La infamia

El secuestro de la periodista mexicana Lydia Cacho salta a escena en un espectáculo inmersivo de teatro documento

La Infamia - Foto de José Alberto PuertasHace poco menos de un mes nuestro gobierno le concedía por carta de naturaleza la nacionalidad española a Lydia Cacho. Su vida corría y corre peligro, como le ocurre a los auténticos héroes contemporáneos, esos, como muchos periodistas mexicanos, que se juegan literalmente el alma en pos de unas verdades que aspiran a mejorar sustancialmente el mundo. La biografía de esta gran mujer merece, desde luego, recrearse dramatúrgicamente, y nosotros tenemos la obligación moral de atender su denuncia, pues todo indica que, de algunos países como el suyo, solo brotan las puntas del iceberg. Si nos adentramos ya en esta propuesta que puede «sufrirse» en el Matadero, es loable que José Martret no haya caído en la tentación absoluta del teatro documento que últimamente salpica la escena con resultados más que cuestionables. Ciertamente es teatro verbatim; pero no solo. Aquí se fusiona con otra vertiente posteatral, como es la mezcla de cine y drama a través de la grabación y recreación en directo. Es un procedimiento que han traído en varias ocasiones, sobre todo, dramaturgos extranjeros como, por ejemplo, Franz Castorf con su Bajazet o Twarkowski con Lokis. Multiplicar perspectivas, generar un expresionismo hiperbólico con primeros planos que sobre impresionan el dolor del rostro o provocar la inmersión del espectador en un artesanal futuro metaverso. Aquí, además, se realiza desde la mirada subjetiva de la propia protagonista y a través de nuestra imaginación; pues, aunque no aparece ningún otro intérprete, todo el público siente que está rodeada de policías corruptos y otros sicarios en el itinerario aterrorizante por el cual la acompañamos. Estamos con ella y eso logra con potencia que nos conmovamos aún más. También es cierto que el montaje posee una clara intención expositiva, periodística, explicativa, didáctica y, manifiestamente, política (con un feminismo afincado en lo serio y lo urgente). Hablo de fragmentos que funcionan como paréntesis, como incisos que se vuelcan absolutamente con el mensaje; pero que destierran la expresividad puramente teatral. A mi parecer hay demasiados de estos apartes para una función que imprime un ritmo y una tensión tan agresiva que no necesitamos ir más allá, saber cómo terminará todo aquello. Está claro que, para una mejor comprensión, esos datos que recibimos son pertinentes; no obstante, el espectador cuenta con mucho material accesible, ya sean entrevistas o el libro Memorias de una infamia, donde se da cuenta de lo que acontece delante de nuestros ojos. En cualquier caso, este esta función es de máximo interés y el público general —no solo el teatrero— debería acudir para estamparse contra una realidad que, desde un país como España, tan hermanado con México, no parece permear en la opinión pública; algo que ya ocurrió en las épocas más cruentas con los feminicidios de Ciudad Juárez. Primeramente, observamos una escenografía diseñada por Alessio Meloni cargada de detalles, caótica, por supuesto; pero destinada a engrandecerse en los detalles cuando enfoquen las cámaras. Está muy pensada para que nos resulte creíble el recorrido al que tanto contribuye nuestra imaginación. Un todoterreno desvencijado, una celda, arena y charcos, unos lugares inhóspitos y una gran pantalla. En esta no solo aparecerán diferentes puntos de vista de lo que nosotros mismos estamos contemplando, sino toda una serie de documentos muy significativos y, alguno que otro, auténticamente devastador. Me refiero, evidentemente, a la vomitiva declaración de Succar Kuri, donde admite el placer que le reporta acostarse con menores (este vídeo forma parte de la infamia). Son elementos que contribuyen a la dureza de la obra; aunque, también hay que reconocer que se transmite la pulsión de la justicia y de la esperanza a pesar de los tortuosos caminos de una burocracia y de un estado emponzoñado. Marta Nieto toma las riendas del discurso enseguida para lograr arrastrarnos (en distintas funciones será Marina Salas quien coja el testigo) hacia un inesperado secuestro por parte de la policía. Ella ya contaba con protección desde que había publicado en 2005 su libro Los demonios del Edén, una investigación sobre una red de pornografía infantil que acusaba directamente al susodicho empresario hotelero en Cancún, Succar Kuri. La metieron en un gran vehículo para llevarla hasta el mar, muy lejos desde el lugar donde estaban. El miedo que traslada desde su conciencia, las expresiones de pundonor mezcladas con la angustia, me recuerdan a Una galaxia de luciérnagas —obra que comenté hace unos meses y que relataba también un secuestro—. La actriz va ganando veracidad según transcurren los minutos y consigue perfilar esa experiencia de sufrimiento con franqueza interpretativa; aunque no se deshace de una leve pátina de fría limpieza en su proceder. La tos de una bronquitis no curada del todo surge de improviso; mientras debe soportar el magreo de un tipo que la sigue al baño hasta que su «suerte» cambia, cuando estaba a punto de tirar la toalla. La estética de thriller nos destina por esos vericuetos kafkianos por los cuales la luz al final de túnel nunca es definitiva. No faltan las delaciones directas sobre Mario Marín, Gobernador de Puebla y, principalmente, sobre Kamel Nacif, el empresario de origen libanés, el verdadero «demonio» que mueve los hilos. En el seguimiento que realizamos atrapamos la impotencia que surge trastabillada en los entresijos judiciales y policiales. No saber de quién fiarse, no saber cuál será el siguiente paso y así hasta el final. Desde luego, José Martret ha dirigido el periplo con gran consistencia para que esa inmersión de la que hablaba más arriba se produzca; gracias, además, efectivamente, a la iluminación de David Picazo; pues los movimientos requieren gran precisión para enfocar lo pertinente entre la oscuridad. A su vez, el sonido de Sandra Vicente juega aquí un papel esencial; ya que debe reforzar todos los efectos de actos que realmente no vemos. La infamia, en su conjunto —a pesar de las intercalaciones narrativas—, cautivará a gran parte de los espectadores; pues contiene una vivencia estética a la que éticamente debemos atender.

La infamia

De: Lydia Cacho

Adaptación: Lydia Cacho y José Martret

Dirección: José Martret

Reparto: Marta Nieto / Marina Salas

Diseño de espacio escénico y vestuario: Alessio Meloni

Diseño de iluminación: David Picazo

Diseño de sonido: Sandra Vicente

Diseño de videoescena: Emilio Valenzuela

Operadora de cámara: Alicia Aguirre Polo

Ayudante de dirección: Pedro Ayose

Una coproducción de Teatro Español y Producciones Come y Calla

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 16 de enero de 2022

Calificación: ♦♦♦♦

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

4 comentarios en “La infamia

  1. Como dices, la experiencia inmersiva es un hallazgo ético y estético, Marta Nieto lo da todo, estremece verla moquear a dos/tres metros, solo achacaría cierta desubicación temporal / espacial en el episodio de los calabozos, parece un carrousel de desgracias/alivios, demasiado subrayado o alambicado a mi gusto. Poca merma, em todo caso, para un gran montaje teatral. Leo siempre sus críticas con admiración, por lo valiente y por lo nutritivo. Muchas gracias por ellas.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.