La actriz y dramaturga Ana Rujas nos entrega los vericuetos de su intimidad en una propuesta que se combina con la filmación

Ana Rujas anhela insertar en la dramaturgia española contemporánea, tras La mujer más fea del mundo, otro episodio más de sus confesiones desgarradas. Trasforma teatralmente su obra homónima, publicada hace un año, construida a retazos, entre versos y versículos, donde desgrana sensaciones agraces y vivencias consternadoras. Un texto poético que bebe de la influencia confesa de malditos como Angélica Liddell (fundamentalmente) y de otros como Houellbecq o los Panero. En escena, ese espíritu de perversión íntima se suaviza mucho con la inclusión de personajes y diálogos. Y ella, que impone su energía actoral con elegancia, quizás abusa ─suele hacerlo─ de su rictus de imperiosa seriedad (súmenle su peculiar voz grave). El contraste dulcificado sin cinismo sería pertinente. Sigue leyendo

Entre unos hechos y otros, el periodo de entre guerras (las mundiales) en España se ha repasado en varias obras teatrales en los últimos tiempos. Así ha ocurrido con 
Hace poco menos de un mes nuestro gobierno le concedía por carta de naturaleza la nacionalidad española a Lydia Cacho. Su vida corría y corre peligro, como le ocurre a los auténticos héroes contemporáneos, esos, como muchos periodistas mexicanos, que se juegan literalmente el alma en pos de unas verdades que aspiran a mejorar sustancialmente el mundo. La biografía de esta gran mujer merece, desde luego, recrearse dramatúrgicamente, y nosotros tenemos la obligación moral de atender su denuncia, pues todo indica que, de algunos países como el suyo, solo brotan las puntas del iceberg. 

