Helen Keller, ¿la mujer maravilla?

Chévere continúa con sus propuestas de teatro documento para sumergirnos en la vida de esta gran mujer sordociega en un espectáculo moroso

Helen Keller - La mujer maravilla - Foto de Sabela Eiriz
Foto de Sabela Eiriz

En la deriva del teatro documental, Chévere, compañía ducha en este estilo (véanse algunas de sus últimas y extraordinarias propuestas: N.E.V.E.R.M.O.R.E. y, sobre todo, Curva España), ha dado un paso más, que yo creo que es un paso menos. A mí este espectáculo, desde la perspectiva dramatúrgica, me parece un retroceso en el itinerario vital de este grupo. Principalmente, porque su formalismo se fagocita, se canibaliza, va contra toda posible claridad y representación, contra la conmoción del respetable o contra la provocación intelectual. Y es que el punto de vista es metaescritural; es decir, nuestro dramaturgo Xron adopta una actitud previa antes de ponerse a la acción, y nos transcribe en la pantalla sus intenciones. Un «tutorial» de teatro-documento. Básicamente, se proponen responder a la pregunta: ¿fue Helen Keller una mujer maravilla? (en referencia a su mito y al cómic Wonder Woman que ilustraba sobre su peripecia). Así que, sí, tendremos que leer y mucho en esa gran pantalla (los sordos, que también podrán leer, podrán, a su vez, fijarse en la transcripción signada). Si ustedes son ciegos, como la ¿protagonista? de esta obra o un espectador que tenía delante en la fila 5, pues tendrán que escuchar a través de unos auriculares o aceptar que no se puede llegar a todo en el arte. ¿Debería haberse forzado más la máquina dramatúrgica para que el público asumiera más pérdida sensorial? Algunas experiencias próximas han evidenciado el «fracaso» en este tipo de proyectos en su idea maximalista. Así pienso que ocurrió con el Ricardo III, de Marco Paiva, la temporada anterior, donde precisamente participaba Ángela Ibáñez, quien tiene en esta pieza una actuación relevante. Su propia vida, con algún detalle personal, en unas motas autoficcionales, se cuela, como viene siendo habitual en toda performance teatral contemporánea. Es más, hay un ansia en hacer su propio activismo con la lengua de signos ─creo, en este sentido, que el CDN está haciendo bastante por darle importancia─ y, de rondón, hablar de que el gallego también es una «lengua minorizada» (sic). Cada uno a lo suyo comparando lo incomparable. Ella está fetén en su expresividad e introduce una escena un tanto accesoria en la trama; pero simbólica desde el punto de vista sígnico. Escenifican un cuento navideño a través del «visual vernacular», un sistema de signos idóneo para la escena, más expresivo y que no corresponde con los signos de cada una de las lenguas establecidas en las comunidades sordas. Y no recibiremos ninguna traducción. Otra boutade más para la incomunicación.

Por otro lado, debemos especular acerca del conocimiento sobre Helen Keller en nuestro país. Me atrevería a afirmar que en la actualidad es prácticamente nulo. Quizás una minoría haya visto la célebre película El milagro de Ana Sullivan, de Arthur Penn. En la función, además, se emplea como documento, sobre todo para reseñar aquella escena donde la joven tiene una especie de despertar cerebral, cuando toca el agua que sale de una fuente bombeada, que le lleva a entender la relación entre las cosas y los gestos que percibe de su maestra en la palma de la mano. Por otra parte, puede que algunos asistentes recuerden que hace un par de años Eva Rufo ideó un espectáculo para dar cuenta de esta heroína, inspirada por el libro El mundo en el que vivo. Aquello se tituló Cada átomo de mi cuerpo es un vibroscopio.

En cualquier caso, el ¿argumento? se ve atraído por una de esas fake news que en Estados Unidos hacen furor. Americanos con virus woke haciendo de las suyas han elaborado teorías conspiranoicas como la transmitida en TikTok, negando la existencia de esta mujer o, en su caso, de sus logros. O, afirmando, como hizo la activista negra Anita Cameron, que, al fin y al cabo, fue una «blanca privilegiada» que pudo sobrellevar su «discapacidad» con gran apoyo. Así que ni ejemplo para otras personas sordociegas, ni consideración por su titulación universitaria, ni por sus libros, ni por su activismo. De hecho, esta última característica parece ser una de las que más interesa a Chévere ─ya sabemos de qué pie cojean. No lo esconden─. Helen Keller fue socialista y promovió en USA esta ideología, con lo que eso suponía sobre todo en la época de la caza de brujas. Lástima, nuevamente, que apenas sean esbozos, recorridos a través de fotografías que se posan en el escenario y que ni llegamos a ver. Aceptemos que se juegue con nuestra imaginación cuando se nos habla de otras fotografías que no poseen y donde Keller se encuentra con alguna gran personalidad como algún presidente del Gobierno, con Chaplin o con Mark Twain. Digamos que es un tanto cursi intuirla como un ser inmortal que hubiera seguido con su defensa de los derechos fundamentales en el presente y que se hubiera retratado con Greta Thunberg (comparen ustedes, entonces, a los activistas de antes con los de ahora. Cómo es posible), la joven ecologista sueca también es empleada en un montaje actual en el Matadero (Instrucciones para sobrevivir en lo oscuro). Resulta llamativo quienes defienden esta figura (¿no se dan cuenta que es puro sistema, que no hiere a nadie con sus enfados?). Los auténticos activistas acaban en la cárcel o perseguidos a perpetuidad o fatalmente muertos; porque verdaderamente tocan claves y asuntos de calado (Navalni, Assange o Narges Mohammadi). Hacia este destino acude esta crónica con uno de los más célebres discursos de Helen Keller, donde expresa sus meditaciones políticas, su pensamiento de cariz obrerista (de cuando la izquierda hablaba de esto). La función toma concisión demasiado tarde.

De todas formas, insisto, todo este planteamiento documental, como si se habitara un archivo con multitud de cajas con objetos y testimonios que las tres componentes del reparto van descubrimiento, marca un ritmo poco propicio para el misterio, si es que lo hay. Un maniquí sustituye a la gran protagonista, mientras, por ejemplo, Patricia de Lorenzo nos demuestra cómo ha sido capaz de aprender la lengua de signos; aunque tiene pocas oportunidades para desarrollar sus virtudes actorales. Luego, Chusa Pérez de Vallejo, que es quien participa, además, como asesora en todas estas lides lingüísticas, da soporte escénico; pues, realmente, no se pretende una representación en sentido estricto.

No sé si merece la pena contestar a la cuestión inicial o si tenemos suficientes elementos de juicio puestos sobre el tapete. La pieza deambula por trozos inconexos entremezclados con las pretensiones particulares de sus intérpretes con una morosidad insufrible. Demasiado empeño en no ahondar en algo más sustancial. ¿Para qué tanto estudio y documentación si lo que se expone tiene poco recorrido?

Helen Keller, ¿la mujer maravilla?

Creación: Chévere

Idea: Chusa Pérez de Vallejo

Dramaturgia, documentación y dirección: Xron

Reparto: Ángela Ibáñez, Patricia de Lorenzo y Chusa Pérez de Vallejo

Espacio escénico: Chévere y Nononon.lab

Iluminación: Fidel Vázquez

Vestuario: Uxía P. Vaello

Espacio sonoro: Xacobe Martínez Antelo

Espacio audiovisual y tráiler: Lucía Estévez

Voz grabada: Iván Marcos

Adaptación a LSE: Ángela Ibáñez y Chusa Pérez de Vallejo

Asesoramiento y apoyo en inclusión: Chusa Pérez de Vallejo

Asesoramiento en lengua de signos: Ramón Costoya Lens

Ayudante de dirección: Borja Fernández

Audiodescripción: Nieves García y Susana Longueira

Programador subtítulos: Iñaki Ruiz

Fotografía: Sabela Eiriz

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Producción: Centro Dramático Nacional, Chévere y Teatre Lliure

Apoyo: Agadic-Xunta de Galicia

Colaboración: Centro Dramático Galego, Concello de Ames, ONCE y Sala Ártika

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2024

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