Julián Fuentes Reta se pone al frente de este drama de Sam Holcroft que se dirime entre lo humano y lo animal
La pregunta con la que intentan captar nuestra atención («¿la educación puede salvarnos pase lo que pase?») tiene una fácil respuesta: no. La educación no es la panacea y únicamente los ingenuos contestarían que sí. Si el objetivo de la educación es el desarrollo de la libertad de cada alumno, entonces dependerá de las elecciones de esos discentes en su madurez salvarse más o menos (entiendo que de una existencia profundamente insatisfactoria o de provocar un mal irreversible). Verdaderamente, el planteamiento de esta obra sigue los cauces estrechos de la mayoría de las distopías que pueblan la literatura y el cine. Las premisas angostan las resoluciones y obvian factores que después brotan en la realidad. Sam Holcroft presentó este texto en 2008 y creo que, según lo vamos observando en la representación, descubrimos que le falta hondura. Sigue leyendo
Ahora que hemos llegado al final del proceso, donde apenas contemplamos protestas cruentas en sectores industriales, donde no se paralizan carreteras con barricadas de ruedas humeantes y no surgen los antidisturbios para marcar orden en el orden, merece, y mucho, la pena revisar sobre las tablas una de esas historias que durante un periodo utilizaron las películas para coger eco. El cine social de corte obrerista ha continuado tímidamente su andadura como en On Falling o Matria, por poner únicamente un par de ejemplos, pero convengamos que nuestra realidad europea ha cambiado. Que fabriquen otros tiene sus consecuencias, lo experimentamos claramente durante la pandemia; pero también genera unas repercusiones políticas enormes. Desde esta perspectiva, los discursos de pura conciencia de clase que escuchamos en boca de Santa implican toda una cosmovisión que parece haberse roto para siempre.
Ocurre en no pocas ocasiones que los dramas que se suben a las tablas están sustentados en un esbozo. Me refiero a obras de corte naturalista, nada que ver con moderneces. En este caso, los dramaturgos Jordi Lérida y Tonet Ferrer se han quedado muy lejos de desarrollar el trazo con el que bosquejan a la protagonista de este montaje. Asistimos, de hecho, a una función que podría reducirse perfectamente a tres cuartos de hora sin quitarle un ápice a su esencia, aunque nos quedásemos preguntando qué se pretende expresar más allá de lo consabido. Observamos cómo se alarga de manera artificiosa un espectáculo que no da más de sí.
Todos tenemos clara la estética y la ética que han desarrollado con su arte Eusebio Calonge y Paco de La Zaranda. Ambos inciden de manera expresionista en los márgenes sociales. Su teatro «pobre» perfila con precisión la angustia vital de sus personajes para imponernos el espejo cóncavo con el que retratarnos. En demasiadas ocasiones los grandes temas se solapan de un proyecto a otro. Y las técnicas dramatúrgicas se evidencian con demasiada prontitud. Esto es una rémora pertinaz que evita la sorpresa y la revelación en el espectador asiduo a sus montajes. Sea como sea, son insistentes en la búsqueda y en la plasmación de cuitas esenciales del ser humano. Su profundidad es tan honda que suelen toparse con un vacío agónico. Sus resoluciones nos hacen zozobrar, mientras esbozamos una sonrisa construida con sincera compasión. 
Antes de que Horacio estableciera su sentencia docere et delectare en el siglo I a. C., Terencio había ofrecido su arte bajo estas premisas. De esta manera, en Adelphoe (Los hermanos), nos quiere proponer una cuestión y ayudarnos a dirimirla: «¿Qué influye más en la conducta de un hijo: la educación o la naturaleza?». Para dar respuesta, Chiqui Carabante maneja con su habitual dominio distintos procedimientos para la diversión y el entretenimiento. Por otra parte, la pregunta no puede ser más pertinente en nuestra contemporaneidad. Un asunto en el que están enfrascados los neurocientíficos de renombre (véase a Sapolsky y su libro Compórtate), los filósofos especializados en la identidad de género y toda la colección de psicólogos conductistas. El tema permea en debates y llega hasta la política en la aprobación de leyes harto polémicas. No tengo claro quién firma la adaptación, si el propio director o Josu Eguskiza (así se especificaba en el estreno en Mérida el año pasado); en cualquier caso, es un acierto enorme. Y eso porque se le da una pátina de color y de humor que reconocemos a la perfección. 

Poco secreto encuentro a estas alturas en la sexualidad de los ancianos. Juan y Medio ha logrado con su programa en Canal Sur que ya nada nos sorprenda cuando abordamos la tercera edad. Otro asunto es que hallemos la misma dinámica con los hijos, muchos de los cuales desarrollan una vergüenza tremenda y se vuelven pacatos. De un tiempo a esta parte, una vez que se nos ha esputado una supuesta gerontofobia en este ambiente de juvenofilia extendida, vamos descubriendo más obras con personajes provectos y sus diversas cuitas sexuales. Así en el cine, por ejemplo, Maspalomas es muy significativa. Más todavía si se trata de homosexualidad. En este proyecto, el creador Mohamed El Khatib ha reunido a personas mayores de entre 85 y 100 años para recapacitar sobre sus relaciones íntimas.