El Teatro de la Comedia da cabida a un montaje ambicioso con las piezas de Joaquina Vera, Víctor Català y Emilia Pardo Bazán
Verdaderamente la Compañía Nacional de Teatro Clásico debe contribuir a esto. Por un lado, a exprimir el talento actoral que ella misma ha propiciado y que debería, según mi opinión, permanecer en una especie de Compañía bis (revolutions) que fuese de gira por las Españas y allende los mares, que es lo que hace falta. Por otra parte, incursionar en la historiografía teatral española, a través de tres piezas que, si bien no son una genialidad, nos descubren unas maneras, unas aproximaciones a la realidad (la del XIX), con mirada femenina y con preferencia a las clases bajas, que merece observarse para poner en cuestión o en relación a todas esas otras obras —esas sí, geniales— que se repiten hasta la saciedad. Sigue leyendo
No esperaba que de la literatura del género bestseller romántico de mujeres para mujeres (con todo el paternalismo que destilan estos productos), con toda la autoayuda deleznable e ingenua, con toda la superficialidad que pretende ser profunda (inevitablemente cursi) y con el ánimo propio del coaching que ansía ayudar a las desvalidas féminas, tan perdidas ellas en el marasmo del patriarcado, tan inocentes ellas aún en este siglo veintiuno avanzado ya, que su versión teatral pudiera ofrecernos algo que se pudiera tildar de profundo, de maduro, de consistente o, incluso, de emotivo. 

Claudio Tolcachir ya había degustado el éxito con La omisión de la familia Coleman, la cual dispuso un estilo que, en gran medida, ironizaba a Chejov, y que, a la postre, favorecía la creación de Tercer cuerpo (y luego
Me viene ipso facto El séptimo continente de Michael Haneke. Esta es una película de 1989 y el desenlace y el misterio resultan muy similares a lo que Milo Rau pretende exponernos. O sea, trasladar a escena un paralelo simulado (esto es importante) de aquel suicido grupal que cometió la familia Demeester en Calais allá por el verano de 2007. «Normales» se afirma que eran. La pregunta, entonces, que me interesa responder es: ¿tiene nuestro dramaturgo una historia que contarnos o apenas cuenta con un hecho inexplicable? No querer saber o no poder saber o no poder desentrañar esta estupefacción no quiere decir que no podamos intuir, aunque sea atisbándolo, el sentido de la autodestrucción. En primera instancia, la fuerza del compromiso, que tan potente es en las sectas que se «despeñan» en los suicidios colectivos de hálito trascendente. Algo parecido se puede aseverar de los terroristas suicidas (la incapacidad para decirle «no» al grupo es apabullante) o como en esas reuniones de jóvenes japoneses que hacen quedadas mortales en coches asfixiantes.
Esta obra ya se ha interpretado de múltiples maneras, casi tantas como 
Resultará inevitable para gran parte del público al que va destinado concretamente este espectáculo identificar ipso facto la voz de Carlos Hipólito con la del narrador de Cuentáme cómo pasó. Son demasiadas temporadas y, además, el actor trae a este montaje unas formas que tienen que ver mucho con un contador de historias. Su alocución se recrea con cierto deleite con las frases y con las palabras para que se suspendan en el aire como si esto fuera el radioteatro que tanto abundaba antaño, y que él mismo ha practicado en eventos especiales en los últimos tiempos. Ahora, ¿por qué debería interesarnos un montaje así, donde Gerardo Vera dejó escrito un texto sobre su juventud? Por un lado, porque reproduce parte de esa posguerra de los vencedores, y eso ya conlleva cierta originalidad en nuestra época; y, por otra parte, porque resultan atrayentes algunas de las peculiaridades que lo destinaron al mundo del espectáculo.