Misterios del Quijote

Aproximación fronteriza del Brujo a la novela de Cervantes en este año de conmemoraciones

Foto de Fran Ferrer
Foto de Fran Ferrer

Continúa Rafael Álvarez, el Brujo en sus incursiones literarias, abordando clásicos a través de sus particulares procedimientos interpretativos. En esta ocasión ha dirigido sus intereses hacia la que debería haber sido la horma de su zapato. Alguien tan interesado en bordear el asunto, en aproximarse con distancia en ese juego de entrada y salida ficcional, en esa propagación de recursos metalingüísticos y metateatrales de ser y no ser actor-personaje, tendría que haber sacado oro de una obra donde aparecen tantos narradores más él, como respetable juglar, que se ha sumado a la lista; pero creo que en esta propuesta se ha quedado con la lanza en astillero. Con el Brujo tenemos garantizadas muchas bonanzas: un público cálido repleto de adoradores que no dudan un instante en aplaudirlo en cuanto pisa el escenario (casi un ritual que es difícil encontrarlo con otros intérpretes) lo que carga el ambiente, un sentido del humor que trabaja en varios planos, bien puede caer en lo efectista, pero chabacano, con regodeos en lo escatológico («chorrina», «chorra y orina», pura invención) o en lo sexual, con aquello de las «mozas, destas que llaman del partido» (el artífice no deja pasar una), como puede ironizar sobre cuestiones políticas de plena actualidad, asuntos sociales (aquí, chistes sobre borrachos y tabernas) y un sinfín de ocurrencias que nos lanza con su acostumbrada espontaneidad. El humor peculiar de Rafael es el hilo inapelable de la obra. También tenemos garantizada la interpelación, nosotros somos su permanente narratario y nos trata con deleite, con sorna y con falsa adulación. Pero, ¿por qué esta vez creo que se ha quedado en ciernes? Si nos fijamos, por ejemplo, en su versión de El asno de oro que hace casi año y medio escenificó por esta Sala Verde de los Teatros del Canal, conseguía enfrascarnos en el relato, aunque fuera a base de avanzar y salir, retroceder y entrar. Con Misterios del Quijote, primeramente, se demora en un prólogo en el que parece que se deja arrastrar por el entusiasmo de los espectadores. Va dando pasos tímidos hacia lo que será el meollo, aunque no acaba de penetrar y, cuando definitivamente comienza en sí el nudo, no suelta esa reticencia y vuelve a sondear el libro como un filólogo. No puede evitar acogerse a todos esos temas de la crítica literaria sobre narradores, influencias, posibles hechos reales en los que se basara Cervantes, etc. Es decir, continúa circunvalando en su propio espectáculo, algo que es una marca de la casa, aunque en esta ocasión se echa en falta una inmersión mayor en la propia novela de Cervantes y, por supuesto, mayor presencia de todo ese entramado de aventuras, de personajes y de diálogos en los que podemos vislumbrar el entrecruzamiento entre realismo e idealismo.

Lo sustancial del espectáculo estriba en esa vuelta de tuerca donde el propio padre de Rafael Álvarez, el Brujo se encarama como cuentista, como enlace vulgar de una tradición oral que también ha sabido trasladarnos los entuertos del viejo caballero. Ahonda así el autor en su propuesta de solapar voces e intérpretes, como él mismo hace y como instantes antes ha hecho con un taxista madrileño que igualmente posee su propia versión de los hechos. La maestría con la que expone los acontecimientos es sin igual, todo parece que ha ocurrido tal cual y en un tiempo cercano, nos hace creer, y esa es su gran virtud, que para su función tenía otros planes, pero que nosotros, su público de ese día, nos merecemos conocer esa cantidad de sincronicidades que al artista le pasan a diario. Finalmente, en un acto de superior intimidad, más literario, se encarna, ya sí, en Don Quijote para vivenciar aquel capítulo sobre los cueros de vino. Reluce, por fin, la simbólica y perspicaz escenografía y la iluminación de Miguel Ángel Camacho, que aporta su toque mínimo, pero elocuente, para que la palabra, tal y como reclama constantemente el Brujo, sea la auténtica protagonista. No podemos dejar pasar la música original de Javier Alejano y todos aquellos sonidos que le dan ritmo, a veces sorpresivo, a la historia con el chelo de Sergei Mesropian y la percusión de Juan Carlos Pelufo.

Bien está que se saque a colación la importancia de la misericordia, de la misma forma que se hace sobresalir la vigente vanguardia de la novela cervantina. Aunque creo que a estos Misterios del Quijote les falta un poco más de Quijote, el Brujo vuelve a combinar sabiamente la lección ejemplarizante del tiempo, la memoria y la palabra con el deleite que nos transmite su arte.

Misterios del Quijote

Basado en El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes

Versión y dirección: Rafael Álvarez

Reparto: Rafael Álvarez, el Brujo

Escenografía: Miguel Ángel Camacho y Rafael Álvarez

Diseño de iluminación: Miguel Ángel Camacho

Música original: Javier Alejano

Chelo: Sergei Mesropian

Percusión: Juan Carlos Pelufo

Vestuario: Elisa Sanz

Pinturas originales: Pedro Extremera

Fotografía: Chicho

Música: popular andaluza – sufí

Directora de producción: Herminia Pascual

Ayudante de producción: Javier Alejano

Ayudante de dirección: Oskar Adiego

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 11 de septiembre de 2016

Calificación: ♦♦♦

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