Ejecución

Xus de la Cruz presenta su visión de la brutalidad en una breve pieza con tintes valleinclanescos

Cuando uno acude a ver las propuestas de nuevos creadores que desean arrojarse a este mundo tan complejo de las artes escénicas, espera, evidentemente, que se abran vías de exploración al menos extrañas; pero también espera que el ímpetu por epatar no destroce la función. Xus de la Cruz lanza un artefacto genuinamente español, carpetovetónico, una pieza con aires de retablo valleinclanesco. Al son de una marcha semanasantera de cornetas y tambores, procesiona un matrimonio; mientras una virgen kitsch, de manto verde casi fluorescente como si fuera de Lourdes, de sonrisa tétrica y preñada, adicta a los milagros,  entona la «Nana de la hierbabuena» de Carmen Agredano (con la que ganó el Goya a la mejor canción original para La voz dormida, y con la que tanto tiene que ver esta obra). El público es el constante interlocutor silencioso al que apelan, como si asistiéramos a otra de esas ejecuciones públicas que formaron parte de los espectáculos más populosos de este país (tampoco olvidemos que la última ejecución con garrote es de 1974). La historia de España impregna el devenir de toda la obra y pretende conectar épocas diversas a través de aquellos seres de ultratumba atrapados en el purgatorio. Los vemos recrear, una y otra vez, como un recuerdo infinito, pareciera que sobrevenido por todas esas magdalenas proustianas que trufan la mesa donde desayunan. Un recorrido de veinte años de individuos que podríamos situar a principios del siglo XX, de una madre algo histriónica, siniestra, con su bebé ya dispuesto en el poyo del garrote vil, negándose a comer mientras ella le canta las coplillas de «Ojos verdes», que nos vuelve más hacia ese ambiente de folclore. Pero todo esto, a juicio de la dramaturga, debía romper por algún sitio y para eso incluye a una joven, interpretada por Cristina Subirats, con su cuerpo como un muñeco de trapo, que, como una colegiala de nuestro tiempo, aficionada a los asuntos macabros, viene dispuesta a inmiscuirse y a saltar a la escena desde las butacas, al ritmo de la Mala Rodríguez, con aquello de «Mírame a los ojos si me quieres matar…» (un tema que habla del maltrato a la mujer). El montaje empasta con esta irrupción lógica, si aceptamos que se persigue transgredir la coordenada espaciotemporal, que nos quiere vincular con barros de otras épocas, con la raigambre de ciertas costumbres que nos alcanzan. Seguramente estas ideas se difuminen entre el sarcasmo terrorífico con el que se impregnan las acciones y le quitan credibilidad; si es que se aspira a sondear aspectos profundos sobre la brutalidad o el salvajismo; también sobre la moral católica y un mundo rural con códigos asentados en costumbres atávicas. Tenemos, además, presente La familia de Pascual Duarte de Cela; pero, insisto, se anhela ir por otros derroteros más simbólicos, expresionistas y hasta grotescos. La brevedad del asunto y su redundancia nos hacen pensar que sobran frases al final, sobre todo aquellas explicativas de lo que ocurrió, y que falta escenificación, ahora sí, desgarradora; puesto que se percibe cierto estatismo cuando algunos personajes se dirigen directamente al respetable para ponerlos en situación. Aunque se observan mimbres y buenas intenciones, y un estilo propio de psicóticos con su risa irreprimible. Tampoco es nada desdeñable la interpretación de sus protagonistas. El padre, Xavier Artieda, adopta gestos y pasos de muerto viviente, de verdugo acostumbrado a las agonías. Y la madre, Yolanda de la Hoz, con la sonrisa del payaso clavada en el rostro, esclarece un dolor anquilosado que se expresa con alegría triste y espasmódica. Finalmente, Beatriz Dávila logra ofrecernos la caracterización de una virgen que lleva en su vientre un balón de fútbol con la bandera de España, símbolo irónico de nuestras luchas intestinas, y que nos inquieta con mirada incisiva y con su desparpajo. En cuando al vestuario y a la escenografía de Marta Leiva hay que destacar el bodegón inquisitorial como un altar estrafalario, como un espíritu del pueblo que aún nos golpea en el rostro revestido con otros ropajes. Es una muestra de lo que Xus de la Cruz nos puede deparar en el futuro, cuando se proponga abordar cuestiones tan profundas con un despliegue mayor.

Ejecución

Dirección y dramaturgia: Xus de la Cruz

Elenco: Xavier Artieda, Yolanda de la Hoz, Beatriz Dávila y Cristina Subirats

Vestuario y escenografía: Marta Leiva

Diseño de luces: Jesús Pecharroman

Producción: Teatro de Acción Candente S.L.

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 12 de julio de 2017

Calificación: ♦♦♦

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