Cuando caiga la nieve

Julio Provencio dirige el texto de Javier Vicedo, un drama con tintes de humor negro a través de una estructura poliédrica

Foto de Susana Martín

¿Por qué nos debería interesar una obra que se presenta como una «comedia negra y macabra… alrededor de una anécdota banal»? Demasiada banalidad y, encima edulcorada, afirmarán muchos al terminar. La poesía se reduce a la nieve y a las metáforas que eternamente la han ido resimbolizando: la senectud-muerte, el silencio, el olvido y la gruesa capa que nos evita presenciar la realidad. Aquí, además, la cencellada se imbrica con la ceniza de los muertos. Quizás, inconscientemente, Javier Vicedo Alós ha escrito un cuento creyendo que estaba conformando una obra teatral. Contamos con cuatro personajes que, como viene siendo ya corriente en las salas españolas de nuestra contemporaneidad, nos van a narrar, a contar, su relato (es una forma también de ahorrarse personajes, actores, escenografía). No voy a insistir en mi juicio sobre el abuso de la narración en el teatro; aunque este es otro ejemplo de lo que supone como experiencia para el público por lo que voy a argumentar a continuación. La obra, inicialmente, poseía un atractivo, un misterio; ver a ese chico tumbado sobre un manto de plumas que simulan la nieve y su tono melancólico acerca del peso de su infancia y la relación con su madre y su padre, parecía que nos llevaría a profundizar sobre motivos existenciales de calado; pero, por desgracia, las escenas no llegan a confirmar la sospecha, sino a derrumbarla. Lo encarna Fernando Delgado-Hierro, que acaba de terminar exitosamente con Scratch, y que vuelve a demostrar que sabe darle consistencia a sus papeles, a los que suele imprimirles una seriedad y una madurez bien sólidas. Será él quien abra y cierre la función, y quien comandará la mitad del montaje. La otra mitad la arrastra Chupi Llorente, quien introduce una trama algo rocambolesca sobre la pérdida de las cenizas de su padre recién fallecido. La propuesta se espolvorea con pizcas de humor negro y situaciones próximas a la comedia de situación que nos alejan de los hechos luctuosos que sustentan el argumento. Así escuchamos una petición antes de fallecer: «”Oye, cariño, llama a tu hermano y dile que me lleve al Chelsea”. El Chelsea era un puticlub al que por lo visto solía ir con frecuencia desde que se murió mi madre». La búsqueda de la urna dispara las diversas acciones y las remembranzas de unos individuos que, en general, no terminan de redondearse y se esbozan más por el recuerdo de un acontecimiento que por su propia visión del mundo. Esto es algo que se percibe en el perdedor que interpreta José Luis Alcobendas, al que hace muy poco lo vimos protagonizar El concierto de san Ovidio, un tipo que abandonó a su familia y que se dedica a entretener a los turistas disfrazado de hombre invisible. El actor le mete empuje y algo de chulería; pero le sobra displicencia y le falta el desasosiego que embute a su hijo. Finalmente, un cuarto personaje, llamado Ramiro, un limpiador colombiano que lleva un tiempo viviendo en Madrid y que se va a ver con la urna dichosa entre las manos. Fabián Augusto Gómez Bohórquez vuelve a transmitir, como ya hizo en la obra En La Ley, esa claridad y confianza en su proceder. Aunque es un personaje demasiado marginal en la estructura como para que tenga tanta presencia. Los actores ofrecen su profesionalidad con garantías; no obstante, el director, Julio Provencio, los ha situado frente al respetable de una manera excesivamente estática, que favorece la dispersión que ya posee el texto. La cuestión es que Vicedo ha querido aunar demasiados estilos (historia poliédrica, comedia negra, trama contrapunteada, drama familiar, narraturgia) y, al final, no ha logrado desarrollar profundamente ninguno. Más de un espectador, cuando quiera atar cabos, impulsado por esa necesidad de encajar las piezas, sentirá que han jugado con él al despiste. La falta de referencias escenográficas sobre la ciudad de Madrid y sobre la época en la que sucede cada fragmento al que se remite, puede llevarnos al equívoco. Se querrá poner a la mujer como madre del chico; pero al final nos quedará muy claro cómo murió el abuelo de este. Mientras que el padre de ella lo hizo en un hospital tras un cáncer. Es cierto que hay pistas; aunque los dramaturgos deberían ser más conscientes de que no es lo mismo leer (tú pones el ritmo, tú puedes detenerte y volver hacia atrás), que observar. Tampoco es lo mismo escribir un guion para cine (la película prácticamente siempre acontecerá en un espacio ocupado por signos de todo tipo que completan la información), que escribir un texto para teatro y que en su escenificación los objetos sean mínimos y el espacio se tenga que recrear con descripciones. Como ocurre con estas obras tan narradas, la intrusión de explicaciones nos aparta de la vivencia. La historia transcurre en el discurso, no encima de las tablas, dando vida al acaecimiento. El espectador es guiado y no puede intervenir críticamente en unas circunstancias con las que podría empatizar. A Cuando caiga la nieve se le podría exigir un trabajo mayor en los matices que delimitan a los personajes y una mayor persuasión a la hora de conectar con unas ideas como el suicidio, la abulia, el desarraigo o la enfermedad que den valor a una función atufada de formalismo estructural.

Cuando caiga la nieve

Autor: Javier Vicedo Alós

Dirección: Julio Provencio

Reparto: José Luis Alcobendas, Fernando Delgado-Hierro, Fabián Augusto Gómez Bohórquez y Chupi Llorente

Creación sonora: Nacho Bilbao y Diego Merino

Diseño de iluminación: David Benito

Vestuario: Yeray González Ropero

Cartel: M. Milagro Sánchez

Fotografía: Susana Martín

Compañía: Becuadro Teatro

Producción: La Belloch Teatro

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 16 de junio de 2018

Calificación: ♦♦

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