Un cine arde y diez personas arden

La compañía Grumelot, con el lenguaje del teatro contemporáneo, traza un montaje sobre el sentido de la vida

Foto de Álvaro López

Cachivache postdramático de Pablo Gisbert. Panoplia de elementos en juego y la concreción de un concepto de importancia para su desarrollo. El carpe diem. Recurrir al memento mori (recuerda que vas a morir o recuerda morir) para cuestionar el atiborre de las cosas vanas que sustentan nuestra existencia endeble. Vanidad en el consumismo, y en ahogarse en un vaso de agua, y en la finura de esas epidermis de los niños hiperprotegidos. El espectáculo pandea entre las atribuciones complejas que remiten a la filosofía y a la religión, y las chorradas posmodernas que suelen llenar estos montajes para laminar la trascendencia, el posible aburrimiento y para epatar como creador de vanguardia. Los muchachos se quieren divertir y uno aguanta mientras el discurso no redunde en la banalidad. Lo cierto es que se pueden sacar conclusiones importantes y útiles para nuestro actual y absurdo modo de vida. Los espectadores nos colocamos en el escenario mirando a la grada, donde aguardan, sentados en sus butacas, los nueve intervinientes, quienes, a su vez, están viendo una película (nosotros también vemos una pantalla donde se nos lanzarán mensajes y en la que veremos imágenes de algunos exitosos films como Parque Jurásico). Sigue leyendo

Scratch

Viaje introspectivo en la cabeza de un joven dj torturado por el desconcierto vital

Scratch. GRUMELOT. 00Parece que el grito de malestar de la juventud desnortada y sin futuro ha penetrado en los oídos de los dramaturgos. En prácticamente un mes nos hemos encontrado con Yogur | Piano, Wasted y, ahora, con Scratch. Obras protagonizadas por veinteañeros largos que ya le han visto las orejas al lobo, que han percibido una angustia de origen ignoto que no les permite encajar cómodamente en el flujo espaciotemporal de su época. Nada nuevo en las últimas décadas, pero las crisis acentúan la tensión de los «marginados». En el texto de Javier Lara, nos topamos con Antonio Carlos desde, como dice el autor, un supuesto, una hipótesis verosímil, en el lugar donde la vida se desvanece, desde un hospital en el que asistimos imaginariamente a su final o no. Pura introspección, pura regresión hacia los trazos que han configurado su existencia hasta ese momento. A través de este preludio, quizás un tanto explícito, en el que se nos propone aceptar la inmersión, comprendemos que, a partir de ahí, lo que veamos será el producto del caótico devenir de los recuerdos imborrables. Si por algo la función nos atrae desde el comienzo es por el ritmo, por los lenguajes entreverados con los que se plasma una historia que, por otra parte, no es una biografía lo suficientemente interesante como para sustentar por sí misma una obra de teatro (se dejan de lado aspectos que podrían ser sugerentes, como el segundo después en el que alguien se queda absolutamente solo en una ciudad como Londres o cómo se viven los altercados de la calle siendo extranjero); aquí la forma cuenta, afortunadamente, mucho. Sigue leyendo