Alberto Conejero toma La gaviota de Chéjov para recordar a los descendientes de los exiliados españoles en Méjico

No se puede afirmar que sea algo premeditadamente oculto; porque es evidente y, además, el autor lo ha expresado con claridad; pero, ¿cómo es posible que toda la trama, toda la vertebración y la conceptualización del texto ―al menos en la base― se fundamente en La gaviota de Chéjov, y Paloma negra no sea considerada una adaptación de aquella? Entendamos que el espectador que observe el título y el subtítulo (Tragicomedia del desierto) y a su «exclusivo» dramaturgo, eche de menos al ruso. En fin, el eterno debate sobre la versión, la adaptación, el homenaje, la inspiración, la apropiación o, directamente, la nada. En definitiva, si no atendemos a más explicaciones, lo que contemplamos en escena es una adaptación de La gaviota ―otra más, como hace unos meses con la de Rigola― resituada en el Méjico de los años 70, entreverada de gestos y de conversaciones, de nombres y de alusiones, que remiten a la emigración forzosa de españoles que se produjo antes, durante y después de nuestra guerra. Y, sí, el humor. Alberto Conejero, al menos en el primer tercio del montaje, ha sabido dotar a sus diálogos de un brío humorístico elegante, ingenioso y desencantadamente irónico. Por otra parte, parece ser que las remisiones culturales a la literatura, a la historia y a la generación «Nepantla» o «fronteriza» que se fue creando, entre aquellos individuos que tuvieron que desarrollar su tarea allá, sin ser estrictamente de allí. Individuos en tierra de nadie. Los hijos de los exiliados que debieron realizar el esfuerzo por hallar una tradición, un empuje y un apoyo. Todo este embrollo se sugiere, más que se exprime dentro del argumento. Sigue leyendo



Resulta imposible «sujetar» una tragedia tan desnortada como que esta que escribió William Shakespeare cuando era joven, muy influido por Marlowe. Acometer tamaño proyecto siempre será complicado; porque la exageración, casi terrorista, nos lleva por la pendiente. Y no parece que en la versión de Nando López se haya pretendido hacer nada más que algunos ajustes para aguantarse con lo que hay. Tampoco hallamos una gran intervención textual, y eso quizás hubiera resultado más interesante. En muchos aspectos, este montaje se queda entre dos aguas, y ese es un lastre con el que se carga toda función. Para empezar, los Teatros del Canal, evidentemente, no son el Teatro romano de Mérida; por lo que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez es más funcional que sugerente; pues el espacio está un tanto desangelado alrededor de los versátiles cajones que sitúa en el espacio. No obstante, la iluminación de Carlos Cremades sí que incide con precisión en el tenebrismo lógico. Luego, si continuamos con los aspectos artísticos, nos podemos preguntar, una vez más, en qué consiste eso de las modernizaciones, o qué se consigue con ello. Es decir, el vestuario de Rafael Garrigós, por qué procede con ese pastiche de trajes de caballero, con unos abrigos hasta los pies, y, por otra parte, otras vestimentas que, de alguna manera, anhelan aproximarse a algo más «romano» o «godo». 


