Moby Dick

José María Pou se mete en la piel del capitán Ahab para destilar esta aventura de destrucción vesánica

Hace un par de años el escritor Kiko Amat planteaba en un artículo que Moby Dick era un «tostón» y se explayaba en su crítica como si estuviera señalándole a los lectores de tan magna obra que el rey estaba desnudo. A tenor de lo expresado allí ―y dándole gran parte de la razón―, uno se pregunta si esta adaptación de la novela a cargo de Juan Cavestany (literalmente se «ha basado» en ella) resulta de quedarse con una mera anécdota (algo parecido puede afirmarse de la célebre versión cinematográfica de John Huston). Es decir, para ser mínimamente fiel a lo manifestado por Herman Melville; quizás la apuesta debería ser más coherente ―aunque seguramente insoportable―. Algo así como un montaje de diez horas con un prólogo de Ismael ahíto de descripciones sobre Nantucket, el pueblo de los balleneros en Massachusetts, una voz en off que fuera exponiendo las diversas cuestiones enciclopédicas sobre los cachalotes, sobre el valioso aceite, el esperma y el ámbar gris (ya que está de moda la narraturgia, pues por narrar que no quede). Al final saldría el capitán Ahab y expondría su furibundia. La pregunta, entonces, es: ¿es esto Moby Dick si desaparecen los cientos de digresiones inaguantables que trufan insistentemente todo el libro? Básicamente porque el conjunto es lo que quiso llevar a cabo el novelista (probablemente la versión reducida que se ha leído mucha gente ha dado una idea equivocada del asunto). Todo este preámbulo no deja de ser una reflexión para aproximarnos al producto que se nos ofrece en el Teatro de La Latina, el cual, por supuesto, posee una autonomía propia. Andrés Lima dirige un escueto espectáculo, muy ponderado en potencia y con la capacidad para destilar ese simbolismo tan romántico del héroe (aquí bastante lisiado ya) que se enfrenta a un poder inconmensurable a sabiendas de que la derrota es inapelable. Su honor le va en ello. La vida cobrará sentido si lo intenta con todas sus ganas. Podríamos defender que la historia de este marinero hubiera podido ser un extraordinario poema épico. Lo bueno de esta propuesta es que, a pesar de que su contenido es mínimo, la carga expresiva de José María Pou nos arrastra en ese destino sin retorno. Henchido de vesania, enfurecido por las circunstancias, caminando de mala manera por su camarote y por la cubierta (se ha optado por una efectiva prótesis, en lugar de la pata de palo esperable). El actor se asienta con poderío y exprime cierta torpeza para sacar una fuerza agónica. Ahab no deja de invocar a los cielos para que esa maldita ballena blanca (también la blancura es una obsesión) aparezca en esos inmensos océanos (Moby Dick, como símbolo demoniaco, podrá ser casi cualquier cetáceo que posea ciertas características). Sin embargo, el montaje se centra casi exclusivamente en ese malhadado capitán ―y bien podría sostenerse dramáticamente con su exclusiva presencia―, se le hace acompañar de dos actores que interpretan varios personajes; aunque, de alguna forma, resultan un tanto indistinguibles. Jacob Torres es, sobre todo, Ismael (recordado por la famosa primera frase de la novela y por ser un exhaustivo narrador), un tipo bien ágil, enérgico y con un aspecto a náufrago que le da gran verosimilitud. Mientras que Oscar Kapoya es un Pip disciplinado y algo silencioso, con un aire tribal necesario para encarnar esa energía telúrica que le haga sujetar el arpón como si hubiera nacido con él. Aparte de las interpretaciones, creo que el espectáculo se sostiene con firmeza y ajustado a esos ochenta minutos de elocuencia epopéyica ―el periplo del Pequod es casi la vuelta al mundo― es la escenografía. Beatriz San Juan ha organizado el espacio de tal manera que nos asienta en la proa frente a un horizonte que se pierde entre las olas. El gran velamen, las jarcias, las diferentes alturas para que los marineros den sensación de dinamismo producen un efecto inmersivo. Además, esa oscuridad premonitoria que ha imaginado Valentín Álvarez nos lleva a fijar la mirada en la pantalla, con esas videocreaciones de Miquel Àngel Raió que, junto a la sonorización, de Jordi Balbé y Francesc Sitges-Sardà, y el espacio sonoro de Jaume Manresa, uno se ve salpicado en el interminable balanceo. Este Moby Dick resulta conciso y agónico, y nos muestra a un hombre embarcado en su ambición, en su sed de venganza, en un motivo vital tan autodestructor («la locura enloquecida») como imprescindible para no sucumbir a la injusticia de una naturaleza devastadora.

Moby Dick

Basado en la novela de Herman Melville

Dirección: Andrés Lima

Versión: Juan Cavestany

Reparto: José María Pou, Jacob Torres y Oscar Kapoya

Escenografía y vestuario: Beatriz San Juan

Iluminación: Valentín Álvarez (AAI)

Música original y espacio sonoro: Jaume Manresa

Sonorización: Jordi Ballbé y Francesc Sitges-Sardà

Videocreación: Miquel Àngel Raió

Postproducción videocreación: Miquel Àngel Raió y Francesc Sitges-Sardà

Diseño y construcción prótesis cama DDT SFX: (Montse Ribé i David Martí)

Caracterización: Toni Santos

Ayudante de dirección: Anna Maria Ricart

Producción de Focus

Teatro de La Latina (Madrid)

Hasta el 10 de marzo de 2019

Calificación: ♦♦♦

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