Un sublime error

Gonzalo Cunill sondea la vida desde la muerte en esta performance de Jan Lauwers en el Teatro de La Abadía

Foto de Vibe Stalpaert

El teatro en Madrid está hablando mucho de la muerte para discurrir sobre la vida (Véanse La Patética o Las apariciones). El espectador tiene la oportunidad de aplicarse el memento mori como mantra diario. El ocio consumista y lógico decaimiento, el tedio de los productos fugaces, los contenidos de seudoarte intrascendente y la exigencia de aparentar lo que no se es sitúan a demasiad gente ante el abismo. ¿Ven? No es tan difícil ser Byung-Chul Han. Gonzalo Cunill se presenta al Teatro de La Abadía con un traje blanco como una mortaja elegante para alguien que ha gozado de la vida, de la dolce vita, de la gran belleza,… Un maestro de ceremonias que observa su existencia con alegría y con gran sentido del humor. Sigue leyendo

A fuego

Pablo Macho Otero la emprende en solitario y en verso para discurrir sobre asuntos trillados de metateatro y autoficción

Enfrentarse en solitario a través de un proyecto personal a un público ¿exigente? no es sencillo. Esto vaya por delante. Pero lo que se plantea no deja de ser un bululú que nos va a contar un relato con poco, poquísimo argumento, y que, para ser ¿moderno? recurre al marchamo machacón y reiterativo del metateatro y la autoficción. Hartazgo máximo. Que se exponga el asunto hoy en verso no es demasiado original. Proyectos como Páncreas, de Patxi Tellería o la recuperación de Decadencia, de Berkoff, volvieron a los modos de antaño. Por otra parte, siento que nuestro protagonista tampoco es que se haya afanado con una versificación demasiado sugerente. Tanta rima consonante acaba por sonar a ripio concatenado, por no decir que forzar tanto la susodicha rima para lograr la gracia nos lleva a escuchar algunas combinaciones sonrojantes: «Puedo comerme un coño y una polla. / Puedo tortilla con y sin cebolla».

Pablo Macho Otero se presenta ante una mesa negra y durante cincuenta minutos largos nos ilustra sobre el hecho consabido de que autor no es lo mismo que narrador y que escritor (y todas esas variaciones Barthianas). La crítica literaria de toda la centuria pasada ha reflexionado sobre ello; sin embargo, nosotros hemos visto romper la cuarta pared cada dos por tres en las últimas décadas («que yo soy solo el actor / pero él es quien ha escrito / este texto que os recito»). Unamuno y Pirandello se abrazan cervantinamente para auspiciar ese juego ficcional que ya no sorprende a nadie. Por eso, me parece que este montaje tiene bastante de lección teatral para adolescentes, que tan imbuidos en su mundo virtual pueden aún cautivarse con esta magia tan carnal. Así, prólogo ─bien extenso─ y epílogo enmarcan didácticamente el texto. El intérprete trabaja desde la pausa, con una declamación suave y marcada para que todo se entienda; aunque, también, para que el ritmo no obtenga un dinamismo que en varios momentos se reclama. Si además seguimos considerando que el rap es un estilo musical destinado todavía hoy para los jóvenes, tendremos la oportunidad de oír uno básico, de esos que tienen una base expedita.

El tema al que somos convocados es la búsqueda angustiosa de la notoriedad. Ser elevado aquí sobre los demás y ser recordado cuando ya no se esté. Objetivo de cualquier artista posromántico que se precie y cualquier mercachifle que nos quiera vender la moto. ¿Qué hacer para obtenerlo? En los artistas es tan «fácil» como crear una gran obra de arte. En el resto, acometer alguna machada, alguna heroicidad o, en nuestra época, quizás, alguna chorrada descomunal que te convierta en viral, la mejor forma de conseguir esos minutos wharholianos de soberana estulticia. O contemplemos qué está ocurriendo con Luigi Mangione. «De sed de ser será de lo que hable». En la antigüedad ─y aquí viene el hito a seguir─, un tal Eróstrato quemó el Templo de Artemisa, en Éfeso, allá por el siglo IV a. n. e. Esto le permitió alcanzar la fama y por ello mismo realizó tal tropelía. Y así enlazamos con las llamas de Notre Dame en aquel 15 de abril del 2019 parisino. No diré más, para no destripar un meollo que se ventila en un pispás, en modo Kase O. con alguna frase de lo más persuasiva: «Soy Piero Manzoni y tú mi shit can, sí ya / sé que quieres feedback de tu six pack». De cualquier manera, su ensoñación no adquiere un desarrollo. Por ejemplo, hace unos meses Anna Serrano Gatell dirigía el texto de Molly Taylor, Cacophony, donde una joven se convertía en famosísima en las redes a partir de una mentira. El caso se llevaba hasta sus últimas consecuencias. No obstante, Macho Otero se va por los cerros de Úbeda con demasiados aspectos accesorios, que tienen su valía, como esos diálogos con el autor, o sea, consigo mismo. A pesar de ello, no reconduce el asunto con pericia, pues nos adentra en el caos de sus poemas. Quizás se necesita la astucia de alguien como El Brujo, referencia que aquí resulta ineludible.

No negaré versos ingeniosos, ni que el intérprete se muestra cómodamente en su artefacto. Pero estamos en el 2025 y parece que él mismo cae en el vicio de nuestra contemporaneidad milenial: el eterno presentismo de la nada. Es decir, considerar que el pasado no existe y que todo es novedad. Convengamos que esto de A fuego requiere de un par de vueltas para que los que contamos ya con algunos años y algunas lecturas no descubramos un ejercicio actoral tantas veces exprimido.

A fuego

Texto: Pablo Macho Otero

Dirección: Emma Arquillué y Pablo Macho Otero

Reparto: Pablo Macho Otero

Escenografía: Yaiza Ares

Diseño sonoro: Gerard Vidal Barrena

Diseño de movimiento: Oriol Pla

Iluminación: La Bella Otero

Ayudante de dirección: Eudald Font

Mirada externa: Jordi Oriol

Producción ejecutiva: Emma Arquillué

Producción: La Bella Otero y Mola Produccions

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 4 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦

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Orestíada

Karina Garantivá y Ernesto Caballero plantean un espectáculo contemporáneo sobre la trilogía de Esquilo en el Teatro de La Abadía

Foto de Lorena Riga

Lleva unos años el proyecto de Teatro Urgente llevando el pensamiento, la filosofía, a las tablas de una forma un tanto austera y, por eso, quizás poco sugestiva en su elaboración estética. Han abordado temas y autores de verdadero y profundo interés, y por esta razón siempre me han resultado pertinentes, sobre todo porque discurre fuera de la insipidez general de los «nuevos» y «modernos»: Ortega, Voltaire o Hannah Arendt son solo unos ejemplos. Sigue leyendo

Viejos tiempos

Beatriz Argüello crea la atmósfera propia para desarrollar este acontecimiento onírico de Harold Pinter

Foto de Lucía Romero

La primera versión de esta obra del Nobel Harold Pinter fue la dirigida por Luis Escobar en 1974. Aunque tenemos mucho más cercana la adaptación de Ricardo Moya para el Teatro Español en 2012. No es extraño que esta obra se publique junto a Traición (recordemos la propuesta comandada por Israel Elejalde), pues ambas pertenecen a este «Teatro de memoria» que abona la pretensión de incurrir en la conciencia, en las existencias aleatorias, en los olvidos y en esas máculas indelebles que nos consternan. Creo que la dirección de Beatriz Argüello acierta absolutamente al crear no ya una atmósfera de extrañeza, sino una verdadera sustancia surrealista. Sigue leyendo

El cuarto de atrás

Rakel Camacho y María Folguera llevan a escena el artefacto de Carmen Martín Gaite en una propuesta insustancial

Llegado a este punto, ya puedo afirmar que llevar a escena algunas obras de Carmen Martín Gaite con la excusa de que se cumple el centenario de su nacimiento ha sido un desatino. Ya hemos visionado hace unas semanas Caperucita en Manhattan. El año pasado La tristura presentó Así hablábamos. Y con Carmiña, en 2020, se cumplimentó su biografía. Esto no va de regresar a La hermana pequeña, que tuvo su representación correspondiente en 1999. Sostienen Rakel Camacho (directora) y María Folguera (versionista) que es el texto que les parece más trasladable a las tablas. Que aparezcan pocos personajes, que discurra casi como un monólogo y que sea breve no me parecen razones suficientes para una adaptación. El Teatro de La Abadía se ha empeñado en simultanear dos obras (la otra es El sillón K) altamente insustanciales, que se recrean, de distinto modo, por vericuetos formalistas. En este caso literarios, más que teatrales. Sigue leyendo

El sillón K. Cartas desde el olvido: Carmen Conde y Katherine Mansfield

Paula Paz intenta una suerte de espectáculo donde mezcla danza con epístolas intimistas para unir espiritualmente a estas dos poetas

Foto de Sergio Parra

Tiene Paula Paz un ímpetu historiográfico encomiable. Viene de rescatar a Susan Glaspell con Bernice, y en 2023, en este mismo escenario de La Abadía presentó Cartas vivas, enmarcado en un proyecto audiovisual superior, para «enfrentar» en diálogo amistoso a Carmen Laforet y Elena Fortún. Debe ser esta propuesta la que nos valga de paralelo para juzgar esta que nos compete. Desde luego, la vida de aquellas dos escritoras tenía mucho más recorrido y hasta fundamento. La primera ha sobrevivido en los planes de estudio con Nada (no hay más que ver, además, el éxito de su reciente adaptación teatral) y la segunda está revisitándose con obras como Celia en la revolución (también con su versión para teatro). Sigue leyendo

Ya no queda nada de todo esto

Pieza de teatro-documento en el Teatro de La Abadía sobre los avatares del barrio de Tetuán en Madrid

Desde aquellas Historias de Usera, que luego se convirtieron en las versiones del Dramawalker promovidas por el CDN hasta lo que hoy nos acontece en La Abadía, los dramas documentales, repletos de costumbrismo, sirven para aseverar que el teatro sucumbe a la nostalgia interpuesta de un mundo que no ha existido. Que nosotros, nuestro cerebro, se queda con lo bueno, que obvia lo negativo, y que se esfuerza en justificar sus «pertenencias», sus «identidades», cuando, en realidad, es una defensa ciega de lo suyo, aunque sea putrefacto. Por qué no afirmar, sencillamente, que no te puedes marchar a otro sitio mejor, o que la incertidumbre sería insostenible. Hay barrios, como algunas personas cercanas, que pueden ser una verdadera mierda o, como se dice ahora, tóxicos. No se merecen nuestra lucha, ni nuestro esfuerzo y hay que dejarlos. Esto lo saben muy bien los que prosperan económicamente, que enseguida se largan; no obstante, siempre lleven un pin en la solapa con el pedigrí de barrio, con una frase que es encantadora: «Yo no olvido mis raíces».

¿De qué va este montaje? Pues del fetiche consabido sobre un tiempo remozado. Es, lo siento, un espectáculo políticamente nefasto, que me ha producido rabia, que me ha molestado moralmente (estéticamente no, porque está hecho sin demasiado cuidado); pero que el público ha aplaudido. Poco nos pasa entre tanta superficialidad, entre tanta candidez. Parece un proyecto elaborado por dos adolescentes haciendo grabaciones de forma aleatoria. A ver qué sale. El teatro-documento, y esto lo es, requiere, valga la obviedad, documentación seria y consistente, y uno debe adoptar las complejísimas perspectivas de los antropólogos, los sociólogos, los periodistas y toda una serie de investigadores que te permitan reflexionar sobre la situación de nuestro país a partir de los barrios. Evidentemente, si esto lo haces con individuos que participan en talleres y con la colaboración de ciertas asociaciones del lugar, lo normal es que salga un producto así de sesgado. Por eso no se indaga en las zonas oscuras de aquellos lares. Solamente se encuentra un auténtico motivo para justificar esta separación tajante que establece la calle Bravo Murillo entre la zona rica y financiera, y la pobre, creada con las propias manos de trabajadores que emigraron de las regiones del sur de España: el primer Plan General de Ordenacion Urbana de Madrid promovido por el urbanista Pedro Bidagor a finales de los cuarenta determinó inapelablemente el destino de este recodo norte.

No se puede sostener que se esfuercen demasiado con el teatro de objetos para explicar los entresijos de Tetuán (pienso en Agrupación Señor Serrano, con piezas altamente politizadas como A House in Asia) si emplean chucherías sobre una maqueta. Después, recurrirán a la cartelería que tienen repartida por todo el espacio. Ahí hallamos parte del impulso de este proyecto. Es decir, la exposición titulada No va a quedar nada de todo esto, que transcurrió el año anterior en el CentroCentro del Ayuntamiento, pergeñada por el colectivo Paco Graco. Recopiladores de rótulos artesanales que se van perdiendo con paso de las décadas según van cerrando muchas tiendas. Loable tarea, desde luego. Otro asunto muy distinto es que sirva para caer nuevamente en la añoranza de la tienda de toda la vida, donde se dejaba a deber el pan (¿de verdad que no se sigue haciendo lo mismo?) y la población vivía feliz. En el presente todo es horrible ya que está lleno de límpidas franquicias. Y aunque «aparece» el grandísimo Mercado Maravillas, tampoco se llega a hacer una reflexión sagaz sobre las problemáticas de estos espacios, decadentes, incapaces de solventar la competencia de los supermercados y de esa reconversión en suvenires para turistas con puestos de delicatessen, que es lo que muchos ultramarinos han pretendido ser últimamente aprovechando su estética. De alguna manera, esto nos lo han señalado con ingenio los Pantomima Full con su sketch Bares de viejo. Ahí lo tenemos, hipsterismo de primera categoría, esnobismo a raudales, postureo a más no poder. La paradoja, una más, es que vuelve el trampantojo. Que los modernos ─esos sempiternos aspirantes a clase media─ se regocijan en esos nuevos bares antiguos que van creciendo en Lavapiés, con carteles vetustos recién hechos y alguna Ferretería, como en la calle Atocha, reformada por el arquitecto Joaquín Torres. Qué aparente, qué bonita, qué bien que mantengan su imagen. Ahora que es un restaurante, ausculten su carta, a ver qué les parece.

Nos encontramos con testimonios que no parecen en nada significativos. Pienso en si merece la pena seleccionar a una chica de Honduras que vive entre nosotros desde hace apenas ocho meses. La encarnará Paula Varela con soltura y, después, nos cantará el tema recurrente y repetido de Julio Iglesias, «La vida sigue igual». Hay que reconocer que Ana Rodríguez, peluca blanca mediante, resulta graciosa cuando encarna a una viuda de ochenta y cinco años, que perdió a su marido en la pandemia y que tiene tres hijos, y ningún nieto. Habla con alegría, con optimismo; pero no sobrevalora el pasado. Por su parte, Ángel Perabá toma a David, un chico de procedencia búlgara, que es químico. El actor se muestra durante toda la función con mucha energía y será capaz de alentar al público a que participe en un baile ridículo que no sé a qué viene, ni qué aporta. Porque, ciertamente, el tiempo de la propuesta se va rellenando sin gran fundamento. Así, de hecho, en el habitual gesto de autoficción, el propio elenco nos cuenta su biografía y sus orígenes. De hecho, una de las creadoras, Inés Collado, terminará por acoger esa postura tan cansina en la actualidad sobre la ansiedad de los jóvenes y sus terapias eternas en esta atmósfera de sobreprotección y traumatización de lo corriente. Aspecto que se apuntala con la ristra de quejas con las que termina la obra. Un disparo en el pie ejecutado por la suprema ingenuidad.

Esto es muy sencillo: ¿cómo haría un espectáculo así alguien que viniera de fuera y realizara una afanosa investigación? ¿De qué procesos sociales hablaría? ¿De qué manera trataría el fenómeno de la inmigración? ¿Negaría la presencia de latin kings, de drogadictos, de prostitutas, de los distintos modos de delincuencia? ¿Se referiría a la célebre calle Topete? Nos responden en el montaje, con el mito de la diversidad. Que sea buena per sé, parece tan absurdo como apoyar que todas las costumbres son buenas, que todo es tolerable y que toda la gente es respetuosa. Y así discurren, desaprovechando la oportunidad que les brinda un teatro para expresarse con un pensamiento más esmerado.

Ya no queda nada de todo esto

Creación: Inés Collado e Irene Doher

Ayudante de dirección: Rosel Murillo Lechuga

Reparto: Inés Collado, Ángel Perabá, Ana Rodríguez y Paula Varela

Diseño sonoro: José Pablo Polo

Diseño plástico: Berta Navas

Diseño de iluminación: Elena Santos

Visuales escénicas: [ la dalia negra ]

Contenido audiovisual: Jorge Librero, Gabriela Serrano, [ la dalia negra ]

Producción: Pablo Villa Sánchez

Asesoría artística: Carlos Tuñón

En colaboración con Nonumoï (París) y La Tricoterie (Bruselas)

Una creación de drift

Una producción del Teatro de La Abadía

Con la colaboración del Grupo de Teatro de la Asociación de Vecinos Cuatro Caminos Tetuán, del Espacio Bellas Vistas, del Centro de Participación e Integración de Inmigrantes de Tetuán, del Centro Juvenil Tetuán Punto Joven y del Espacio de Igualdad Hermanas Mirabal.

Agradecimientos a Jorge Cassino, a Samantha Pečiulytė, a Luis Carlos Agudo, a Ana Domínguez Aguirre y a WBI (Wallonie-Bruxelles International),

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 9 de febrero de 2025

Calificación:

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Caperucita en Manhattan

Lucía Miranda adapta la novela juvenil de Carmen Martín Gaite en un espectáculo divertido; pero demasiado contemplativo

Foto de Dominik Valvo

La temporada anterior la gente de La tristura «pretendió» acercarse al mundo de Carmen Martín Gaite con Así hablábamos. Hace tiempo, Nieve de Medina, en Carmiña, se había encarnado en la novelista. Ahora, ya adentrados en este 2025, cuando se cumplen cien años de su nacimiento, Lucía Miranda nos presenta Caperucita en Manhattan (luego vendrá El cuarto de atrás). La cuestión es: ¿cómo debemos aproximarnos a un cuentecillo juvenil? ¿Qué conclusión debemos sacar los adultos del meollo narrado? ¿Lo atenderíamos igual si no viniera firmado por una respetada escritora? Convengamos en que, como versión sui géneris del clásico, se aparta enormemente de su referente, no ya de Perrault, si no de la bestialidad de su tradición. Sigue leyendo

Travy

Oriol Pla reúne a su familia para crear una obra sobre ellos mismos y su oficio en un planteamiento embriagante

Si una propuesta va de una familia de cómicos, de payasos, de juglares, y no aborda estrictamente su periplo vital, entonces, de qué va. Pues de la esencia genuina de estos aviesos seres que cruzan la historia de las sociedades, en esa situación de marginalidad, de apuntalamiento cínico en la grieta, de vagabundeo entre la melancolía y la irrisión, de estar sin estar mientras el mundo se vuelve loco. Los bufones surcan el tiempo más allá del bien y el mal. Privilegiados en su precariedad. Por esto mismo, el planteamiento de este espectáculo es tan coherente. Porque poseer un firme argumento sería transgredir su pertinacia. Sigue leyendo