a la contra, si rascamos en ese ambiente propicio, en ese ritmo musical y brumoso que concita rencores y sinceridades, como en esos clásicos de la dramaturgia norteamericana ―Eugene O’Neill con Largo viaje hacia la noche o, más recientemente, Agosto, de Tracy Letts, por poner algunos ejemplos― nos topamos con una postura algo conservadora y trazada con unos cuantos personajes un poco estereotipados. Ante esta situación creo que podemos tomar dos caminos: observar lo que vemos desde la perspectiva de la protagonista, que es la propia Cristina Rojas; o tomarlo desde una perspectiva más omnisciente, donde la dramaturga haya cargado más las tintas en las mujeres y haya deshilachado a los varones. Sea como se quiera, el espectador tomará sus decisiones, el caso es que contamos con un preámbulo excesivamente musical, agolpado de unos primeros embates dialécticos algo ruidosos que, a pesar de ello, consiguen llamar nuestra atención por su franqueza y por un tono muy sagaz. Sigue leyendo