La cocina

Sergio Peris-Mencheta comanda un montaje grandioso sobre la Europa convulsa de los años cincuenta

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

La Bestia, igual que el Leviatán de Hobbes, es un mini-estado en forma de cocina, donde todos sus habitantes deben cumplir con las reglas que han aceptado para que sea posible alcanzar la armonía. Sergio Peris-Mencheta, con sus 41 años, se juega, con esta oportunidad que le ha brindado el Centro Dramático Nacional, obtener un prestigio que lo lleve a la élite española de la dirección escénica. Desde mi punto de vista, antes de analizar el resto de elementos, el madrileño ha logrado dar un aldabonazo con esta propuesta tan ambiciosa y tan sugerente. Ha sabido plasmar con maestría ese espíritu inasible del perspectivismo, de la amalgama que forman toda una serie de personajes muy distintos que se van compactando a través de la angustia vital, la esperanza ensoñadora y la perceptible alienación. Nos encontramos en Londres, el 8 de agosto de 1953, el día que los germanos verían condonada parte de la deuda contraída por aquel doloroso y humillante Tratado de Versalles, y las posteriores condenas. Mangolis, un pinche chipriota, el trabajador más joven de todos, un tipo vitalista, sin el peso de la tradición y la amargura sobre sus hombros, una especie de símbolo conciliador de los nuevos tiempos, es el primero en llegar al curro del Marango’s. Ricardo Gómez traza magníficamente su pequeño hilo diplomático para inmiscuirse con soltura en todas las conversaciones que van a tener lugar en ese cosmos. Lo verdaderamente interesante del texto escrito por Arnold Wesker en 1957 son las capas que podemos ir desentrañando dentro de esa gran metáfora. La cocina, precisamente, podría ser una fábrica, un taller; los trabajadores acuden y se engarzan dentro del engranaje de producción. Es comida, pero podría ser el chasis de un coche, y se nota en sus modos que no les han vendido aquello de que si quieren pueden llegar a ser unos cocineros con estrellas; la supervivencia prima. Deudor del teatro épico brechtiano, el dramaturgo nos da la posibilidad de componer nuestra propia edición, y aquí, en esta sala del Valle-Inclán, con todos los personajes bailando al unísono y manifestando sus inquietudes a través de ese «gestus», de esa intromisión de su individualidad en la sinfonía colectiva, nos hace partícipes. Es imposible entender la obra en toda su profundidad si dejamos de lado el existencialismo sartreano y camusiano. Cómo no examinar a todos estos sísifos que acuden cada día a trabajar, atrapados por la cotidianidad y por un oficio repetitivo y de una intensidad avasalladora. Muy característico de este hecho es la actitud del dueño, el mismo Marango, un italiano, interpretado por Luis Zahera con esa capacidad tan enorme para el enmascaramiento (lo veremos más claramente cuando se transforme en vagabundo) y la flema. Es el alienamiento paradójico, un señor dedicado en exclusiva, hora a hora, a la marcha de su negocio; pero que, además, cree ser todo un benefactor de aquella muchachada multinacional. Uno de los conflictos que marcan el porvenir de aquella jornada es la disputa, a veces insoportable, entre griegos y alemanes (ingleses, italianos, chipriotas, franceses, etc., se mantendrán más o menos neutrales). Una pelea en la víspera ha dejado maltrecho el ojo del heleno Gastón (Nacho Rubio). Peter soltó su puño en otra de esas bravatas irrefrenables; este es un alemán, interpretado por Xabier Murua, un verdadero fulcro dramático, que el actor acoge con una solidez extraordinaria, ofreciendo toda una gama de emociones extremas, capaz de morirse celosamente frente a su amante, Monique ─una camarera francesa que Silvia Abascal vivifica con recurrente tristeza y seriedad─; pero, también, apto para iniciar una conversación idealista, cual Quijote montado en Clavileño, imaginándose un mundo distinto e interrogando a sus compañeros acerca de sus sueños. Asistimos ahí, en el tranquilo interludio, mientras algunos descansan antes del siguiente turno, cuando se ven obligados a contestar. Javivi, haciendo de repostero francés, apuntala ese paréntesis reflexivo con un relato y hasta un discurso sobre la gente, sobre los vecinos, sobre la falta de entendimiento y de solidaridad, sobre todos aquellos malvados que se ocultan en la normalidad. Ya se sabe: «el infierno son los otros». Antes de esta charla trascendental en la que Peter hace mutis por el foro, hemos podido contemplar el espectáculo sin igual del in crescendo fulgurante en el que por fin llega todo el equipo y, tras comer, la coreografía del primer servicio llega hasta el súmmum entre platos que van y vienen en las manos de las camareras, con la rapidez de Diana Palazón para responder irónicamente a las insinuaciones de sus compañeros o Almudena Cid (se le nota, en este gran salto al teatro, que sabe situarse frente a un público), que vive el acoso de Betrand, el maître, que Romans Suárez-Pazos escenifica con altivez. Los cocineros se pelean con las cazuelas, Alejo Sauras, un irlandés recién llegado aún no sabe ni por dónde le vienen y acabará destrozado. El carnicero Max, un Javier Tolosa bebedor y siempre dispuesto para la furia con su rictus indomable. Mario Tardón se encarga de Ramone, un repostero entrañable. Roberto Álvarez se alza como un chef pragmático, alguien que prefiere apartarse de los problemas y dejar que todo transcurra afablemente. Otra de las fuerzas imperiosas es Nicholas que, haciendo honor a la etimología de su nombre, dirige la sección griega con una soberbia y una altanería que encarna rotundamente Víctor Duplá. Su amante, su laurel de la victoria, es la camarera inglesa Daphne, Marta Solaz, quien nos deleita con una actuación descarnada a lo Dietrich para entonar la populosa canción Lilí Marleen. Porque la música también tiene su importancia, y si tenemos tema germano, también los griegos poseen su sirtaki, el cual bailan en un alarde de entrega y hermanamiento con el resto. Con todos estos elementos en juego, llegamos a la parte final, más breve que la primera, el servicio de la noche. Como si descendieran por una pendiente, cargados por toda la presión del día, de la vida y el devenir se topan con los límites de su mundo, en el que no paran de enfrentarse por rangos y, muy principalmente, por sexos (las mujeres, en general, no quedan muy bien paradas aquí). De esta forma, la aparición de un vagabundo en la cocina, no solo les recuerda y nos recuerda qué destino le espera al que desista, sino que también nos vale para comprobar esa caridad paradójica de Peter, entregándole unas chuletas en lugar de una sopa agria; por la otra parte, está ese muro infranqueable del dueño, como un comandante avieso de una dictablanda, que paternalmente les reclama: «¿Qué más queréis?».

Ha sido toda una fortuna ver este espectáculo con esa escenografía de Curt Allen Wilmer, tan particularizada por los tubos industriales donde se insertan las luces, o la iluminación de Valentín Álvarez, logrando todo tipo de contrastes entre los diversos espacios y los momentos que van llegando. Haber percibido esta experiencia de la que muy pocas pegas se pueden poner, quizás algunos acentos poco atinados. Donde todos los sentidos se han visto inspirados por un elenco enhebrado con sutileza. Los alimentos estaban ahí, manipulados (bajo el asesoramiento propicio del conocido chef Pepe Rodríguez) con primor; los olores pululaban por doquier, el deleite de contemplarlos casi inmóviles en las transiciones como una pintura manierista. El ruido de los utensilios y sus gritos de comandas, a veces, entreverados por piropos procaces. Además, hubiera sido muy fácil buscar el agrado complaciente del público; pero no, esta adaptación mantiene un ritmo de balanceo y una serie de elipsis que requieren un espectador atento a los detalles. La cocina consagra a Sergio Peris-Mencheta como un talentoso y perspicaz director de teatro.

La cocina

Autor: Arnold Wesker

Versión y dirección: Sergio Peris-Mencheta

Reparto: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera

Escenografía: Curt Allen Wilmer

Iluminación: Valentín Álvarez

Vestuario: Elda Noriega

Espacio sonoro: Pablo Martín Jones y Héctor García

Movimiento: Chevy Muraday

Maestro especializado clown: Néstor Muzo

Maestro especializado voz: Óscar Martínez

Asesores gastronómicos: Pepe Rodríguez y Nacho Rubio

Asesor de magia: Jorge Blass

Ayudante de dirección: Víctor Pedreira

Producción Barco Pirata: Nuria-Cruz Moreno y Esther Bravo

Ayudante de escenografía: Eva Ramón

Ayudante de iluminación: Braulio Blanca

Ayudante de vestuario: Antonio Vicente

Alumnos de la RESAD en prácticas: Daniel Heras y Encarnación Migueles

Diseño de cartel: ByG / Isidro Ferrer

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional en colaboración con Barco Pirata Producciones y con el apoyo de Facyre

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 30 de diciembre de 2016

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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