Los amores feroces

Jorge Volpi ha ideado un espectáculo timorato para desarrollar las vivencias y las ideas eróticas de Octavio Paz

¿Cuál es el enfoque de este espectáculo? ¿Qué se pretende? ¿A quién se dirige? Si el retratado es Octavio Paz, tendremos que reconocer, como ocurre con tantas, tantísimas figuras literarias ─esto mismo expresaba la temporada anterior sobre El sillón K─, que apenas son conocidas muy levemente. Desde luego, el insigne escritor mexicano posee más impronta que Carmen Conde; pero hay que aceptar permanentemente que muy pocos autores se pueden biografiar en escena con la complicidad intelectual del público. ¿Quién ha estudiado en España a este literato? Esa es la realidad de nuestra Hispanidad. Sigue leyendo

El Dragón de Oro

Ánxeles Cuña dirige este poliedro escrito por Roland Schimmelpfennig para mostrar los engranajes de una sociedad alienada

Foto de Rubén Vilanova

Nuestros sentidos se han visto trastocados en exceso en las últimas décadas. La realidad se compone de múltiples ficciones, retazos de posibilidades e infinitos análisis. El engrudo es inasible. Por ello, las fábulas revisitadas, como esta que nos acontece, pueden generar una dicotomía. Por un lado, pueden simplificar un mundo complejo para que se haga aprehensible; por otro, pueden resultar tan naífs que no se saca nada en claro. Es fácil pensar en obras como El alma buena de Se-Chuan, de Brecht. No solo por todos los efectos de distanciamiento que se proponen en escena, sino por acogerse a esas ideas de circularidad que propenden algunas religiones-filosofías orientales como el budismo. En definitiva, debemos tener cuidado con el maniqueísmo y con cierta infantilización en el trasfondo de algunos de estos relatos que se entrecruzan. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2024-25

Repaso a los espectáculos más sobresalientes de este curso que acaba de finalizar en la esfera teatral

Foto de Jean Louis Fernandez

Que la tendencia conservadora y buscadora de públicos más talluditos y fieles se va imponiendo en la mayoría de los teatros es ya una obviedad. De alguna manera, esta pulsión arrastra también a creadores que estarían dispuestos a arriesgarse más; sin embargo, ven que el propio ambiente lo ha hecho más complicado. Parece que ciertas líneas se van difuminando como, por ejemplo, esas ínfulas juveniles de otros años donde se nos esputaban consignas sobre su sacrosanta identidad; pero con tono victimista y ñoño. Sigue leyendo

Los yugoslavos

Juan Mayorga continúa en el Teatro de La Abadía abordando el poder de las palabras en un drama de menos fuste que otros anteriores

Foto de Lucía Romero

Antes de recurrir a los temas recurrentes del propio Juan Mayorga, me viene a la cabeza La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Aunque sea porque hallo efluvios en algunas de las concepciones de aquel novelista. Puesto que quiero creer que nuestro dramaturgo nos exige ver más allá y que tenemos que desvelar ciertos códigos en el uso concreto de algunas expresiones y de algunos silencios. Los cuatro personajes que pasarán delante de nosotros ─y todos aquellos clientes como espíritus que, en gran medida, se refieren a seres que poblarán otras obras del autor: la gafas de nadar perdidas, que nos recuerdan a Intensamente azules o las referencias a María Luisa o el jugador de ajedrez que remite a Reikiavik─ se dividen en ángeles y en cuerpos «unidimensionales», como señalaba Marcuse, para hacer referencia a esas personas cosificadas, instrumentalizadas por la sociedad. Sigue leyendo

Un sublime error

Gonzalo Cunill sondea la vida desde la muerte en esta performance de Jan Lauwers en el Teatro de La Abadía

Foto de Vibe Stalpaert

El teatro en Madrid está hablando mucho de la muerte para discurrir sobre la vida (Véanse La Patética o Las apariciones). El espectador tiene la oportunidad de aplicarse el memento mori como mantra diario. El ocio consumista y lógico decaimiento, el tedio de los productos fugaces, los contenidos de seudoarte intrascendente y la exigencia de aparentar lo que no se es sitúan a demasiad gente ante el abismo. ¿Ven? No es tan difícil ser Byung-Chul Han. Gonzalo Cunill se presenta al Teatro de La Abadía con un traje blanco como una mortaja elegante para alguien que ha gozado de la vida, de la dolce vita, de la gran belleza,… Un maestro de ceremonias que observa su existencia con alegría y con gran sentido del humor. Sigue leyendo

A fuego

Pablo Macho Otero la emprende en solitario y en verso para discurrir sobre asuntos trillados de metateatro y autoficción

Enfrentarse en solitario a través de un proyecto personal a un público ¿exigente? no es sencillo. Esto vaya por delante. Pero lo que se plantea no deja de ser un bululú que nos va a contar un relato con poco, poquísimo argumento, y que, para ser ¿moderno? recurre al marchamo machacón y reiterativo del metateatro y la autoficción. Hartazgo máximo. Que se exponga el asunto hoy en verso no es demasiado original. Proyectos como Páncreas, de Patxi Tellería o la recuperación de Decadencia, de Berkoff, volvieron a los modos de antaño. Por otra parte, siento que nuestro protagonista tampoco es que se haya afanado con una versificación demasiado sugerente. Tanta rima consonante acaba por sonar a ripio concatenado, por no decir que forzar tanto la susodicha rima para lograr la gracia nos lleva a escuchar algunas combinaciones sonrojantes: «Puedo comerme un coño y una polla. / Puedo tortilla con y sin cebolla».

Pablo Macho Otero se presenta ante una mesa negra y durante cincuenta minutos largos nos ilustra sobre el hecho consabido de que autor no es lo mismo que narrador y que escritor (y todas esas variaciones Barthianas). La crítica literaria de toda la centuria pasada ha reflexionado sobre ello; sin embargo, nosotros hemos visto romper la cuarta pared cada dos por tres en las últimas décadas («que yo soy solo el actor / pero él es quien ha escrito / este texto que os recito»). Unamuno y Pirandello se abrazan cervantinamente para auspiciar ese juego ficcional que ya no sorprende a nadie. Por eso, me parece que este montaje tiene bastante de lección teatral para adolescentes, que tan imbuidos en su mundo virtual pueden aún cautivarse con esta magia tan carnal. Así, prólogo ─bien extenso─ y epílogo enmarcan didácticamente el texto. El intérprete trabaja desde la pausa, con una declamación suave y marcada para que todo se entienda; aunque, también, para que el ritmo no obtenga un dinamismo que en varios momentos se reclama. Si además seguimos considerando que el rap es un estilo musical destinado todavía hoy para los jóvenes, tendremos la oportunidad de oír uno básico, de esos que tienen una base expedita.

El tema al que somos convocados es la búsqueda angustiosa de la notoriedad. Ser elevado aquí sobre los demás y ser recordado cuando ya no se esté. Objetivo de cualquier artista posromántico que se precie y cualquier mercachifle que nos quiera vender la moto. ¿Qué hacer para obtenerlo? En los artistas es tan «fácil» como crear una gran obra de arte. En el resto, acometer alguna machada, alguna heroicidad o, en nuestra época, quizás, alguna chorrada descomunal que te convierta en viral, la mejor forma de conseguir esos minutos wharholianos de soberana estulticia. O contemplemos qué está ocurriendo con Luigi Mangione. «De sed de ser será de lo que hable». En la antigüedad ─y aquí viene el hito a seguir─, un tal Eróstrato quemó el Templo de Artemisa, en Éfeso, allá por el siglo IV a. n. e. Esto le permitió alcanzar la fama y por ello mismo realizó tal tropelía. Y así enlazamos con las llamas de Notre Dame en aquel 15 de abril del 2019 parisino. No diré más, para no destripar un meollo que se ventila en un pispás, en modo Kase O. con alguna frase de lo más persuasiva: «Soy Piero Manzoni y tú mi shit can, sí ya / sé que quieres feedback de tu six pack». De cualquier manera, su ensoñación no adquiere un desarrollo. Por ejemplo, hace unos meses Anna Serrano Gatell dirigía el texto de Molly Taylor, Cacophony, donde una joven se convertía en famosísima en las redes a partir de una mentira. El caso se llevaba hasta sus últimas consecuencias. No obstante, Macho Otero se va por los cerros de Úbeda con demasiados aspectos accesorios, que tienen su valía, como esos diálogos con el autor, o sea, consigo mismo. A pesar de ello, no reconduce el asunto con pericia, pues nos adentra en el caos de sus poemas. Quizás se necesita la astucia de alguien como El Brujo, referencia que aquí resulta ineludible.

No negaré versos ingeniosos, ni que el intérprete se muestra cómodamente en su artefacto. Pero estamos en el 2025 y parece que él mismo cae en el vicio de nuestra contemporaneidad milenial: el eterno presentismo de la nada. Es decir, considerar que el pasado no existe y que todo es novedad. Convengamos que esto de A fuego requiere de un par de vueltas para que los que contamos ya con algunos años y algunas lecturas no descubramos un ejercicio actoral tantas veces exprimido.

A fuego

Texto: Pablo Macho Otero

Dirección: Emma Arquillué y Pablo Macho Otero

Reparto: Pablo Macho Otero

Escenografía: Yaiza Ares

Diseño sonoro: Gerard Vidal Barrena

Diseño de movimiento: Oriol Pla

Iluminación: La Bella Otero

Ayudante de dirección: Eudald Font

Mirada externa: Jordi Oriol

Producción ejecutiva: Emma Arquillué

Producción: La Bella Otero y Mola Produccions

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 4 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦

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Orestíada

Karina Garantivá y Ernesto Caballero plantean un espectáculo contemporáneo sobre la trilogía de Esquilo en el Teatro de La Abadía

Foto de Lorena Riga

Lleva unos años el proyecto de Teatro Urgente llevando el pensamiento, la filosofía, a las tablas de una forma un tanto austera y, por eso, quizás poco sugestiva en su elaboración estética. Han abordado temas y autores de verdadero y profundo interés, y por esta razón siempre me han resultado pertinentes, sobre todo porque discurre fuera de la insipidez general de los «nuevos» y «modernos»: Ortega, Voltaire o Hannah Arendt son solo unos ejemplos. Sigue leyendo

Viejos tiempos

Beatriz Argüello crea la atmósfera propia para desarrollar este acontecimiento onírico de Harold Pinter

Foto de Lucía Romero

La primera versión de esta obra del Nobel Harold Pinter fue la dirigida por Luis Escobar en 1974. Aunque tenemos mucho más cercana la adaptación de Ricardo Moya para el Teatro Español en 2012. No es extraño que esta obra se publique junto a Traición (recordemos la propuesta comandada por Israel Elejalde), pues ambas pertenecen a este «Teatro de memoria» que abona la pretensión de incurrir en la conciencia, en las existencias aleatorias, en los olvidos y en esas máculas indelebles que nos consternan. Creo que la dirección de Beatriz Argüello acierta absolutamente al crear no ya una atmósfera de extrañeza, sino una verdadera sustancia surrealista. Sigue leyendo

El cuarto de atrás

Rakel Camacho y María Folguera llevan a escena el artefacto de Carmen Martín Gaite en una propuesta insustancial

Llegado a este punto, ya puedo afirmar que llevar a escena algunas obras de Carmen Martín Gaite con la excusa de que se cumple el centenario de su nacimiento ha sido un desatino. Ya hemos visionado hace unas semanas Caperucita en Manhattan. El año pasado La tristura presentó Así hablábamos. Y con Carmiña, en 2020, se cumplimentó su biografía. Esto no va de regresar a La hermana pequeña, que tuvo su representación correspondiente en 1999. Sostienen Rakel Camacho (directora) y María Folguera (versionista) que es el texto que les parece más trasladable a las tablas. Que aparezcan pocos personajes, que discurra casi como un monólogo y que sea breve no me parecen razones suficientes para una adaptación. El Teatro de La Abadía se ha empeñado en simultanear dos obras (la otra es El sillón K) altamente insustanciales, que se recrean, de distinto modo, por vericuetos formalistas. En este caso literarios, más que teatrales. Sigue leyendo