La mujer buena

El tema del resentimiento concentra el meollo de un espectáculo firmado por Karina Garantivá en el Teatro Quique San Francisco

La mujer buena - Foto de Lorena Riga
Foto de Lorena Riga

A mí la concepción del Teatro Urgente que proponen Ernesto Caballero y Karina Garantivá me parece altamente sugerente, porque se acoge a ideas que nos competen en la actualidad y que pueden discurrir a través de la filosofía para plantear un debate sobre las tablas. Así lo han hecho con En el lugar del otro, Hannah Arendt en tiempos de oscuridad y Voltaire. La cuestión es que no siempre la dramaturgia es acertada. Y creo que en este caso la propuesta está deslavazada y que le falta una concreción para que verdaderamente podamos aceptarla como un todo. Aquí se nos «vende» que el proyecto parte de dos libros que, en cierta medida, trabajan concepciones antagónicas sobre el tema del resentimiento: La genealogía de la moral, de Nietzsche y de El resentimiento en la moral, de Max Scheler (traducción difícilmente encontrable en las librerías). Esta segunda diría que nos puede resultar mucho más útil para comprender el presente, porque no se ciega, como hace el primero con una visión algo roma del cristianismo, del amor y de la filantropía. Pero, claro, si tu pones este listón, esta pista, este marco, no puedes realizar un desarrollo tan rácano. Es más, para hacer La mujer buena no tendrías por qué mentar a esos dos filósofos alemanes; ya que cualquiera pensará, antes que nada, en las luchas intestinas de nuestro flagrante feminismo actual.

Por otra parte, no se entiende el empeño o la dejadez a la hora de encajar el tema del resentimiento en otra de esas tramas a medio camino entre la autoficción timorata y el metateatro. Digamos que la primera parte directamente sobra por inane, es una excusa insolvente. Algo así como la grabación con público de un podcast que es interrumpido —en un lío laboral inverosímil— por Garantivá, acompañada por la propia jefa de sala, obligada a hacer aspavientos. De cómo cambian de nombre y asumen los suyos, o de cómo quieren seguir un reto (viral) espurio y ridículo de crueldad, mejor no digo nada más. Entre explicaciones inconvenientes de lo que están haciendo y una introducción a la cuestión a través de los micrófonos, la confusión se queda, a la postre, en nada. Para mí es incomprensible que esto se quiera hilar con lo siguiente. Únicamente La mujer buena se salva por el segundo acto, el enfrentamiento entre la actriz que ha decidido retirarse temporalmente para tener hijos y después volver como una madre con una alta conciencia de las problemáticas únicas y exclusivas que le «ocurren a nosotras». Enfrente, la actriz que ha emprendido el solitario camino del arte, de la emancipación, del individuo que asume las consecuencias de su visión y que se niega a incluirse en ese «nosotras». Aunque es difícil que nosotros observemos ahí el resentimiento en la perspectiva anticristiana de Nietzsche, por ejemplo, o en el enfoque de la impotencia que plantea con más clarividencia para nuestra contemporaneidad Scheler. Es más, este último hace una defensa del amor cristiano totalmente contraria a la de aquel; no, desde luego, como un adocenamiento de los instintos, sino como una forma de plenitud (de amor al prójimo y a sí mismo). Por eso afirmaba más arriba que esto es más la disputa que el feminismo nos lleva esputando demasiado tiempo. Las «malas madres» exponen en las redes sus pequeñas rebeliones en relación al «descuido» de sus hijos y a sus renovados placeres (bastante pacatos en la mayoría de las ocasiones). Es difícil no contemplar el modelo atomizante de eso que denominamos volátilmente neoliberalismo y que se puede definir como el quiero y no puedo en el exceso de deseos insaciantes e intrascendentes. Con el muy nietzscheano llenar el vacío como sea, para recoger ansiedad (ya saben: «el hombre prefiere querer la nada a no querer»). Karina Garantivá interpreta con fuerza insolente a esa hembra que no permitirá el encadenamiento y que tendrá que soportar que la envidia de sus congéneres, que la acusarán de egoísta, no la destruya. Por su parte, Nerea Moreno, con un tono más dubitativo, sin suficiente capacidad de respuesta, anhela compaginar su faceta de intérprete y de mamá. Me parece interesante el planteamiento de si se puede «crear» o jugar a las ficciones, cuando el cerebro debe gastar una gran parte de sus energías en la solución de las «catástrofes» cotidianas del hogar. ¿Cómo puede la cabeza ponerse a imaginar absolutamente? Pero, lo cierto, es que no nos adentramos en los engaños de la biopolítica, ni en esas ínfulas con las que muchas feministas ordenan a otras renunciar a todo lo que quieren (la familia, como máximo ejemplo) para que luchen por algún puesto importante y se conviertan en referentes. O sea, unas mártires por la causa en esta guerra entre hombres y mujeres, mientras otros sonríen en las alturas (de los rascacielos). No, aquí los hombres, como estereotipo, como límite supremo para ellas, no aparecen strictu sensu.

Finalmente, la tercera parte nos devuelve a Alberto Fonseca, tan correcto en su comportamiento como insuficiente en su ejemplo sobre el fútbol. Recontextualizar el montaje con algo así como «la sociedad del espectáculo» a la Debord, es otra forma de retorcer una dialéctica que se escurre precisamente por no ahondar en los libros que ellos mismos tienen de referencia. ¿O de verdad Ernesto Caballero considera que ha cohesionado estas piezas en los setenta minutos de duración?

Si la escenografía vuelve a ser descuidada, sí que me parece de justicia señalar que el lenguaje simbólico con el que se trabaja —sobre todo pienso en el papel de Garantivá— evita que las batallitas culturales y el costumbrismo naturalista se adentre con ironía posmoderna para no tomarse las cosas en serio. La lástima es que no se va al fondo del resentimiento; es decir, de esa impotencia que nos carcome en el presente.

La mujer buena

Dirección: Ernesto Caballero

Dramaturgia: Karina Garantivá

Reparto: Karina Garantivá, Nerea Moreno y Alberto Fonseca

Ayudante artístico: Alberto Fonseca

Diseño técnico: Miguel Agramonte

Fotografía e imagen del espectáculo: Lorena Riga

Diseño gráfico: Dusan Arsenic

Gerente de producción: Ana Caballero

Un espectáculo producido por Teatro Urgente en Residencia en el Teatro Quique San Francisco

Teatro Quique San Francisco (Madrid)

Hasta el 17 de abril de 2022

Calificación: ♦♦

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