¿Quién es el Señor Schmitt?

Sergio Peris Mencheta dirige a Javier Gutiérrez y a Cristina Castaño en una comedia que mezcla géneros como el teatro del absurdo o el suspense

El programa de mano ya lo deja claro: «…una obra meramente existencialista, prescindiendo de filosofadas metafísicas…». Una forma sofisticada de reconocer que lo presentado es para todos los públicos; aunque el marchamo que arrastra Peris-Mencheta en los últimos tiempos va por otros derroteros, no tenemos más que fijarnos en Lehman Trilogy o en La cocina. Digamos que este texto firmado por el francés Sébastien Thiéry me parece lingüísticamente ingenioso, pero vacío y redundante, si lo que esperamos es atisbar algo que vaya más allá, como ocurría con los claros antecedentes literarios de los que bebe; es decir, Ionesco o Sartre. ¿Quién es el Señor Schmitt? es un montaje que se expone descontextualizado respecto de un ambiente social o político. Es un divertimento de equívocos absurdos, en una realidad que se agota enseguida, porque la trama es unidireccional. Nada kafkiano a lo que asirnos para que el misterio o la incongruencia de la vida dialoguen con lo que observamos. O sea que el juego se pone en marcha con una llamativa interrelación entre el aviso ―con la voz del director en plan bien agresivo (no queda otra)― para que el respetable apague su maldito móvil y la propia acción de la obra, donde suena un teléfono que no debería hacerlo, pues la familia Carnero carece de él. Enseguida entendemos que Javier Gutiérrez se acoge a ese tono furibundo que domina tan bien y que lo hermana con José Luis López Vázquez, y que se lo hemos visto desarrollar mucho más en el cine (véase Campeones) o en la televisión (por ejemplo, Estoy vivo), donde prima su vertiente de perdedor; que en el teatro, donde ha demostrado en su dilatada carrera que es un actor con múltiples registros y matices (sirva recordar Los Mácbez). El cabreo, el histrionismo y sus gestos de estupefacción se ponen al servicio de un dispositivo más destinado a propiciar una carcajada ―incluso un aplauso si el gag es bueno―, cada veinte segundos. Porque una vez se comprende el embrollo de paradojas y su concatenación hacia ningún lugar, la comedia de situación se impone para regocijo de un público que no tiene por qué indagar en mayores trascendencias. Por su parte, Cristina Castaño adopta una postura más comedida, aunque igualmente fantástica con su habitual vis cómica construida a través de la tímida ironía. Ella debe acatar los dictámenes de su nervioso marido, como una señora convencida de su papel subalterno. Ambos asisten con estupor e incredulidad al hecho de estar viviendo en una casa que no les pertenece. Ignoran cómo han entrado en el piso del señor Schmitt. ¿Qué hacer ante tal circunstancia, cuando, además, se encuentran encerrados? Sin llegar al término de El ángel exterminador (aunque sea otra influencia), intentan descubrir quién es el susodicho dueño del apartamento. Como una novela de detectives; pero a la inversa, serán interrogados por un policía y por un psiquiatra. Ambos interpretados con gran solvencia y con una actitud elocuente por Quique Fernández, sondean el territorio de la biopolítica (si queremos desentrañar el posible simbolismo del asunto) como garantes de un Estado que debe garantizar la seguridad y la cordura. Andorra se convierte en el lugar al que, por lo visto, han ido a parar, y los chistes funcionan como una Lepe modernizada. También asistimos al test psicológico (pinceladita de onirismo y de psicoanálisis) para inmiscuirnos en los deseos reprimidos de nuestro protagonista. Presenciamos, de esta manera, varias de las escenas más procaces, divertidas y que introducen unas vías por las que hubiera estado estupendo regodearse. Esa es, señalemos, la rabia que nos puede producir esta función; pues no para de esbozar caminos interesantes para abandonarlos instantáneamente. Xabier Murúa aparece de vez en cuando, con un personaje que tiene muy poco recorrido. Y da la impresión de que todo se centra en el desenlace que, ciertamente, podría llegar en cualquier momento. Un golpe de efecto un tanto anticuado y chusco como poner a Armando Buika (actor español con raíces ecuatoguineanas); sí, el hombre negro, africano, vástago de esa pareja de europeos blancos. Como no se establece un verdadero entramado alegórico con diferentes planos de interpretación, lo simbólico queda subsumido por lo cómico y desvanecido por la intrascendencia. El mecanismo inicial se transforma en una máquina de gags que nos entretienen y nos hacen reír en más de una ocasión. Por otra parte, la factura del espectáculo es impecable, y eso es gracias a la escenografía de Curt Allen Wilmer, quien ha preparado un piso que redunda en ese cariz propio de las casas señoriales de las novelas de suspense. Y, por supuesto, una gran dirección de Sergio Peris-Mencheta que, con gran profesionalidad, saca el máximo partido al texto elegido.

¿Quién es el Señor Schmitt?

Autor: Sébastien Thiéry

Dramaturgia y dirección: Sergio Peris-Mencheta

Reparto: Cristina Castaño, Quique Fernández, Javier Gutiérrez, Xabier Murúa y Armando Buika

Diseño de escenografía: Curt Allen Wilmer (AAPEE) con Estudio Dedos

Diseño de iluminación: Valentín Álvarez (AAI)

Diseño y realización de vestuario: Elda Noriega (AAPEE)

Ayudante de dirección: Víctor Pedreira

Ayudante de escenografía: Eva Ramón

Ayudante de producción: Fabián Ojeda

Dirección producción y producción ejecutiva: Nuria-Cruz Moreno

Gerente y regidor: Blanca Serrano y Paco Flor

Fotografía: Sergio Parra

Diseño gráfico: Eva Ramón

Una producción de Barco Pirata

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 10 de noviembre de 2019

Calificación: ♦♦

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