Debate

El diputado Toni Cantó nos acerca las habituales componendas previas a un debate político

Debate - Foto«Casi todo lo que aquí se cuenta sucedió en alguno de los debates celebrados en la historia de nuestra democracia», comenta Toni Cantó en el programa de mano; y luego remata: «Las conclusiones, de ustedes». Las mías van al final de este texto. Cuando se pregunta sobre los criterios que se deben aplicar a la hora de juzgar una obra desde la crítica teatral, uno de ellos debe ser la consideración por la inteligencia del respetable (básicamente para que este siga siéndolo). Esa consideración radica fundamentalmente en que a un público adulto no se le dan explicaciones desde las tablas y, después, que no se le puede dar gato por liebre. Aquí el dramaturgo nos presenta los entresijos que transcurren en las bambalinas de un plató. Los números dos de los partidos rojo y azul (o los jefes de campaña, según se interprete) negocian tiempos, temas, enfoques de cámara, turnos y todas esas cuestiones fundamentales de la comunicación. El tono, desde el inicio, es manifiesto: ambos llevan el cinismo anudado a los dientes. Ambos venden todo el pescado enseguida. En un intento por emular a David Mamet o esas películas americanas tipo Los idus de marzo, Cantó pretende evidenciar la corrupción del sistema; si por un instante parece que se guardan alguna carta, enseguida vemos que son grotescamente zafios y que no se resisten a sacar espuma por la boca. Sigue leyendo

Trabajos de amor perdidos

Una comedia, escrita por Shakespeare en su primera etapa, sobre los conflictos entre la razón y el amor

Trabajos de amor perdidos 007No es fácil enmendarle la plana a Shakespeare, si es que debe hacerse, aunque con todo derecho, pienso yo, cualquier autor puede intervenir en las obras archiconocidas de otros. En esta ocasión se nos ofrece un Trabajos de amor perdidos recortado, simplificado, edulcorado y hasta tergiversado en su final para darle otro aire. ¿Se logra el cometido? En cuanto a la reducción, pues, ciertamente, es más compleja la tesis defendida y el lenguaje empleado por el bardo que la trama en sí, un enredo no tan logrado como en otras de sus posteriores comedias, por ejemplo, Medida por medida, pero con dos horas es suficiente. La premisa de la que partimos es clara. El Rey de Navarra ha decidido, junto con sus caballeros, retirarse al estudio filosófico durante los próximos tres años, para lo que ha impuesto una serie de estrictas normas, entre las que se encuentra permanecer sin contacto alguno con las mujeres. Sigue leyendo

CINE

La tristura presenta un espectáculo sobre los niños robados bajo la pátina de un film en construcción

Foto de Mario Zamora
Foto de Mario Zamora

Melancolía en movimiento. Y viaje hacia principios que se tiñen de nostalgia. ¿Quiénes somos? ¿Quién nos hace ser como somos? ¿Qué nos lleva a buscar respuestas que serán del todo insuficientes? Pablo ha decidido indagar en su pasado. Es uno de aquellos niños robados a finales del franquismo. Desentrañar la madeja va a resultar complicado y habrá de viajar a Italia en busca de un juez jubilado y con unos principios muy claros. Por otro lado, una fotógrafa iniciará también su periplo artístico con un proyecto sobre la identidad de aquellas personas que aparecen en las grandes fotos paradigmáticas de la historia. No es difícil adivinar que ambos hilos se cruzarán. CINE, como las grandes obras artísticas, se sustenta en dos firmes pilares: contenido y forma. La consecución del contenido no es, desde luego, baladí. Su tratamiento es serio, profundo, instigador. Nosotros, en España, estamos a años luz de una consideración «a la argentina» sobre la cuestión. El tema del poder se esputa contra el tema de España, nuestro dolor de España; unamuniano. En cuanto a la forma, La tristura cumple delicadamente con un planteamiento estético auténticamente interesante (aquí también funciona Unamuno): el perspectivismo. Sin llegar al metacine de La rosa púrpura del Cairo, una lámina transparente materializa la cuarta pared. Sigue leyendo

Vania

Regresa el clásico de Chéjov levemente renovado en una función que se ubica en África

VANIA MOMA TEATRE (7)Carles Alfaro vuelve con El tío Vania, como ya hizo en el 2008, aunque esta vez en una versión mucho más esencial escenográficamente, pero de igual forma espléndida. El gusto con el que trabaja el director valenciano está de sobra probado y su predilección por Chéjov, también. Hace un par de años nos maravilló con Éramos tres hermanas y la temporada anterior nos descubrió piezas del ruso no tan conocidas en Atchúusss!!!. Vania te da la oportunidad de adentrarte en un microcosmos de relaciones infaustas, donde la decepción por las vidas que no han sido y la melancolía por un futuro abúlico y destinado a la repetición se presentan entreveradas. Encontramos varios protagonistas, el tío se puede llevar gran parte de nuestra atención, pero el doctor Astrov puede que sea más atractivo dramáticamente hablando; posee cierto carisma, una sutil elegancia en las formas y la romántica mirada del idealista perdedor que tanto fascina a Sonia (la sobrina de Vania) y que cautivan exitosamente a Elena, la segunda mujer del profesor Serebriakov. Este mismo profesor, aunque no posea escenas relevantes, también abre una especie de hilo conductor con el exterior de aquella África a la que nos ha trasladado en esta ocasión Carles Alfaro. ¿Y los temas? Ciertamente inagotables. El primero de ellos, la taciturnidad de esas gentes que se han encontrado en aquella hacienda para revelarse, en su pesadumbre animosa, que no han llegado a nada. Pero también está el amor imposible de las tres mujeres y del propio Vania que entre su incapacidad para el flirteo conveniente y la avidez del doctor, ha vuelto a sufrir en sus carnes el desengaño. Y no podemos olvidarnos del cuestionamiento existencial que tanto circunda en sus conversaciones. Da la impresión de que la historia les ha llevado hasta el final y que lo observan con verdadera insignificancia. Tanto para esto. Y, encima, con el humor amargo que se destila al tercer o cuarto trago. Sigue leyendo

Golem

La compañía 1927 recoge al engendro del mito judío para plantear, mediante una puesta en escena con videomapping, una alegoría sobre nuestra relación con la tecnología

Foto de Bernhard Mueller
Foto de Bernhard Mueller

Históricamente las slapsticks, esas comedias caracterizadas fundamentalmente por el embarullamiento, protagonizadas por Harold Lloyd o por El Gordo y el Flaco (el año pasado hablamos de Payasadas, la novela de Kurt Vonnegut), han sido juzgadas más como divertimento pasajero que como crítica de las costumbres. En la obra que presenta la compañía 1927, podemos volver a comprobar que, desde este humor algo naif y bastante inocentón, se esconde la patética verdad de nuestro devenir como sociedad obsesionada con esa idea tan falaz del progreso. Aquí, el protagonista, Robert, un pobre apestado social, un muchacho marginal, clara víctima del bulling, que se mueve por el mundo en esa soledad propia de los jóvenes frikis de las películas independientes de Estados Unidos como Ghost World o Clerks, vive a expensas de la fortuna. Luego, como suele ocurrir, aparecen sus almas gemelas, esos seres tan ocultos como él. Es ahí cuando conocemos al grupo punk de Annie and the Underdogs. No es más que el marco de una historia donde lo principal es que el pequeño héroe se compra un golem (también hablamos no hace mucho sobre la novela de Cynthia Ozick, Los papeles de Puttermesser, en la que se trataba el tema de este mito judío) que usa a modo de robot doméstico hasta que se le estropea y, entonces, adquiere otro, pero de una versión superior, un autómata de altas capacidades y, sobre todo, con iniciativa propia. Sigue leyendo

40 años de paz

Pablo Remón ha perfilado la historia de una familia marcada por la muerte del padre, un general franquista

40 años de paz - Foto 1
Foto de Flora González Villanueva

Así ya, toda una generación nacida tras la muerte del dictador, pero recogiendo esa aura putrefacta de los espacios viciados, repletos de miasmas y rencor. 40 años de paz concentra en cuatro historias el relato de una familia que, como le ocurriera mutatis mutandis a los Panero (de aquella manera quedó reflejada en la película de Chávarri El desencanto), vive bajo la sombra de un padre, muerto sin gloria, ahogado en una piscina el 23F. Ahora esa piscina sirve de sustento a los insectos y a las alimañas de otro tipo, mientras se descompone al mismo ritmo que el casón que, en otros tiempos, conformó un hogar de orden y temor de Dios. En este contexto, reflejado en una escenografía que da buena cuenta de la cochambre moral que se ha instalado, se desplazan unos personajes dispuestos a narrar las peripecias de su vida. Micrófono en ristre, el hermano mayor comienza su alocución con una descripción del terreno mesetario, agostado y decadente. Francisco Reyes establece un ritmo y un tono que se aproxima a cierta espontaneidad displicente que a la obra le va muy bien. A continuación, se mete en la piel de su padre, recién venido del cielo, perfectamente uniformado como buen militar que era, un carcunda con la chulería cínica de alguien que murió creyendo que el golpe había triunfado; desde luego, este pasaje es de los mejores de la obra, concretamente por el choque entre un fantasma, en plena ciénaga, y su hijo ex drogadicto, ex poeta y ex heterosexual; depara un tono que, desgraciadamente, después va decayendo según se acoge al costumbrismo de gusto treintañero. De hecho, como se puede observar en la interpretación de Emilio Tomé, la función resulta intelectualmente productiva cuando lo paradójico entra en escena a través de la representación, ya sea con este mismo actor metido en la caseta del perro o, después, los tres hermanos jugando al parchís en el hueco de la piscina. Sigue leyendo

Escenas de la vida conyugal

Ricardo Darín y Érica Rivas salvan con sus interpretaciones una obra anodina y carente de profundidad

Escenas de la vida conyugal - FotoEs una obra engañosa esta que presentan en los Teatros del Canal. Primero porque la representan uno de los actores más respetados del cine argentino y una actriz alabada en el multipremiado film Relatos salvajes. Segundo, porque es Bergman, y a uno se le vienen a la cabeza todas sus grandísimas y profundas películas como Persona o Gritos y susurros (justamente sus Secretos de matrimonio es, quizás, la que más se aparta de esas honduras). La obra se dispone de una forma similar a la miniserie que dejó atrapados en sus sillones a los suecos en 1973: 6 capítulos que cuentan diversos avatares de un matrimonio que se rompe. Los protagonistas remarcan esta idea dirigiéndose al público; cada sketch está absolutamente diferenciado. Rápidamente, nada más que empiezan con sus parlamentos, uno comprende que el tono se dispone por otros derroteros. Aquí se premia lo ágil, lo sarcástico, la respuesta sagaz en una batalla entre timorata y punzante. Pero no ha terminado aún esa primera escena, cuando se comprende, amplificado por las risas del respetable, que toda sombra de Bergman se ha evaporado. Si ya la película que resumió la miniserie resultaba un tanto anodina por lo común de la temática, aquí se termina de rematar con una especie de anestesia en las actitudes de los dos personajes. Ni la confesión de que él tiene una amante, ni el desapego hacia las hijas, ni siquiera la firma del divorcio parecen atormentarles. Es como si se hubiera mezclado la dicción porteña entre chisposa y ocurrente, con la moral protestante de los suecos aceptando su devenir inexorable. Sigue leyendo

La clausura del amor

Israel Elejalde y Bárbara Lennie llevan la ruptura de su compromiso hasta el paroxismo interpretativo

La clausura del amor - Foto 1
Foto de Josep Aznar

Sabes que no hay vuelta atrás, que todo ha terminado, pero que es absolutamente imposible deshacerse de un sentimiento tan profundo y orgánico como un amor pergeñado durante tanto tiempo; ese amor te constituye, te estructura y, ahora que se ha podrido, no es un tumor que se pueda extirpar. Aun así, Israel Elejalde, investido de sí mismo, situado en la esquina más alejada del tatami antes de un combate en el que ni por un instante se van a llegar a tocar, aunque sus pieles estén alerta, comienza a traducir en palabras, durante casi una hora, el lenguaje de su cuerpo. Esta es una obra lingüisticorporal. Las entrañas, los pechos, los corazones, el semen y la sangre, los huesos, los síntomas de la enfermedad de tan difícil diagnóstico, propenden hacia la desnudez hasta que llegan a coronarse como narcisistas, como aves del paraíso. Su lenguaje verborreico se traza con versos octosílabos, rápidos, extenuantes, como un romance con rima asonante en los pares trastocado para la ocasión, aunque luego se acoja al verso libre como si fuera un torrente a lo Walt Whitman. Elejalde expone todas sus capacidades interpretativas y dispone la disertación creada por Pascal Rambert (con la inestimable traducción de Coto Adánez, que ha conseguido un trabajo magnífico) a través de la hipérbole, de la constante recursividad (también está pensando en el público, evidentemente), vuelve una y otra vez sobre los mismos subtemas con angustia, repitiendo tajantemente sentencias que gradualmente parecen autoafirmarlo. A esto le añade figuras como la preterición (acusa a su mujer de todo aquello que anteriormente había negado que haría) o el reiterado paralelismo en una sintaxis que se descoyunta por momentos. Pero es la metáfora, la concatenación de metáforas sobre el amor esparcido celularmente por todo su cuerpo en un lenguaje sanguíneo, una alegoría que pretende alcanzar el horizonte de la verdad. Nuevamente es el arte, gracias al texto de Rambert, el que demuestra que es el discurso que más se puede acercar a la expresión del sentimiento real. De toda esta amalgama, Israel Elejalde, como actor, sale triunfante. Continúa, de alguna manera, la senda abierta con su interpretación en La fiebre, aunque aquí el punto de abstracción y disolución en el entramado textual que consigue durante tanto tiempo es capaz de imponer un silencio seco en toda la platea.  Sigue leyendo

El Príncipe

Una lección magistral sobre la ideología recogida en El príncipe, carente de recreación dramática

El príncipe - fotoA priori, no parece sencillo llevar a escena un texto de filosofía política tan célebre como El Príncipe de Nicolás Maquiavelo. Pero si se opta por convertir la función en una especie de clase magistral frente a expectantes alumnos, entonces la incógnita está resuelta. Aún me pregunto qué ha buscado Juan Carlos Rubio con este montaje, máxime si carece de creación dramática y de intervención imaginativa. Quizás transmitir las enseñanzas del pensador florentino o, seguramente, volver a insistir en lo actual que resulta el libro (¿cuándo no lo ha parecido?). Lo que nos encontramos verdaderamente es a un hombre vestido de traje dentro de un despacho, mientras se va autodictando cada uno de los capítulos como si estuviera preparando una conferencia. Ya bastante avanzada la función encontramos un giro, una leve transformación, sin duda el aspecto más interesante de lo que se va viendo. Resulta una aproximación hacia la vida de Maquiavelo, a su desdichado cautiverio motivado por unas falsas acusaciones. Si Juan Carlos Rubio hubiera optado desde el principio por esta línea más autobiográfica, evidentemente, tanto lo narrativo como lo dramatúrgico hubieran ganado en persuasión. En cuanto a la propia doctrina del filósofo, tan mal interpretado en términos generales con aquello de maquiavélico (la publicidad de la propia obra contribuye a ese tópico), sí que se manifiesta su insistencia en la virtud, en el desarrollo del líder virtuoso. Moralmente no era Kant y no iba a defender la verdad por encima de los fines necesarios para el estado, pero su pragmatismo no olvidaba aquellas enseñanzas aristotélicas sobre la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia. Nada original, pero conviene recordarlo. Sigue leyendo