El cuarto de atrás

Rakel Camacho y María Folguera llevan a escena el artefacto de Carmen Martín Gaite en una propuesta insustancial

Llegado a este punto, ya puedo afirmar que llevar a escena algunas obras de Carmen Martín Gaite con la excusa de que se cumple el centenario de su nacimiento ha sido un desatino. Ya hemos visionado hace unas semanas Caperucita en Manhattan. El año pasado La tristura presentó Así hablábamos. Y con Carmiña, en 2020, se cumplimentó su biografía. Esto no va de regresar a La hermana pequeña, que tuvo su representación correspondiente en 1999. Sostienen Rakel Camacho (directora) y María Folguera (versionista) que es el texto que les parece más trasladable a las tablas. Que aparezcan pocos personajes, que discurra casi como un monólogo y que sea breve no me parecen razones suficientes para una adaptación. El Teatro de La Abadía se ha empeñado en simultanear dos obras (la otra es El sillón K) altamente insustanciales, que se recrean, de distinto modo, por vericuetos formalistas. En este caso literarios, más que teatrales.

El cuarto de atrás me parece un desfase, algo que ni siquiera sirve como memorial o diario, es decir, un dispositivo metaescritural, que es un extensísimo chisporroteo de esbozos, de remembranzas y de incoherencias que no alcanza la categoría de novela (tampoco de nivola); pues no plantea un argumento, se agarrota con devaneos infantiles (como en tantos de sus textos). El libro importa como mecanismo intertextual (por ahí pasea Todorov y otras de sus obras como El balneario o Entre visillos) y como desarrollo de eso que enmarcamos como novela de no-ficción que tanto se fue explotando después con autoras como Joan Didion. Pero a los lectores y a los espectadores nos debe quedar claro que la referencia importante e interesante, al menos por su contenido material, es Usos amorosos de la posguerra española, que es el ensayo, ganador del Premio Anagrama en 1987, que ha estado demorando desde hace mucho, según nos va narrando. En este, como se sabe, se da un repaso a las costumbres de los años cuarenta: solteronas, monjas, matrimonios, cines, libros y toda esa lucha por demostrar que la influencia yanqui era una inmoralidad. Escrito con humor y agradable ironía. Siempre recomendable para conocer la intrahistoria de nuestro país.

Partimos de un sueño, y este debiera lanzarnos a una fantasía. En absoluto resulta inquietante, pues el discurso es bastante plano en Emma Suárez, quien encarna a C., el trasunto de Martín Gaite. La intérprete pone entusiasmo y es capaz de mostrarse afable; aunque también se expresa con unos modos algo pacatos, propios de alguien que difícilmente puede conectar con nosotros si está anclada a unos recuerdos de infancia y de juventud. Luego, no aparece como interlocutor un Mefistófeles con ofertas irrenunciables, sino un diablo que, por lo visto estaba de charleta con Lutero, extraído de un grabado que la escritora tenía pinchado en su dormitorio. Alberto Iglesias viene embozado, todo de negro, con aires de misterio; pero él está ahí para dar réplica en ese soliloquio. La interpretación es ágil; no obstante, más sugestiva es la actuación de Nora Hernández. Esta actriz, procedente del clásico, y que hemos disfrutado en proyectos como La discreta enamorada, da otra dimensión a esta función tan mortecina. Al menos, canta, juguetea haciendo de amiga de la infancia de nuestra novelista. Ambas nos quieren llevar a una isla imaginaria llamada Bergai (que no ‘Bergái’, como se escucha en escena). Después, en el desenlace, cuando la autora vuelva con la misma frase del principio, la joven se encarnará en Marta, la hija de aciago destino. Despertará a su madre y nos entretendremos con una pieza de costumbrismo, mientras se espantan con las cucarachas, de esas que se colaban en el piso de Doctor Esquerdo en Madrid.

Si algo destaca en el montaje, sin duda, es la escenografía de José Luis Raymond y Laura Ordás Amor, quienes han diseñado una escalera de esas que ocultan un habitáculo para que la salmantina pudiera entretenerse con su propio escondrijo como Alicia en el País de las Maravillas. Según la van girando hallamos otros detalles peculiares. Luego, además, situarán una gran bañera exenta en el medio para que el viaje onírico resulte superior. Y muchos papelajos, y recortes, y discos, y dibujos, y cajas de pastillas. Tengo entendido que incluso nuestra protagonista permitía que le pintaran las paredes de su casa. Todo ello vale para señalarnos qué es aquello del cuarto de atrás (en realidad, cuartos de atrás, porque tuvo varios), de cómo una alacena fue trasladándose de lugar en lugar. De más está aseverar que es una metáfora de algún zulo de su memoria donde anida lo más íntimo. Aunque, de sus amoríos, por ejemplo, apenas suelta prenda (de Ferlosio, nada), si acaso un chaval portugués que le cantaba fados cuando estuvo en Coimbra. También es cierto que, a pesar de que no paren de hablar, impera la ley del silencio tras la guerra. Habían matado a un tío suyo. El anecdotario se regodea con los chifles que se colocaba en el pelo por las noches para lograr el mismo rizado que Carmencita Franco, modelo de virtudes y de elegancia por aquellas, cuando el Generalísimo estaba en el Cuartel General de Salamanca.

Todavía habrá alguien que, embarcado en el universo particular de Carmen Martín Gaite, entre su erudición y su articulismo, entre su poesía y sus novelas íntimas, entre su vida personal con aquel grupo de amigos escritores y su entrañable retranca gallega, hallará algún destello. La cuestión es si el espectador llega a concluir alguna idea apreciable, alguna tesis que le parezca atractiva, no ya sobre la época supuestamente contemplada o rememorada, si no sobre la intimidad puesta sobre el monólogo.

El cuarto de atrás

Texto: Carmen Martín Gaite

Dirección: Rakel Camacho

Adaptación y dramaturgia: María Folguera

Reparto: Emma Suárez, Alberto Iglesias y Nora Hernández

Escenografía: José Luis Raymond y Laura Ordás Amor

Iluminación: Javier Ruiz de Alegría

Música: Pablo Peña y Darío del Moral

Movimiento escénico: Julia Monje

Vestuario: Vanessa Actif y Raquel Arroyo

Producción ejecutiva: Rafa Romero Ávila

Producción: Lantia Escénica

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 16 de marzo de 2025

Calificación: ♦♦

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