Celia en la revolución

La novela inconclusa de Elena Fortún ha sido adaptada para el teatro con una dramaturgia algo ingenua

Foto de marcosGpunto

Aunque el tiempo pase, no hace falta más que indagar en el imaginario sentimental de nuestros antepasados más próximos para comprobar el efecto que produjo en su momento la lectura de aquellos libros que tuvieron a Celia como protagonista y a Elena Fortún como su autora. La importancia de las primeras lecturas en una persona marca direcciones, hábitos y recuerdos verdaderamente indelebles. La recuperación de la novelista se puede palpar, por ejemplo, en el renombramiento de la antes conocida como Biblioteca Pública de Pacífico y, ahora también, con esta adaptación teatral de aquella obra inconclusa con la que pretendió zanjar la serie; y con un montaje dedicado a su biografía que verá la luz en los próximos meses. Pero la cuestión, creo, a la hora de valorar la propuesta que podemos ver en la sala grande del Teatro Valle-Inclán, no debe radicar en la conjunción de los elementos extraliterarios, ni en lo que ha supuesto para España la guerra civil que aún colea; sino en lo que artísticamente se ha logrado manifestar. Y es que la dramaturgia es tan ingenua como la protagonista. Llevar esta historia, que básicamente transcurre durante el periodo del enfrentamiento fratricida, hasta las dos horas y con un ritmo moroso, lleno de diálogos explicativos en demasía, nos hace pensar hasta qué punto es un texto adecuado para trasladarlo a escena con un público masivamente adulto en las butacas. Sigue leyendo

Troyanas

Carme Portaceli presenta la versión de Alberto Conejero sobre el clásico de Eurípides con una mirada a las guerras actuales

Foto de Sergio Parra

Desde luego, no es fácil conseguir que una obra como Las troyanas de Eurípides resulte atractiva. Apenas se puede considerar una tragedia, y más tendríamos que tomarla como un largo epílogo de un extenso ciclo (perdido). Digamos que Alberto Conejero ha utilizado procedimientos similares a los que empleó el dramaturgo griego. Si aquel interpretó su época, inyectada de racionalismo, en aquel siglo V de Pericles, para construir textos que se han llegado a denominar «aburguesados» y que tomaban como base tanto la sofística como la retórica; nuestro versionador, mutatis mutandis, ha hecho lo propio. Auspiciado por una corriente del feminismo que la directora Carme Portaceli abraza gustosamente y que expone en el programa de mano: «Hoy seguimos viendo cómo las mujeres son seres de segunda categoría a las que no importa excesivamente lo que les suceda: después de cada guerra, e incluso durante la guerra y sin guerra, a las mujeres se las viola reiteradamente, se les falta al respeto, se les maltrata sin ningún respeto (sic), sin ni siquiera temor a las leyes que prohíben la violencia… No pasa nada, sus problemas, sus sufrimientos siempre quedan en la cola, siempre hay problemas más importantes: los niños, el hambre, los refugiados…». Sigue leyendo

La rosa tatuada

Un Tennesse Williams menos melodramático en la versión de Carme Portacelli en el María Guerrero

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

En el imaginario de muchos espectadores colea una adaptación cinematográfica en la que Anna Magnani completó un papel creado ex profeso para ella, donde consigue ─aparte del Óscar─ una interpretación que encajaba excelentemente con unas circunstancias históricas, sociales y una consideración de lo que implicaban los extranjeros provenientes de Sicilia a Estados Unidos. También es cierto que el film no es fiel al texto escrito por Tennessee Williams. La cuestión principal radica en: ¿cómo se puede modernizar un relato en el que las costumbres de los protagonistas nos parecen ahora fuera de todo tiempo y lugar? Carme Portacelli se ha embarcado en la difícil tarea de encajar unos modos anticuados, en una sociedad más estilizada. Si la historia de Serafina delle Rose (¿existe alguna otra obra literaria de calidad en la que se abuse tantísimo de un símbolo como en esta? Uno acaba pinchándose con esas rosas por todos los lados), un costurera, inmigrante en un pueblo cercano a Nueva Orleans, enamoradísima de su marido ─a la sazón, un camionero que transporta plátanos y mercancías de otro cariz─ que muere abrasado durante una persecución policial, nos parece increíble; no hay más que fijarse en cómo acaba con un hombre que se define en estos términos: «¡Scusami, Signora, soy nieto del tonto del pueblo de Ribera!». O sea, después de idealizar a su esposo, un hombre, por lo visto, muy atractivo, varonil e impetuoso, que la mantenía y la mantiene en perpetuo encantamiento, esta se «cura» con alguien que de tan bueno, es tonto (incluidas unas orejas de soplillo que le regala el dramaturgo). Sigue leyendo