Dos nuevos entremeses, nunca representados

Ernesto Arias monta estas dos piezas cervantinas con el ambiente propicio del Barroco más burlesco

Foto de Sergio Parra

No podemos más que celebrar que estas dos nuevas piezas se sumen a los Entremeses que recuperó José Luis Gómez, quien también protagonizó su particular Celestina, auténtico vaso comunicante con el ambiente picaresco y marginal que exponen estas piezas que Ernesto Arias dirige en el Teatro de La Abadía. Avancemos que el montaje está repleto de aciertos que permiten sublimar unos textos que en su trama esencial son bastante sencillos; pero que tanto literaria como sociológicamente poseen un valor incuestionable. Con tal de alargar hasta la hora y veinte minutos unas historias que no darían, desde luego, para tanto, se han tomado una serie de decisiones teatrales —aquí hay que felicitar tanto al director como a Brenda Escobedo, responsable de la dramaturgia—, decisorias y plenamente exitosas (el público queda entusiasmado ante el despliegue artístico). Primeramente somos llevados a la nocturnidad, al frío de la calle en que duermen los grupos marginales de aquel Barroco tan devastador. Se logra un silencio de casi un minuto que configura un amasijo de cuerpos, como una Balsa de Medusa, un escorzo antes de que la acción se ponga en marcha. Se genera un clímax idóneo y pertinente para adentrarnos en un Madrid taciturno. Sigue leyendo

El rufián dichoso

Recuperación de esta comedia cervantina sobre la vida del mártir fray Cristóbal de la Cruz

No es lugar para recordar aquí lo mal que le fue a Cervantes en vida como dramaturgo; aunque, como viene ocurriendo en los últimos tiempos, no paran de representarse obras suyas; ya sea la Numancia, algunos Entremeses o Pedro de Urdemalas. Al igual que esta última, El rufián dichoso —por lo visto, sin estreno previo a este conocido— se encuentra entre aquellas «ocho comedias nunca representadas» de su segunda época. En esta compagina el tema pícaro —en la órbita de Rinconete y Cortadillo—, con el hagiográfico. Mucho se empeñó el literato en buscar una vida de santo lo suficientemente atestiguada para lograr el máximo de verosimilitud. Para ello tomó la historia de Cristóbal de Lugo, un pendenciero sevillano que, tras repentina conversión, se marchó a Méjico para vivir como fray Cristóbal de la Cruz, donde realizaría varios milagros. Sinceramente, lo más interesante radica en el primer acto. Sigue leyendo