El lunar de Lady Chatterley

Roberto Santiago recupera a la famosa protagonista para someterla a un juicio repleto de sarcasmo

La heroína creada por D. H. Lawrence ha dado —desde que fue escrita— para todo tipo de interpretaciones y mitificaciones, hasta situarla como un epítome de la liberación femenina. Basta leer la novela en la actualidad para comprender que muchas veces se olvida el contexto en el que se recrea la historia. Lo comentábamos hace poco con los juicios a Oscar Wilde en Gross Indecency: es la escapatoria al puritanismo victoriano. En este caso, nos situamos a principios de los años treinta del siglo pasado, en un ambiente burgués donde la alargada sombra de ese periodo basado en un conservadurismo insensato, aún perdura. Lo que se nos presenta delante debemos aceptarlo (o no) como una impostura; pues resulta más creíble como invención casi genuina que como desarrollo de un personaje ya existente de la literatura. Cualquiera que haya leído la novela —casi es imprescindible si se pretende profundizar y entender lo que vemos— comprueba que sí que es verdad que Connie y su hermana han tenido una educación más liberal, si se quiere. Rodeadas de libros. Hasta el punto de que nuestra protagonista hace sus pinitos como escritora junto a su marido, Clifford, un militar que ha vuelto de la guerra con paraplejia y con la inevitable postración en una silla de ruedas (con motor). Pero aceptar, como se planta aquí la señorita, como una revolucionaria, me parece una deformación del personaje. Una incoherencia. Hay que recordar, por ejemplo, que el año en el que se publicó El amante de Lady Chatterley (1928), el Parlamento Británico aceptó que las mujeres pudieran votar en las mismas condiciones que los hombres. Gracias, evidentemente, a la lucha de las sufragistas. Lo que quiero afirmar es que no se puede sobredimensionar el relato; porque lo que observamos antes de llegar a la obra teatral que nos compete, es a una mujer con gran hartazgo, con el tedium vitae propio de las aristócratas que se aburren de una vida tan anodina, que es casi empujada por su esposo a buscarse un amante para lograr el hijo que él no puede darle. Además, claro, conoce el sexo con varios hombres, aunque con gran decepción (ciertamente no se pensaba mucho en el placer de la mujer). Mellors, el guardabosque, el gran amante de Connie, es un tipo rudo, separado de su esposa, que no duda en emitir sus clarísimas opiniones sobre el cuerpo de esa dama que se le ha aparecido de improviso. El lenguaje es directo; pero también, ante nuestros ojos, cursilón y eufemístico. Con él encuentra placer y cariño, aunque sigue manteniendo firmes gran parte de sus valores morales y de clase. La posición social cuenta para ella y su pensión es fundamental para conservar, en cierta medida, su modo de existencia. Estas cuestiones me parecen esenciales para situarnos ante el texto de Roberto Santiago, quien, sobre todo, ha dibujado un personaje excesivamente irónico, incluso sarcástico, al que le faltaría mostrarnos alguna de sus debilidades, de sus dudas, miedos y angustias. El juicio al que asistimos —puesto que ha sido denunciada por su marido— es una lucha entre la situación de la mujer frente al hombre, emitida desde la defensa de la subjetividad, de la adjetivación («los adjetivos como una zona insegura que paradójicamente nos hace mucho más reales»), y contra la objetividad de esas leyes sacrosantas e inamovibles y tan sustantivas. Hubiera esperado de Antonio Gil, director de esta función, que hubiera favorecido más la movilidad de la actriz; esta se sitúa tras un atril durante la mayoría del tiempo que está en escena. Se echa en falta romper el discurso —el tono es demasiado insistente— y habilitar otra dinámica que engarce el pasado con el presente para que el espectador asuma verdaderamente la psicología de esta mujer enfurecida. Lo más valioso de este breve y conciso espectáculo es la interpretación de Ana Fernández. Logra mantener el pulso de principio a fin, y salpicar su actuación de encanto, de sabiduría y de ese sabor agridulce que impera en alguien que sabe que su derrota es inapelable; puesto que aquí lo que se dirime es el honor de un caballero. No faltan, además, algunas pizcas de humor como cuando refiere aquella frase: «Intelectualmente creo tener un buen corazón, un pene alegre, una inteligencia vivaz, y la valentía de decir mierda delante de una señora…»; expresada por un amigo de su esposo. Por otra parte, contamos con una escenografía sencilla de Sean Mackaoui que permite el lucimiento de la actriz y que vale para encuadrar —junto a la iluminación pertinente de Gustavo Pérez Cruz— el sugerente cierre de la función. A esto se le añade un vestuario adecuado y coherente de Montse Sancho.

En conclusión, El lunar de Lady Chatterley debe tomarse, según mi parecer, como un juego dramático a través del cual el personaje de D. H. Lawrence se aproxima al empoderamiento femenino del que tanto se habla en nuestros días, y que nos debe servir para aguzar el oído y atender al reclamo de muchas mujeres que, ante las presiones sociales, se ven incapaces de disfrutar —sin el martilleo de la conciencia pecadora— de su propio cuerpo.

El lunar de Lady Chatterley

Autor: Roberto Santiago

Dirección: Antonio Gil

Intérprete: Ana Fernández

Diseño de escenografía: Sean Mackaoui

Diseño de iluminación: Gustavo Pérez Cruz

Diseño de espacio sonoro: Iñaki Rubio

Diseño de vestuario: Montse Sancho

Dirección de producción: Ana Belén Santiago

Ayudante de dirección: José Troncoso

Una producción de MARZO PRODUCCIONES ARTÍSTICAS, SL

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 8 de octubre de 2017

Calificación: ♦♦♦

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