Suaves

Gon Ramos firma esta pieza de teatro simbólico y kafkiano sobre la relación entre una madre y su sobreprotegida hija

Foto de Luz Soria

No creo que deba quedar la más mínima duda de que Gon Ramos es hoy por hoy uno de los grandes dramaturgos de este país. Es un autor que se está adentrando en vericuetos de auténtica complejidad humana. Está adoptando unas perspectivas genuinas y fascinantes para estamparnos ante la duda, y ante ese pensamiento que se envuelve en lo irracional. Por lo tanto, cada una de sus obras es un acontecimiento sorpresivo y una prueba para el espectador. Con Suaves continúa indagando en las relaciones familiares, como ya hizo con su anterior texto, La familia No; aunque desde una óptica muy distinta. Suaves se maneja en una concatenación de planos simbólicos que deben ser desentrañados, aun sabiendo que cada paso implica asumir una nebulosa y una exégesis destinada al fracaso. Muy probablemente el escritor tenga claro su concepto, su percepción de aquello que desea mostrarnos; pero su habitual lenguaje críptico es una hojarasca feraz que se nos impone para nuestra estupefacción. Afirma que delante de nosotros hay una hija y una madre que es un perro y un padre que es de azúcar. Lo que a nosotros nos llega es, primeramente, una mujer nerviosa, dubitativa, aterida, tapada de arriba abajo. Esther Ortega se enfrenta a un papel de una exigencia creciente y de un sometimiento casi total. Una progresión de emociones desbaratadas para una mamá tan protectora de una niña como temerosa de su soledad, de quedar a la intemperie. Una progenitora que se ciega, que no quiere ver el avance del tiempo, la pubertad de su hija que irrumpe con la menstruación en un ser que parece tambalearse entre el instinto animal y la incultura humana. Gon Ramos lleva a su actriz hasta la frontera de la anomia. Mariana es Carolina Yuste ―a quien debemos felicitar por su reciente premio Goya―, una muchacha que está creciendo en los márgenes de la sociedad, alguien recluido en el redil estrecho que ha elaborado su madre y sometida a una infantilización que la incapacita para entender el mundo. Su función es sostener la poca entereza de su cuidadora, aportarle cariño como si fuera la bombona de oxígeno en el fondo del océano, darle compañía y echar de menos al padre ausente, una montaña de azúcar, un endulzamiento para la ceguera de los perros. Como en anteriores obras, uno debe optar por alguna línea razonable, porque fácilmente puede dar por sentado que la madre es una drogadicta, una enferma mental, alguien con depresión; porque su marido haya muerto o la haya abandonado, o una persona sin recursos recluida en un pequeño espacio sin calefacción y apartado de la ciudad, próximo a un río, en un bosquecillo. Elementos kafkianos, terroríficos, insensatos, alucinatorios. Así la madre ―no faltan las retahílas de metáforas que propenden en la caída como un machaque insoportable― asevera que odia las metamorfosis, los cambios, en consecuencia, que la obliguen a salir de la hura. En ese tono de sobreprotección, en ese ambiente simbólico y difuso, sí que parece que el montaje se enreda en el propio dispositivo, parece que se atasca en una cotidianidad aburrida, lenta, donde apenas una excursioncita de la niña por el bosque supone una ruptura. No obstante, en el tramo final se retoma con mucha fuerza. Las casetes suenan en una vieja minicadena con canciones que traen una voz que se convierte en la de papá. Grabaciones ilógicas, también, para futuros momentos si ella no está. El espacio escénico que ha dispuesto el creador se resuelve con un sofá, una mesa, una alfombra y poco más, para remitirnos a la decoración anticuada de un piso casi desamparado. En este sentido, la movilidad de las intérpretes queda excesivamente reducida y algunos de los instantes álgidos se ven dificultados. Estamos, en definitiva, ante una pieza difícil, que requiere una descodificación intensa para su aproximada comprensión. Aunque merece la pena aceptar el reto y encaminarse hacia un lugar ignoto tan cargado de sufrimiento como de pequeñas esperanzas.

Suaves

Dramaturgia, dirección y espacio escénico: Gon Ramos

Intérpretes: Esther Ortega y Carolina Yuste

Dirección de producción: Aitor Tejada y Jordi Buxó

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola

Asistente de dirección: Luis Sorolla

Distribución: Caterina Muñoz Luceño

Comunicación: Pablo Giraldo

Fotografía: Luz Soria

Diseño Gráfico: Patricia Portela

Una producción de: El Pavón Teatro Kamikaze

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 2 de marzo de 2019

Calificación: ♦♦♦♦

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