El combate del siglo

Denise Duncan se fija en el boxeador Jack Johnson para trazar una inconsistente semblanza de aire reivindicativo

El combate del siglo - Foto de Kiku Piol
Foto de Kiku Piñol

En El combate del siglo no hay «Combate del siglo», aquel que reflejó Martin Ritt en La gran esperanza blanca (1970), expresión de Jack London, que ha triunfado y que es de uso corriente. Un acontecimiento gigantesco: era necesario arrebatarle el título de campeón mundial de los pesos pesados a Jack Johnson, el primer boxeador negro al que se había permitido competir por el más alto galardón y que ostentaba desde 1908. Evento que tuvo en vilo a gran parte del país; puesto que el orgullo de la superioridad racial estaba en juego. Una pelea que, exhibida en cines, fue un taquillazo. Y que nosotros, podemos conectar con Puños de harina, otra obra con boxeo y motivos de corte racial, que parte de un hecho verídico, con tintes reivindicativos. Uno de esos hitos donde los Estados Unidos de América quedan retratados en su inherente y estructural racismo. Aspecto este que vuelve con fuerza en el cine con la estela del «Black Lives Matter». Sigue leyendo

El bar que se tragó a todos los españoles

Alfredo Sanzol crea una de sus obras más profundas y compactas para biografiar tanto a su padre, un ex cura, como a España

Foto de Luz Soria

La última obra de Alfredo Sanzol se sitúa entre las mejores y más profundas de sus creaciones, y podemos relacionarla claramente con otro de sus importantes hitos: La calma mágica, un texto que parte del padre fallecido. Lo que observamos, entonces, sobre las tablas del Teatro Valle-Inclán, bien puede tomarse como una precuela de aquel doloroso acontecimiento. Pienso que el dramaturgo ha atravesado una etapa marcada por la hipersensibilización, por el humor más amable, matizado respecto de sus esplendorosos comienzos, que le han propiciado éxito de crítica y de público, que le han deparado una serie de premios y que lo han llevado, finalmente, gracias a todas sus andanzas, a dirigir el CDN. Con La respiración, con La ternura y con La valentía, me había desencantado con un autor admirable; pero ahora con El bar que se tragó a todos los españoles percibo que se aúna su parte más punzante, su agudeza en el relato paradójico y su análisis de nuestras costumbres. Ha creado una magna obra, algo sobredimensionada, como vamos a ver, que deambula por el neorealismo con toques mágicos, con esos vaivenes de metateatralidad y de autoficción que se disponen en una aventura, que nos hace pensar en las road movies americanas; aunque termine por decirnos mucho de nosotros y de nuestro pasado. Cuando uno cuenta con una peripecia así en su familia, realmente está obligado a contarla. Resulta que al padre de Alfredo Sanzol, navarro como él, lo mandaron para el seminario con doce años para que, con el tiempo, se pudiera ordenar sacerdote, como así ocurrió. Sigue leyendo

Héroes en diciembre

Una enorme piscina en el Teatro Valle-Inclán acoge la obra sobre el suicidio que firma la joven dramaturga Eva Mir

Foto de Luz Soria

Pertenece Eva Mir (1996) a una generación de dramaturgos que apuesta por un teatro de la divagación, de la expresión poética, del estatismo teórico, del deambular por las ideas sin atenazarlas, de la distancia irónica que circunda la cuestión central. Arrumbar la trama y disolver el argumento. Que sea «discípula» de María Velasco ―viene a cuento recordar aquí Petite mort―, no debe pasar por alto. Las obras de esta corriente ―encorsetada por la narraturgia―, suelen producir cierto deleite literario cuando se leen, y se saborean las mordaces metáforas sobre la vida contemporánea, y uno puede detenerse en ellas; pero esa disertación en escena, esos monólogos alegóricos son inasibles, y únicamente se pueden pillar al vuelo. La sensación ante tamaña logorrea es de abarullamiento. Las palabras, las frases se compactan en un engrudo. Así ocurre con la protagonista, Berta, de quien sabemos que se ha leído las obras completas de Shakespeare ―lo repite unas cuantas veces. El texto, en general, es felizmente recursivo; y machaconamente repetitivo―, que se dedica a escribir ―podemos tomarla como un trasunto de la dramaturga―, y que un día decidió clavarse un cuchillo para desaparecer de este mundo. Este personaje es, desde el punto de vista del acontecimiento, lo único que me parece interesante; y más me lo parecería si el resto de piezas, de papeles, tuvieran la fuerza o la peculiaridad suficiente como para ofrecer un contrapeso que engrandeciera el conjunto. Sigue leyendo

O agora que demora

Christiane Jatahy pretende explotar el tópico de viaje de Ulises con las odiseas de los migrantes actuales en un espectáculo insignificante

Foto de Patricia Cividanes

La combinación entre cine y teatro ―que después hemos visto en varias ocasiones fértiles― me pareció muy gratificante y artística cuando en 2013 Christiane Jatahy presentó su Julia, basada en el famoso texto de Strindberg, en la sala principal del Teatro Valle-Inclán. Ahora vuelve a pisar el mismo espacio para perpetrar uno de eso actos performativos que se descomponen en la vacuidad y ansían conmovernos con dosis extra de realidad «real real». En este O agora que demora, segunda parte del díptico Our Odyssey, se encuentran abundantes concomitancias con el Orestes en Mosul, de Milo Rau; también algún parecido con Clean City, de Anestis Azas y Prodromos Tsinikoris. Así que mi visión va por un camino parecido. Pretender aproximarse a la Odisea con el simplísimo hecho de aceptar que en los refugiados y en los migrantes ocurre algo parecido a lo que «vivió» Ulises, es llevar el tópico hasta un extremo absurdo. Ante todo, debemos asimilar que Homero habla de un viaje espiritual, iniciático, religioso; porque lo que nosotros leemos como un periplo tortuoso por el mar, en realidad, es una concatenación de metáforas, una alegoría, de la catarsis interior que se produce en el héroe, una auténtica transformación anímica. La grandiosa profundidad del mito griego en absoluto se traslada teatralmente en este montaje. Es más, la comparación resulta ridícula y la lectura que realiza es de una ingenuidad pasmosa. Sigue leyendo

Siglo mío, bestia mía

El texto simbólico de Lola Blasco sobre un viaje interior se realza con la escenografía acuática de Marta Pazos

Foto de Luz Soria

Que nadie pregunte por qué todo un Premio Nacional de Literatura Dramática en 2016 debe esperar tanto para representarse como corresponde. Lola Blasco viene de presentar su peculiar visión de Mujercitas, y ahora se introduce en su propia obra como actriz. No será fácil para el espectador encontrar las claves propicias para comprender el texto; porque es un teatro simbolista que se aproxima hacia un campo onírico, a través de una utopía, de un no lugar que irremediablemente deberá ser el Mediterráneo. No alcanza el surrealismo; pero sí cierto cripticismo que requiere descodificarse. Encontramos tres fragmentos muy significativos, líricos, potentes, demarcadores de los objetivos primordiales de la dramaturga. Un cuaderno de bitácora intercalado entre las ocho escenas en el que descubrimos pistas fundamentales. Del primero escuchamos (leemos): «Esbozar una sonrisa cuando has dejado descendencia en este mundo produce terror. Tengo una hija». «Estoy escribiendo la historia de un viaje. Mi viaje. Mi siglo. Mi bestia. Es la historia de un viaje y también un alarido, un desamor, una derrota». El problema quizá sea, desde mi punto de vista, que Marta Pazos ha decidido que Blasco se presente en modo Beyoncé rubia a cantarnos y a pasear con baile sugerente, rompiendo el dramatismo brumoso que se ambienta desde el inicio, y, así, el contenido de su bitácora se desvanece. Sigue leyendo

Tribus

La sordera y el lenguaje se convierten en protagonistas de esta obra de Nina Raine, dirigida por Julián Fuentes Reta

Tribus - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Creo que es una coincidencia que la obra de Nina Raine, Tribus, estrenada en 2010, lleve el tema de la sordera de una forma tan gustosamente conflictiva; y que una película titulada The Tribe (2014), del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky, apueste por la radicalidad de plantarnos un film sin subtítulos donde sus protagonistas son sordos y se expresan en lengua de signos. Las tribus ofrecen un falso confort mediante un exigente pago de pleitesía. La libertad queda demediada y los límites aquilatan cada una de las acciones de sus integrantes. Viene esta obra a chocar con un contexto, el de nuestro presente, que ha dejado a todas esas personas con graves dificultades de audición, que aprovechaban la lectura de labios, en una situación penosa. Pienso, por ejemplo, en ese alumno con sordera acuciante que tiene a su profesor enmascarado en un instituto corriente (da la risa, cuando al Ministerio se le llena la boca al defender inclusión). Caso loable, y aparte, es el Ponce de León en Madrid, donde los oyentes y los sordos conviven en la configuración de la normalidad. Por otra parte, en los últimos tiempos no han faltado nuevos enfrentamientos teóricos desde la concepción del capacitismo o casos peculiares como el de aquellas lesbianas sordas que con premeditación buscaron descendencia también sorda. Por otro lado, en la disputa constante de las lenguas en España, parece que la de signos (con sus distintas variedades regionales) no cuenta; si bien, es cierto, que es empleada por esta comunidad en un porcentaje bajo. La mayoría usa la lengua oral. En nuestro país hay más de un millón de ciudadanos sordos (el setenta por ciento, mayores de 65 años). Sigue leyendo

Los días felices

Fernanda Orazi se pone en las manos de Pablo Messiez para darnos una clase de interpretación en esta adaptación del Beckett más simbólico

Foto de marcosGpunto

Los días felices de Samuel Beckett puede ser una obra de lo más sencilla; aunque si nos empeñamos en la sobreinterpretación puede resultar tan abstrusa como deseemos. Lo que sí parece evidente es que el texto sigue conteniendo un discurso potente y actual en grado sumo, de hecho, ahora mismo es casi clarividente. Eso sí, hemos de reconocer que su dramaturgo redujo al límite las posibilidades espectaculares y, esa circunstancia, es lógico, provoca que todos aquellos que desean poner sobre las tablas su propia adaptación lo tengan extremadamente difícil para llamar la atención a todos aquellos que conocen la obra. Aun así, Pablo Messiez ha conseguido ofrecernos un montaje preciso, donde todo el peso recae en una interpretación exquisita de Fernanda Orazi. Su Winnie está lanzada por una alocución remarcada en pausas sincopadas, en gestos del rostro medidos, en una expresividad de los brazos que muñequizan a la protagonista, y que se adentra en una logorrea abusada por la reiteración. En la adaptación del argentino Messiez le ha dejado a su actriz que mantenga su acento porteño y le ha concedido algunos dichos que, en cierta medida, a nuestros oídos, potencian irónicamente el estereotipo neurotizante y parlanchín que solemos atribuirles. En el primer acto, una insoportable rutina se desgrana con el hálito del entusiasmo. Inmovilizada de cintura para abajo, encastrada en un montículo de escombros y la sensación, como así será, de que todo puede ir a peor. La vida misma y la vejez consiguiente, la existencia misma y el sufrimiento. Sigue leyendo

Como una perra en un descampado

Clàudia Cedó nos entrega un texto teatral sobre su propia experiencia en su embarazo desgraciadamente fallido

Foto de Kiku Piñol

La medicina y la higiene han avanzado tanto que ya nos hemos olvidado de todos esos niños que hasta hace bien poco se morían al nacer (y sus madres, a veces, también). Que aquello fuera habitual y ahora altamente excepcional ―según afirman las estadísticas―, destina a los futuros padres a tensiones indecibles; pues vivimos bajo una atmósfera de inmortalidad. Nos han sobrevenido miedos antes inexistentes, pues la vida te exponía a situaciones en apariencia inevitables. Clàudia Cedó ha decidido convertir en drama su experiencia personal (sobre un tema parecido se lanzó Gemma Brió con su exitoso Liberto), ese momento en el que se llega a un punto de no retorno, a esos cinco meses de embarazo en los que el líquido amniótico ha desparecido y continuar con el proceso supone un altor riesgo para el bebé. ¿Qué hacer? Este hecho trascendental, duro y moralmente controvertido es explotado con maestría para destinarnos al instante de la agonía. O, al menos, así parece en los primeros compases del espectáculo; porque después, una trama paralela poco fructífera y la falta de hondura en la indagación de la pareja, desinflan el montaje. Primeramente, es conveniente destacar la escenografía de Max Glaenzel, un descampado que inunda toda la tarima de la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán, con el público pisando esa arena sucia ahíta de cachivaches (un capó destartalado, ruedas abandonadas, cajas descompuestas y aparatos estropeados). Estar metidos tan adentro en el espectáculo nos aproxima a ese mundo onírico y tenebroso al que se nos anima a participar. Sigue leyendo

Jerusalem

Pere Arquillué encarna a un desastrado anacoreta en un montaje dirigido por Julio Manrique en el Teatro Valle-Inclán

Jerusalem - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Si descodificamos todos los símbolos de esta alegoría es probable que caigamos en la tentación de interpretar la obra como un relato bíblico. En parte, posee un andamiaje que inequívocamente va por esos derroteros religiosos; pero tenemos mucho más, porque la fantasía pagana se imbrica como un contendor de literaturas que nos llevan desde la Odisea hasta Un monstruo viene a verme (no es que sea una influencia, sino que más bien podemos encontrar un paralelo reciente) pasando por la materia de Bretaña, Chaucer, Rabelais, Cervantes, los hermanos Grimm y un larguísimo etcétera que se rinde a la imaginación desmedida y maravillosa. Por otra parte, cómo no descubrir una crítica acibarada a los desastres de la crisis económica ―el estreno data de 2009― en esta Inglaterra preBrexit, donde los chavs buscan sus vías de escape a través de las drogas, el alcohol, la fiesta y, directamente, la nada, antes de volver al curro (si es que lo tienen). Jerusalem ―en referencia al famoso poema de William Blake, todo un himno para los ingleses―, también contiene buenas dosis de Babilonia, como bien establece san Agustín en La ciudad de Dios. La confusión y el refugio se concitan en el medio de ese bosque habitado por un espécimen icónico en demasía. Allí está apostada la cochambrosa caravana de Johnny «El Gallo» Byron, con todos sus enseres repartidos por doquier como si aquello fuera un preludio de vertedero ―Alejandro Andújar se ha afanado para crear una escenografía repleta de cachivaches que nos entretienen visualmente como pequeñas sorpresas―. Sigue leyendo