Scratch

Viaje introspectivo en la cabeza de un joven dj torturado por el desconcierto vital

Scratch. GRUMELOT. 00Parece que el grito de malestar de la juventud desnortada y sin futuro ha penetrado en los oídos de los dramaturgos. En prácticamente un mes nos hemos encontrado con Yogur | Piano, Wasted y, ahora, con Scratch. Obras protagonizadas por veinteañeros largos que ya le han visto las orejas al lobo, que han percibido una angustia de origen ignoto que no les permite encajar cómodamente en el flujo espaciotemporal de su época. Nada nuevo en las últimas décadas, pero las crisis acentúan la tensión de los «marginados». En el texto de Javier Lara, nos topamos con Antonio Carlos desde, como dice el autor, un supuesto, una hipótesis verosímil, en el lugar donde la vida se desvanece, desde un hospital en el que asistimos imaginariamente a su final o no. Pura introspección, pura regresión hacia los trazos que han configurado su existencia hasta ese momento. A través de este preludio, quizás un tanto explícito, en el que se nos propone aceptar la inmersión, comprendemos que, a partir de ahí, lo que veamos será el producto del caótico devenir de los recuerdos imborrables. Si por algo la función nos atrae desde el comienzo es por el ritmo, por los lenguajes entreverados con los que se plasma una historia que, por otra parte, no es una biografía lo suficientemente interesante como para sustentar por sí misma una obra de teatro (se dejan de lado aspectos que podrían ser sugerentes, como el segundo después en el que alguien se queda absolutamente solo en una ciudad como Londres o cómo se viven los altercados de la calle siendo extranjero); aquí la forma cuenta, afortunadamente, mucho. Y es que somos recibidos en una discoteca que nos surte de «pastis» de colores como regalo de bienvenida, un regalo que nos compromete a esa liturgia de los clubs y sus cadencias alucinógenas. Enseguida el protagonista, Fernando Delgado-Hierro, muestra sus cartas como dj en ciernes y drogata a punto de la sicosis. Le toca erigirse en antihéroe golpeado por las emociones, y su interpretación, a la que seguramente se le podría meter un grado más de excitación y descontrol, nos arrastra en su vaivén de sentimientos contradictorios. Apenas debe desdoblarse en psicoanalista (argentino, por supuesto). No así su compañero, que se multiplica hasta la extenuación. Javier Lara engrandece su propio texto y sobredimensiona la propuesta estética gracias a sus habilidades actorales, algo que, desde luego, no nos pilla de nuevas; como hemos podido comprobar, sin ir más lejos, en los Entremeses. Da una cobertura espléndida a Fernando Delgado-Hierro transfigurándose en todos aquellos individuos, familiares, conocidos y demás personajillos que van apareciendo, y que determinan este bildungsroman deconstruido a golpe de onirismo. El lucimiento de Lara es inconmensurable. Igual se encarna en padre y madre de Antonio Carlos, como hace de novia, de hermano, de colega en Londres, de obispo Lara (el orgullo de la familia), de hermano, de hermana o, incluso, de personajes de ficción en una especie de recreación sobre Alicia en el país de las maravillas. Cambios de registro, impostaciones en la voz y, además, cantar en inglés, pinchar en una sesión interminable, etc. Y, todo ello, afinando en la gestualidad y en la actitud como si fuera un maestro de ceremonias, un Conejo Blanco multiforme que responda a los interrogantes de nuestro extasiado aprendiz de discjockey. Esta agitación se produce ─eso parece─ en el Londres de 2011, cuando una serie de disturbios provenientes del descontento de las clases más desfavorecidas sumieron a la capital inglesa en el desconcierto, y en el que el protagonista se verá envuelto.

La propuesta es de altos vuelos y las referencias son variadas. La más evidente en el trinomio Drogas-Londres-Váter es Trainspotting, pero también la música de Bach, al que se recurre simbólicamente por las variaciones, y considerado este ya en su época como un compositor «confuso». O el humor gaditano, procaz y campechano, sumado a motivos de la literatura juvenil o, incluso, cuestiones teosóficas y viajes trascendentales a la India; todo ello en la atmósfera rave y el clubbing. La amalgama no termina; la mezcolanza afterpop con su esquizofrenia inserta magnifica el bagaje cultural que un joven contemporáneo carga en su mollera. La lástima es que en el camino contamos con demasiadas indicaciones en la pantalla que cubre el fondo, demasiadas señalizaciones en el recorrido para que no nos perdamos en los saltos temporales; y yo creo que la mayoría sobran y más, cuando constantemente ambos actores con toda su colección de recursos expresivos son capaces de concretar, dentro de ese camino subliminal y surrealista, cada uno de los acontecimientos y remembranzas. Tanto el paseo como el destino no pueden ser diáfanos, resulta más interesante, por la credibilidad que ello implica con nuestra propia conciencia, adentrarnos en la perturbación de ese muchacho agónico, de su inconsciente moldeado por una educación estricta y falta de cariño, por la competencia con sus hermanos, por su fimosis o por cualquier avatar que lo haya empujado a su realidad estupefaciente. Podemos ir con él hacia el reinicio, pero la templanza para alguien como él, llevará toda la vida.

La puesta en escena a cargo de Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro, con las carencias lógicas que implica un presupuesto escaso y a falta de pulir transiciones, permiten acentuar sonora, visual y videográficamente cada una de esas teselas que se van engarzando durante la hora larga de función. Javier Lara y todo Grumelot demuestran que se debe continuar trabajando en el lenguaje dramático, en los lenguajes, que sigue habiendo posibilidades y que el atrevimiento y la indagación traen sus frutos.

Scratch

Texto: Javier Lara

Creación: Javier Lara y Fernando Delgado-Hierro

Puesta en escena colaborativa: Carlos Aladro, Carlota Gaviño e Íñigo Rodríguez-Claro

A cargo de: Grumelot

Festival Frinje Madrid 2016

Naves del Español – Matadero (Madrid)

Calificación: ♦♦♦♦

 

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