Democracia

Alexei Borodin abre el ciclo «Una mirada al mundo» con la representación del famoso caso de espionaje «sufrido» por Willy Brandt

La figura de Willy Brandt —seudónimo de Herbert Ernst Karl Frahm— es lo suficientemente interesante para los europeos y, también, concretamente para los españoles (no podemos olvidar el soporte que brindó a Felipe González y de cómo el PSOE se asemejó en su alejamiento de los postulados marxistas al SPD, el Partido Socialdemócrata de Alemania). Además, el canciller alemán estuvo por España durante la Guerra Civil y era un gran conocedor, como periodista, de la realidad hispánica. Por lo tanto, aunque esta obra se centre en el Affaire Guillaume, sus repercusiones llegan hasta la actualidad; puesto que la reconstrucción de Alemania y su reunificación han tenido consecuencias muy significativas que están plenamente relacionadas con su diseño.

El espectáculo que se presenta aquí viene cargado de ironía, en cuanto que se evidencian los tejemanejes consustanciales a la política y que resultan paradójicos bajo el marchamo de la democracia, ese sistema que se supone que consiste en que unos representantes del pueblo toman las decisiones que este reclama. El juego se establece desde el principio en una danza imparable que se ejecuta ante nuestros ojos en un vaivén de espionaje y contraespionaje, de sospecha y de aquiescencia. Y todo ello transmitido fluidamente por los constantes apartes con los que Petr Krasilov, el verdadero protagonista, Günter Guillaume, emite a su contacto. Ese ir y venir produce un movimiento constante que se engarza perfectamente con el ajetreo del propio Brandt, interpretado con cierta cautela, ante los lobos que lo circundan, por Ilya Isaev: los viajes de campaña en tren por todas las capitales germanas, los días de descanso en Noruega con las familias al completo… Las estructuras de poder se construyen por la ambición personal en una época donde la Ostpolitik, ese acercamiento al Este, era un sueño y un peligro. Observamos que el pragmatismo —como siempre ha ocurrido desde que se debe aunar la democracia con el capitalismo y con las pretensiones individuales— encuentra aquí puntos álgidos en la sofisticada relación —a tantos niveles— entre el canciller y el espía: un dejar hacer útil, una amistad quebradiza, pero necesaria para un melancólico agarrado a su botella y a sus amantes, un apoyo pertinente para desembocar acciones ulteriores… Desde cierto punto de vista, un sacrificio en pos de un fin elocuente.

Al ritmo del piano que impone Alexei Kirillov, que nos adentra, en ocasiones, en un thriller donde las puertas giratorias de las grandes estructuras que llenan el escenario, alcanzan la metáfora congruente de todos esos hombres dispuestos para aprovechar su oportunidad. Hay que reconocer que el montaje es espléndido y que la potencia escenográfica —gracias a Stanislav Benediktov—, no solo es impresionante por contar con quince individuos empleándose a fondo, sino que nos lleva desde lo simbólico, con esas compuertas transparentes, en un inicio; y, luego, opacas, hasta que llegamos a la réplica del muro de Berlín, cayendo delante de nuestros ojos. El coreógrafo Dmitriy Burukin les exige una serie de movimientos, ya sea grupales o individuales, que favorecen un expresionismo comprensible para acentuar esas capas alegóricas que se entreveran.

Alexei Borodin ya nos fascinó con La costa de Utopía en 2011 en este mismo Teatro Valle-Inclán, cuando nos tuvo «recluidos» durante diez horas. Vuelve a demostrar cómo maneja los hilos de tanto despliegue y de que sabe sacar partido a todos los medios con los que cuenta. Dispone de un elenco más que solvente, donde los hombres del gobierno van tomando posiciones, como así vemos en Alexei Veselkin, quien interpreta a Helmut Schmidt (sucesor de Brandt en el poder). El texto de Michael Frayn logra embaucarnos en una amalgama de engreimientos y, aunque se alarga quizás más de lo debido y recurre a ciertas interpelaciones narrativas al público por parte de Guillaume, no podemos más que aceptar que retrata excelentemente ese ambiente purulento que le es vedado a los ciudadanos demócratas. Además, añade notas de farsa que también abundan en ese tira y afloja, y que podemos observar en la huida en coche del espía, cuando todo está vendido. Curiosamente, el mujeriego Brandt aquí no puede convivir teatralmente con ninguna mujer. Democracia es una función de machos encorbatados moviéndose al compás de la política internacional y de sus propias ínfulas.

Democracia

Texto: Michael Frayn

Traducción: Zoya Anderson

Dirección: Alexei Borodin

Reparto: Andrei Bazhin, Alexei Blohin, Alexander Doronin, Ilya Isaev, Petr Krasilov, Alexei Maslov, Alexei Myasnikov, Alexander Rogulin, Alexei Veselkin, Oleg Zima con Pavel Hruliov, Vitali Kruglik, Nikolai Ugriumov y Konstantin Yurchenko (piano)

Escenografía y vestuario: Stanislav Benediktov

Iluminación: Andrei Rebrov

Coreografía: Dmitriy Burukin

Diseño de cartel: Javier Jaén

Producción: Russian Academic Youth Theater (RAMT)

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 26 de noviembre de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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