El polaco Krystian Lupa recorre el desencanto de la contracultura y emprende un camino de exégesis de nuestro mundo actual

Tiene, ante nuestros ojos, algo de patético, de pijo, de caterva de burgueses torturados por el pecado del consumo que, aunque sea como farsa y cartón-piedra, encuentra hoy en la tribu woke, todo un referente. ¿Les sigue diciendo algo el «Aullido», de Ginsberg que recitan como una oración, como un Te Deum? Ni siquiera les motiva ya recitar aquello de «¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! / ¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo son santos!». Aunque Michał Lacheta aparezca en esa santa cena como un John Lennon redivivo, el fin de la historia para ellos ya se ha concebido. Sigue leyendo

Se nos presenta esta idea de Paco Mir como otra más de esas incursiones metateatrales que tanto abundan en el panorama teatral en las últimas décadas. Tanto es así, que este estilo resulta muy recurrente en las propuestas para adolescentes y en funciones escolares. Es una forma, inicialmente, de introducirlos al teatro en sí como arte ficcional con el fingimiento (o no) de la cuarta pared; y, si se quiere continuar hasta el final por esos andurriales —como ocurre en la función que nos compete—, pues como forma de captar la atención y habilitar otras derivas ficcionales que, en este caso, no son demasiado ingeniosas. 


No esperaba que de la literatura del género bestseller romántico de mujeres para mujeres (con todo el paternalismo que destilan estos productos), con toda la autoayuda deleznable e ingenua, con toda la superficialidad que pretende ser profunda (inevitablemente cursi) y con el ánimo propio del coaching que ansía ayudar a las desvalidas féminas, tan perdidas ellas en el marasmo del patriarcado, tan inocentes ellas aún en este siglo veintiuno avanzado ya, que su versión teatral pudiera ofrecernos algo que se pudiera tildar de profundo, de maduro, de consistente o, incluso, de emotivo.
Quizás haya pocas dudas al considerar La broma infinita (1996) la mejor novela del final del siglo XX; aunque, realmente, cuando uno la lee, más le parece la mejor de nuestra época que aún dura. Que David Foster Wallace se suicidara en 2008 era más que previsible; pues la depresión lo atenazaba y las pastillas que tenía que ingerir para contenerla lo llevaban a pasar meses fuera de juego. Desde entonces, hemos ido descubriendo mucho de su obra inédita, gracias, en parte, a la pequeña editorial Pálido fuego.
Con todo el respeto para nuestros mayores, esta propuesta cae en el tópico de la complacencia de una manera abrumadora. Es una obra que parece dirigirse con tanto ahínco hacia el estamento provecto, que quiere demostrar su ancianidad desde el minuto uno. Debe ser que cuando uno pasa la frontera de los sesenta y pico pierde el sentido del humor más incisivo y la blandura en las expresiones se asienta, como si uno sufriera un golpe de ingenuidad. Y eso que hablamos de unos jubilados que han encerrado a su asesor fiscal, porque sus «malos» consejos los han dejado secos. Los secuestradores del lago Chiemsee de Alberto Iglesias no tiene fuste, carece de trama, de nudo, y de interés; es lenta y muy larga, y solo puede hacer gracia a las almas cándidas que se ríen de los achaques del prójimo.