Hipatia de Alejandría

La versión sobre la filósofa neoplatónica que se presentó en Mérida queda bastante deslucida en el Teatro Reina Victoria

hipatia-de-alejandriaUno acude con los ecos de lo que fue este espectáculo en el Teatro Romano de Mérida y siente que se nos entrega una versión low cost. Está claro que el marco incomparable no se puede trasladar; pero hay que hacerse cargo de ello para que distintos aspectos dramatúrgicos no se vean tan menoscabados. Primeramente, contamos con una caja escénica en el Reina Victoria algo escueta como para ocuparla por una coherente escalinata circular que debe jugar simbólicamente con las órbitas planetarias. Se nota que el sitio queda constreñido cuando aparece un coro de tres seres de aspecto mitológico con casquetes algo carnavalescos que nos introducen en esa aproximación astrológica comandada por los dioses. Sigue leyendo

Eclipse total

Pont Flotant plantean un curioso acercamiento a la muerte a través de sus genealogías personales en una propuesta demasiado superficial

Eclipse total - FotoSi el principio de la filosofía tiene que ver con maravillarse con todo aquello que tienes delante y que te resulta incomprensible los que viene después es una hecatombe epistemológica. Nos sentamos en la butaca y podemos hallarnos como los niños o los preadolescentes conversando entre ellos o con adultos y sorprendiéndose con su propia existencia, o con el tamaño de nuestro planeta o con el insondable universo. La extrañeza que uno puede sentir es desconcertante en grado supino; pero, luego, está la vida con su flujo temporal (y su memoria rehaciéndose y rehaciéndote) y el espacio que hay que ocupar con todos sus principios físicos inasibles. Si la obra Eclipse total se les muestra a muchachos avispados, puede que dijeran: «¡Vaya, venimos de muy lejos!». O, «al final todo se irá a la mierda». Aunque si los espectadores están creciditos, confío en que ya se habrán hecho cargo de la compleja idea de estar vivo en los avatares de este catastrófico azar. No obstante, hay que vivir. Sigue leyendo

Richard III Redux

La encantadora actriz Sara Beer cumplimenta otro montaje más de autoficción y metateatro sobre el célebre personaje shakesperiano

Richard III Redux - FotoEl problema es la dinámica de las dramaturgias contemporáneas. Tanta metaficción, tanta autoficción, tanta ironía posmoderna, tanto Shakespeare y tanto Lorca, que si usted va mucho a los teatros me entenderá. No es que no haya nada nuevo bajo el sol de York, es que se insiste mucho en lo mismo y se repite hasta la saciedad lo que debe pasar constantemente por moderno. Por lo tanto, el contexto no le viene nada bien a Sara Beer, que es una actriz magnífica, con una dicción fenomenal y con una expresividad genuina que logra atraparnos encantadoramente. Si no hubiéramos acudido hace un año (esta misma obra se suspendió durante la pandemia) a Historia de un jabalí o algo de Ricardo que es, mutatis mutandis, un dispositivo que bebe de aspectos muy similares a los que se estipulan en Richard III Redux, nuestra mirada no estaría tan contaminada. Sigue leyendo

Atra bilis

Alberto Velasco pone en marcha esta comedia tenebrosa de Laila Ripoll para configurar un cuadro grotesco que roza la astracanada

Atra bilis - FotoEsta obra de Laila Ripoll data del año 2000 y ella misma, con su compañía Micomicón, la puso en marcha empleando a cuatro actores travestidos en la Sala Cuarta Pared. Luego, creo, tuvo una producción gallega allá por el 2009, y ahora Alberto Velasco ha decidido montarla de nuevo, porque debe considerar que es el momento de la disuasión. Puesto que Atra bilis, ya saben, la melancolía, el humor negro, tal y como lo denominaban en la antigüedad (también así se llama la compañía de Angélica Liddell) podría enmarcarse en la astracanada, más que en el esperpento. Sería tomar la literatura gótica y su ambientación como un cajón de sastre donde se juguetea con autores y con obras que fácilmente podremos intuir. Sigue leyendo

Los hijos de cualquiera

Producciones Bernardas muestra en la Sala Cuarta Pared la lucha de aquellas madres gallegas de los 80 contra el narcotráfico

Los hijos de cualquiera - FotoCualquiera que haya vivido en los ochenta entiende lo que supuso la heroína para la juventud de aquellos tiempos. Las calles, los parques, los portales y otros recovecos se llenaron de zombis pedigüeños, de jeringuillas, de limones, de papel de plata y otros adminículos. Los radiocasetes de los coches volaban, los bolsos de las señoras se arrancaban y las familias quedaban literalmente destruidas en la consunción del consumo. Esos muchachos (también muchachas, aunque menos) fueron aquellos yonkis, que era como se les llamaba, antes de que definitivamente se les considerara enfermos y víctimas, y pasaran a denominarse drogodependientes. En los últimos tiempos, gracias a Fariña (el libro, la serie y la obra teatral) hemos vuelto a recordar cómo se introdujo el caballo a través de Galicia a finales de los setenta. No obstante, muchos tendrán presente la película Heroína (2005), protagonizada por Adriana Ozores, en la que se reflejaba la entereza de aquellas madres gallegas que se unieron para luchar por la salud y la integridad de sus hijos, enfrentándose a los propios narcotraficantes. Y esto es lo que de nuevo regresa a las tablas con Los hijos de cualquiera. Sigue leyendo

La enciclopedia del dolor. Tomo I: Esto que no salga de aquí

Pablo Fidalgo, en la propuesta que nos descubre en el Teatro de La Abadía, no profundiza suficiente acerca de los malos tratos acontecidos en un colegio marista de Vigo

Esto que no salga de aquíTiene Pablo Fidalgo una forma de entender el teatro que resulta de un compromiso ético (véase Habrás de ir a la guerra que empieza hoy). Es cierto que indaga sobre su propia biografía y que nos la va entregando con métodos propios de la autoficción, del teatro documental y, sobre todo, a partir de un teatro escueto, mínimo, esencialista que, como ha ocurrido en esta ocasión, ha terminado por caer en la simpleza. Uno puede comprender que no se quiera abrir en canal de manera impúdica sobre sus experiencias traumáticas; pero cuesta pensar que se pueda emprender una «enciclopedia del dolor» desde unos planteamientos tan timoratos y prudentes. Huir así de lo escabroso, del morbo, nos obliga a rellenar el trasfondo con todo lo que nos han aportado otras obras artísticas y, también, el periodismo. Fue precisamente un artículo de El País del 31 de mayo de 2021, el que devolvió a nuestro dramaturgo a su pesar e, incluso, a la hospitalización cuando estaba inmerso en la preparación de El libro de Sicilia, que presentó en octubre en el Teatro María Guerrero. Sigue leyendo

Blast

El Teatro María Guerrero es ocupado por un atisbo de performance juvenil para insistir en las consabidas quejas de las nuevas generaciones

Blast - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Teatro en Vilo ha completado su involución con este espectáculo. Con su montaje Man Up ya nos puso en la pista de que estaban abrazando con fuerza el cosmos woke; pero el desenfreno payasesco que le insuflaba Noemi Rodríguez salvó aquella espeleología absurda de las nuevas masculinidades. Ahora, nuestras creadoras han hecho un casting entre 970 almas menores de 26 años y, oh, sorpresa, han hallado —no les habrás costado mucho— el elenco multidiverso, multifactorial y multivictimista para responder en escena a la siguiente pregunta: «¿Es posible cambiar el mundo desde un escenario?». Créanme, ni siquiera lo intentan. Sigue leyendo

La casa de Bernarda Alba

José Carlos Plaza regresa al clásico lorquiano para mostrar una propuesta un tanto convencional en el Teatro Español

La casa de Bernarda Alba - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Ya es imposible decir nada significativo sobre una propuesta de aspiración canónica como la que vuelve a mostrar José Carlos Plaza en el Teatro Español, después de que ya presentara su visión del clásico en este mismo espacio en 1984. En aquella ocasión, la oscuridad era preponderante en una casa ideada por Andrea D´Odorico, que daba cuenta del estatus elevado —dentro de ese ambiente rural— de la familia. Para el momento que nos incumbe, la escenografía y la iluminación resultan muy determinantes de las sensaciones que nos provocan. Paco Leal se apoya en un apunte del propio Lorca para lanzarse con esas ninfas desdibujadas que danzan al fondo sobre la pared. Sigue leyendo

Entre copas

La película ganadora del Óscar al mejor guion adaptado en 2004 pasa a las tablas en una versión carente de elegancia

Entre copas - Foto de Sergio Lacedonia
Foto de Sergio Lacedonia

Recuerdo el agrado con el que se tomó la película Entre copas por parte de ese público adulto que se reconforta con esos dramas con hálito profundo; pero que no desembocan, ni mucho menos, en la sentenciosidad. Es decir, una comedia de corte clásico, amable, que, quizás, se sobrevaloró con el Óscar al mejor guion adaptado para Alexander Payne. Ahora, Garbi Losada y José Antonio Vitoria han considerado que esta novela de Rex Pickett merecía versionarse en español al teatro y le han aplicado el zafio filtro de la comedia burguesa comercial, aquella que desarbola a personajes más o menos consistentes y con algo de fondo, para llevarlos a unos extremos risibles. Sí, se busca la risa denodadamente; aunque desgraciadamente no se hace con sagacidad en la mayoría de los chistes; sino a través del humor fálico. Entre grosero y grotesco, se aspira a la gracia recurriendo a la «polla» cada dos por tres. De cómo se puede deambular por algo así o de cómo se puede remontar una relación bastante machirula entre dos tipos que se van de turismo enológico a modo de despedida de soltero es un reto imposible. No voy a negar que este espectáculo sea entretenido y que al final se recomponga con ciertos gestos románticos; no obstante, lo que han hecho los adaptadores, comparado con la película, es tomar a su espectador específico por un garrulo.

Realmente el protagonista que nos debe interesar es Miguel, un escritor que no despunta; pero que parece que por fin va a ver publicada una novela que está negociando su agente literario. Un hombre pesimista, desencantado, a lo mejor demasiado responsable y poco atrevido. Un divorciado. Quizás abandonado por pusilánime. Un tío que necesita encontrar a alguien que lo admire tal y como es, un obsesionado hasta la pedantería, por el vino. Patxi Freytez le da a su personaje suficiente empaque; aunque lo haga descender a tal patetismo, que no terminas de creerte su inteligencia. Demasiado patán; pero, a la postre, con encanto cultural y con una visión de la vida que se sustenta en los placeres exquisitos. Un hedonista que no acaba de desbordar. Muy distinto es Andrés. Lo de este personaje es para largarse del teatro. ¡Qué destrozo! No por Juanjo Artero, quien sostiene toda la función el tono agreste con profesionalidad. Es que resulta agotador cómo se ha exprimido su simpleza y su descaro general. Un hombre infantil, antojadizo, acostumbrado a triunfar con las mujeres, un actor fracasado, pero un productor exitoso —cuesta pensar dónde anida su raciocinio—, que maneja pasta. Entre el esnobismo propio del mundo enológico y la ignorancia del tío este, uno casi encuentra el paralelo con Paco Martínez Soria llegando a la gran ciudad con los topicazos del analfabetismo rural. La falta de sutileza en los diálogos entre estos dos hombretones solamente se suaviza con la llegada de las féminas. Visto así, Entre copas ha envejecido fulgurantemente en barrica de estulticia o, más bien, Losada y Vitoria le han dado un empujón al pasado.

Que ellas introduzcan la temática vinícola en cada escena como si fueran enólogas o unas sumilleres que ansían darle lirismo al asunto y propiciar una atmósfera más elegante e íntima, potencia el maniqueísmo de esta nueva batalla entre mundo femenino y masculino. En plena ruta del vino riojano, llegamos a la bodega donde trabaja Amaia, una encantadora Ana Villa, que le pone algo de sensatez y romanticismo a la rudeza del espectáculo. Se reencuentra con Miguel para dar pie a esa oportunidad tan deseable para unos seres tan afines en sus gustos. Resulta un poco adolescente el ir y venir de desencuentros entre ellos; no obstante, posee algo conmovedor y sencillo que puede emocionarnos. Luego, en la siguiente parada, se afana entre las botellas Terra, que Elvira Cuadrupani vivencia con salero y pujanza. Una chica directa y segura de sí misma; aunque no lo suficientemente avispada como para evitar las garras de ese don Juan que se le ha puesto por delante con todas sus obviedades. En lo que no fallan nuestros adaptadores es en medir los tiempos de manera muy perspicaz. La función posee ritmo y no se demora en asuntos vagos. Sabemos hacia donde nos dirigimos y, al menos, logran captar nuestro interés con una comicidad que va siendo más amable según llegamos al desenlace. Hasta el punto de que nuestro Freytez se pone en plan Job, clamando por su mala suerte.

Luego, la escenografía, con esas compuertas florales como un jardín vertical, habilita el dinamismo al generar distintos espacios para que los intérpretes, a partir de pocos elementos, pueden desempeñar su oficio con comodidad. En definitiva, Entre copas podría haber sido una comedia naíf, pero más adulta, si no se hubieran cargado las tintas para agradar a ese espectador algo burdo. Al final, un entretenimiento.

Entre copas

Autor: Rex Pickett

Adaptación: Garbi Losada y José Antonio Vitoria

Dirección: Garbi Losada

Reparto: Juanjo Artero, Patxi Freytez, Ana Villa y Elvira Cuadrupani

Una producción de Ados Teatroa y Pentación Espectáculos

Diseño de escenografía: Ados Teatroa

Diseño de iluminación: Xabi Lozano

Espacio sonoro: Javier Asín

Diseño de vestuario: Tytti Thusberg

Productores: José Antonio Vitoria y Jesús Cimarro

Una producción de Ados Teatroa, Bidebitarte y Pentación Espectáculos

Teatro Reina Victoria (Madrid)

Hasta el 5 de junio de 2022

Calificación: ♦♦

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