Ana el once de marzo

Los atentados de Madrid en 2004 reflejados en el sentir de un grupo de mujeres unidas por la coincidencia

ana-11Esta breve pieza que dirige Paloma Pedrero en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español surge de la propuesta que en su día lanzó el director de escena Adolfo Simón a varios dramaturgos para que escribieran acerca de los atentados del 11M. Es, por lo tanto, un texto de circunstancias y destinado a expresar un hecho de gran conmoción para la sociedad de aquella época. El tiempo ha pasado, lógicamente, y aunque sería necesario bastante más, la obra que ahora podemos contemplar se puede juzgar más fríamente. Creo que es muy necesario reproducir las palabras que la dramaturga escribió al hilo de su propia obra: «Siempre las mujeres hemos sido las víctimas primeras de la violencia del mundo. De un mundo diseñado por los hombres para la lucha por el poder y el territorio. Siempre las mujeres hemos sufrido frontalmente las guerras de los hombres, las violencias de los hombres, su cultura descorazonada y radical. ¿Cuántas terroristas islámicas colocaron mochilas en los trenes madrileños? Ninguna está procesada. Y, como siempre, sin embargo, ¿cuántas mujeres murieron, cuántas fueron heridas, cuántas perdieron a su hija, a su padre, a su compañero?». Esto lo leí después de asistir a la función. Sería demasiado fácil rebatir tal cantidad de falacias. Hablemos de teatro.

La mayor virtud de Ana el once de marzo es el manejo del tiempo, del ansia por simultanear, no solo el tiempo real de los acontecimientos en tres escenarios distintos, sino sumarle también otros momentos que se entreveran en la angustia por la ausencia de noticias. El mayor vicio, sin embargo, es llevar las coincidencias a un extremo que provoca una pérdida de credibilidad evidente. No solo debemos contar con la coincidencia propia de los atentados, de aquellos que perdieron el tren, de aquellos que cogieron el siguiente, de aquellos que nunca lo habían cogido, sino de que las tres protagonistas se llamen Ana, nombre palindrómico que significa compasiva y llena de gracia y que, para rizar el rizo, se cumplan 40 años exactos desde que la madre de la víctima, de Ángel, lo concibiera; en un cerramiento cosmogónico de tintes alegóricos (si la obra hubiera trascendido por este lado, el jugo sería otro). Tampoco debemos obviar las exposiciones maniqueas donde los hombres, en general, quedan tan mal parados. Desde que en el hospital la voz de aviso hacia los familiares es femenina si las víctimas siguen vivas y masculina si han fallecido; hasta que el padre de Ángel fuera todo un coleccionista de amantes y su hijo siguiera el mismo camino. Sin obviar que la Ana madre, entre remembranzas, grite con verdadero ímpetu: «Gilipollas. Gilipollas. Gilipollas. Los hombres sois gilipollas…». Pues nada.

Las cinco mujeres que vemos en escena se deben desenvolver de diferente manera, ya sea a través de monólogos como el que lanza la Ana amante, que interpreta Marta Larralde y que a veces resulta demasiado explicativo de lo que está ocurriendo, pero que la actriz resuelve con profundo sentimiento. Así, también, la Ana esposa, que encarna Blanca Rivera, se mueve más en el intimismo de alguien que pierde definitivamente a un ser querido ya antes perdido. María José Alfonso, como Ana madre, juega con su desmemoria entre unos acontecimientos que comprende, pero que no quiere asumir como reales, y que la actriz lleva con ternura contenida. Les acompañan Ana Peinado, una enfermera algo tímida, y Laura Toledo que hace de Amina, una mujer musulmana que también sufre por la posible pérdida de su hijo; ofrece una magnífica interpretación que, además, dinamiza la obra y le da vida dentro de la tensión que están viviendo.

Además de todo lo afirmado, debemos reconocer que la escenografía, demasiado simplona, tampoco es que ayude en demasía al desarrollo de la obra. Sin embargo, la música sí produce momentos de verdadero lirismo y de solidaridad entre las mujeres cuando se encuentran azarosamente en su deambular por el espacio tanto al principio como al final.

Ana el once de marzo se ve lastrada por las circunstancias en las que fue creada y por un público, tanto el de aquel entonces como el de ahora, que posee su visión particular y emocional de los atentados —algo inalienable a la hora de juzgar la obra desde una postura más analítica. Es verdaderamente complicado trabajar con un material tan sensible cuando ha de exponerse ante unos espectadores consternados a priori.

Ana el once de marzo

Autora: Paloma Pedrero

Dirección: Paloma Pedrero y Pilar Rodríguez

Reparto: María José Alfonso, Blanca Rivera, Marta Larralde, Laura Toledo y Ana Peinado

Escenografía y vestuario: Gracia Bondía

Iluminación: Carlos Sañudo y Susana Romero

Espacio sonoro: David González

Fotografía: Raúl Liarte

Concepto coreográfico: Sonia Dorado

Teatro Español – Sala Margarita Xirgu (Madrid)

Hasta el 10 de abril de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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