Sueños

Gerardo Vera monta un «infierno blanco» en el Teatro de la Comedia para escenificar las sátiras quevedescas

Lo tópico para representar unos textos tan señeros como estos de Quevedo, hubiera sido acogerse a un cuadro viviente del Bosco y llenarlo de caricaturas y de seres degradados por el vicio; pero Gerardo Vera ha desarrollado una contradictio in adjecto, es decir, un espectáculo barroco minimalista. Aunque antes de enfrentarnos a la función que nos compete, es pertinente situarnos en 1604. Nuestro insigne escritor se encuentra en Valladolid, donde también habitan Cervantes y Góngora. Por aquellas comienza a cartearse con el humanista Justo Lipsio (1547-1606), introductor de la sátira menipea, gracias a su Somnium; además de ser uno de los precursores del neoestoicismo en Europa. Esta influencia será básica para la creación de los Sueños, compuestos a lo largo de varios años, cuando no había cumplido los 30; luego, en 1629, preparó una nueva edición en la que depuraba ciertas insolencias acerca de la religión, y que publicó en 1631. En total son cinco discursos, cinco ensoñaciones donde pretende moralizar, criticar y expurgar la sociedad de su tiempo; para ello se acoge a los recursos propios del conceptismo, para deformar y parodiar las faltas de la virtud en un ambiente por momentos surrealista. Estas prosas de enorme valía son, como supone este lenguaje y el ingenio del poeta, de una formidable complejidad. La cantidad de alusiones oscuras, de dilogismos y comparaciones abstrusas es gigantesca. Por lo tanto, merece considerablemente leer a Quevedo y asumir su trascendencia como literato. El asunto aquí viene suavizado por un hilo conductor que es, si no una biografía al uso, sí una serie de semblanzas o marcos referenciales respecto a la vida de don Francisco. Debemos trasladarnos a 1645, al Convento de Santo Domingo, en la localidad de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde pasó sus últimos días, aquejado de todo tipo de dolencias que lo llevarían a la tumba el 8 de septiembre, apenas una semana antes de su cumpleaños. Juan Echanove vuelve a encarnarse en este personaje, después de que ya lo hiciera en el Alatriste de Díaz Yanes. El actor compone su papel con un calado descomunal, capaz de mostrarse sentencioso y, a la vez, tímidamente burlón; cariñoso hasta entontecerse platónicamente con su luminiscente Aminta y enfurecerse por los estragos de la enfermedad. El intérprete nos extasía con su poderío de principio a fin, implementando un montaje diferente de lo que últimamente se ve en las tablas. Su enfermera es Lucía Quintana, y esta se entrega magníficamente con dulzura y una juvenil alegría esperanzadora. La vallisoletana también asume el rol de esa Aminta para vivificar el amor ideal que redondea con detalles tiernos y complacientes. Ciertamente, encuentro innecesario recitar completo el poema más conocido del poeta como es Amor constante más allá de la muerte; me parece una concesión al público menos exigente. El doctor es Ferrán Vilajosana, demostrando cómo ha ganado en apostura. Después empieza el tejido, la masa onírica se va desplegando flanqueada por imponentes pantallas en las que se proyectan los propios personajes como si estuvieran a punto de ser indultados por Dios en el Paraíso, unas videoescenas diseñadas nuevamente por el omnipresente Álvaro Luna y que nos sumergen en una especie de poliedro holográfico que le da mayor profundidad a un despliegue ya en sí extenso. Porque aquí la escenografía vale mucho, concretamente su concepción, esa apuesta por el blanco, por lo higiénico o por la cal preparada para los muertos en la fosa; incluido el vestuario (del propio Alejandro Andújar, quien se ocupa con Vera del ideario escenográfico), cuando muchos de los intervinientes parecen eremitas atrapados por la candente arena blanca. Una blancura que hace sobresalir los caracteres, sería como un antitenebrismo. Como cuando Antonia Paso se reviste de Envidia, cubierta de amarillo mostaza, una de esas figuras alegóricas que van trufando el escenario y que, en este caso, da buena cuenta de ese mal que dicen es tan español. La actriz vuelve a ofrecernos su excelente vis cómica, tanto en este papel como en el de portera del infierno, todo un alarde de vitriólica malicia. Y no paran de entreverarse las escenas. Me chirría un poco la veneciana Principessa, entre cortesana y cabaretera, que le da un aire ópera rock; Abel Vitón le aporta decadencia, igual que cuando se convierte en el poderoso caballero don Dinero. Posee verdadero fulgor Óscar de la Fuente, primero como cardenal, predispuesto a juzgar al propio Quevedo, y después como Diablo, absolutamente desaforado, como una especie de libidinoso Casanova. Ambos personajes exponen directa e indirectamente el gran tema del barroco: la honra. Hasta qué punto domina las acciones de los hombres y cómo se esparce por todas las composiciones literarias del XVII. La presencia de Marta Ribera como Muerte y Doña Fábula estetiza con sus movimientos sus escenas y sugiere un dinamismo necesario para llenar el espacio, a veces, tan amplio. El ridiculizado Judas de Chema Ruiz posee un punto de patetismo, parecido a la interpretación de Markos Marín con Enrique de Villena. Cierra este magnífico elenco Eugenio Villota con Montalbán. Debo reconocer que la dirección de Gerardo Vera resulta medida y dispuesta con gran amplitud de miras sobre las idas y venidas tanto de tiempos como de figuras escénicas. Mucho mérito tiene la versión de José Luis Collado, el empeño era complejo y en términos generales uno comprende que la amalgama visual y el perfilado de los textos nos dejan gratas sensaciones; aunque, insisto, hay que acudir a Quevedo. Por supuesto, la iluminación de Juan Gómez-Cornejo con su buen hacer contribuye a potenciar tanta albura. Buena labor la de Eduardo Torroja en el movimiento escénico y generosa contribución en el montaje musical de Luis Delgado con piezas de Monteverdi y Bach.

Estos Sueños logran una factura altamente satisfactoria, seguramente les falte abigarramiento y una hondura sofisticada que diera cuenta de la situación histórica desde la que se ha escrito; pero cualquier espectador culto aceptará que esto es una abstracción coherente si se asume que la perspectiva es la de un Quevedo moribundo que, como buen católico —repleto de tantas contradicciones como su época, como la nuestra— espera vislumbrar los rayos celestiales.

Sueños

A partir de Los sueños de Francisco de Quevedo

Versión libre de José Luis Collado

Dramaturgia y dirección: Gerardo Vera

Reparto: Juan Echanove, Óscar de la Fuente, Markos Marín, Antonia Paso, Lucía Quintana, Marta Ribera, Chema Ruiz, Ferrán Vilajosana, Eugenio Villota y Abel Vitón

Escenografía: Alejandro Andújar y Gerardo Vera

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Alejandro Andújar

Montaje musical: Luis Delgado

Videoescena: Álvaro Luna

Movimiento escénico: Eduardo Torroja

Equipo de caracterización: Sara Álvarez, Lupe Montero, Yuraima Morcillo y Paco Rodríguez

Ayudantes de dirección: José Luis Arellano y José Luis Collado

Ayudante de producción y técnico de vestuario: Marco Hernández

Ayudante de iluminación: David Hortelano

Ayudante de vestuario: Carman Mancebo

Ayudante de videoescena: Bruno Praena

Ayudante de movimiento escénico: Andoni Larrabeiti

Producción ejecutiva: Mikel Gómez de Segura y Zuriñe Santamaría

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico, La llave maestra y Traspassos Kultur

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 7 de mayo de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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