Carmiña

El Teatro del Barrio sigue mostrando la vida de célebres escritoras con un bosquejo sutil de Carmen Martín Gaite

Nos hallamos ante el tercer episodio de la serie «Mujeres que se atreven», después de Emilia y de Gloria. Carmiña, no alcanza a ser semblanza sobre Carmen Martín Gaite, ni tampoco a ser biografía al uso; es un híbrido tangencial y sutil de varias y difusas aproximaciones a un sentir, a un mirar, de aquella mujer que tuvo que atragantarse con la tristeza. El texto de Noelia Adánez es tan elíptico, que muchos espectadores tendrán que echar mano de internet o de alguna enciclopedia para enterarse de algunos hitos. Desgraciadamente, muy pocos autores del siglo XX se estudian con algo de detenimiento en los planes académicos. Se llega al punto en este espectáculo de ni siquiera nombrar sus novelas o sus cuentos o sus ensayos o su poesía o sus traducciones de múltiples lenguas o sus estudios críticos e históricos (su bibliografía es inmensa); aunque se haga referencia a ellos a través de fragmentos. Ya sea de Entre visillos o de El cuarto de atrás. O de recuerdos costumbristas de los años cuarenta de la pasada centuria, cuando algunas muchachas se metían a monjas —quedarse solteras era una perspectiva «desairada»— o las metían a la fuerza sus familias, como bien señala en Usos amorosos de la posguerra española o en la cancioncilla popular que entona delante de nosotros: «Yo me quería casar / con un mocito barbero, / y mis padres me querían / monjita de monasterio». Por lo tanto, se puede afirmar que el distanciamiento con el que se procede es tan virtuoso, como ineficiente. Porque se cuenta bastante, pero no demasiado. Y los cincuenta y cinco minutos de función te saben a poco (o esa sensación inicial da, si quedas ahí y no le das vueltas a posteriori). Esto, que quede claro, no impide su disfrute; porque, además, es un montaje muy bien modulado. Nos lleva desde la cotidianidad de alguien acostumbrado a dar conferencias (esta es la excusa de su presencia) y a disfrutar charlando, al oscurecimiento de su sentir; pasando por la jovialidad de una mujer que baila y que se divierte. Nieve de Medina se nos planta con un rostro, un gesto y un acento galleguizado (la escritora estaba muy íntimamente vinculada con un pueblo de Orense) que imperiosamente nos convencen; a pesar de la impostura. La sintonía es automática. También ayuda la caracterización, el vestuario. Su eterno pelo cano en media melena, cubierto por una boina ladeada, su elegancia natural y esa sonrisa irónica con los labios cerrados. Uno de los grandes leitmotivs de la propuesta es la relación con su hija Marta, a la que llamaban cariñosamente La Torci. Se establece un juego entre real y alegórico, por el cual, mientras la madre da una conferencia sobre literatura frente a nosotros, en un local aledaño, aquella muchacha ensaya con su grupo de música. Varias interrupciones debidas al ruido que se cuela, son llamadas de atención de esa chica. Hemos de suponer que nos trasladamos a los años ochenta y que, al igual que les ocurrió a muchos jóvenes de aquella generación, «cayó» en las redes de la heroína y en las enfermedades que se transmitían en ese ambiente. Tan solo una metáfora con el «caballo» debe servirnos para hacernos cargo de lo que se trata. El luto se impone en el atuendo de nuestra novelista para configurar una estética muy distinta a la de la primera parte. Pocos son los personajes que deambulan en su relato —y mira que tuvo amigos célebres: Aldecoa, Fernández Santos—. A su exmarido Sánchez Ferlosio, lo menta para ignorarlo; para que no le quite protagonismo. Y por allí pulula fantasmal, Amancio Prada, un cantautor muy vinculado a la familia; con el que ella cantó en un espectáculo. Mientras, suenan las calles de Nueva York, donde la escritora pasó una temporada. Experiencia que transformó en un diario a modo de collage. Otra idea que atraviesa la función es aquella que remite a los interlocutores, a encontrar las personas adecuadas para la escucha atenta, para la charla afable y fértil; porque a ella lo que le gusta es «hablar». Es ahí donde encuentra el sentido de su literatura intimista y tan personal. La interlocutora podría ser su hermana Ana, a la que se refiere de continuo, como si estuviera sentada frente a ella en la primera fila y, después, se marchara de improviso. Otro gesto sutil, pues aquella murió en 2019 con 95 años. Ella había transformado su casa de El Boalo (Madrid) en un Centro de Estudios sobre Carmen Martín Gaite. Por lo tanto, al igual que pasa con las más afamadas novelas de la escritora salmantina —véase Retahílas—, la vida transcurre entre ensoñaciones y evocaciones, con miradas que van de dentro afuera y de afuera adentro con enorme pericia. Y por esta misma razón, Ximena Vera dirige la obra como si fuera un vaivén, una amalgama repleta de espontaneidad, donde pareciera que no ocurre casi nada o muy poco; aunque, en verdad, es la vida entreverándose. Aproximación, bosquejo, intuición de una literata extraordinaria: Carmen, Calila, Carmiña.

Carmiña

Autora: Noelia Adánez

Dirección: Ximena Vera

Intérprete: Nieve de Medina

Coaching voz: Ana Laan

Iluminación: Raúl Baena

Espacio sonoro y escénico: Ximena Vera

Sastrería: Alba Bello

Fotografía: Roberto del Castar y Javier Suárez

Diseño cartel y programa: Jacobo Gavira

Una producción del Teatro del Barrio

Teatro del Barrio (Madrid)

Hasta el 9 de enero de 2021

Calificación: ♦♦♦

2 comentarios en “Carmiña

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