Reinar después de morir

Una excelente escenografía levanta este espectáculo de producción hispanolusa algo deslucido interpretativamente

Foto de Sergio Parra

Lo cierto es que el nombre de Luis Vélez de Guevara siempre se asocia a su peculiar novelita El diablo cojuelo; aunque realmente fuera un dramaturgo de la estela de Lope de Vega. En Reinar después de morir se recurre nuevamente a la leyenda sobre doña Inés de Castro, la cual ya había propiciado diversas incursiones teatrales como las de Jerónimo Bermúdez. Conocemos la historia auténtica sobre el infortunio de la protagonista y no hubo una doña Blanca de Navarra que se metiera por el medio. Entre invenciones y verdades, lo cierto es que la tragedia posee claros tintes románticos adelantados a su época. Los versos suenan con la pasión del amor petrarquista y con la sencillez clasicista de Garcilaso o del propio Lope. Porque en esta obra destaca ese regodeo en las palabras que claman unos sentimientos exacerbados; ya que el argumento en sí es algo escaso. Observamos en escena a un David Boceta excesivamente desgañitado ya desde el inicio y con un tono tenso, al que parece faltarle matiz y ternura. Se introduce en la piel del príncipe don Pedro de Portugal (nos situamos en el siglo XIV), este ha mantenido una profunda relación de amor con Inés de Castro para después casarse con ella en secreto. Esta fue dama de compañía de doña Costanza (casada con el Príncipe), muerta tempranamente. Lara Grube acoge su papel con delicadeza y nos traslada oníricamente a su terrible desenlace. Los amantes alcanzan momentos de fulgor que logran transmitir la esencia de un matrimonio sincero que tiene a su cuidado cuatro hijos. Pero los planes del rey Alfonso IV van por otro lado. También Chema de Miguel toma su rol con un encaramiento algo desmedido. Buscar alianzas con otros reinos se impone en su lógica. Es, entonces, cuando entra en acción doña Blanca de Navarra, con una Manuela Velasco demostrando lo que ha ganado como actriz en los últimos tiempos; con gran apostura expele el verso con sobriedad y pundonor. El «yo me muero por Inés» que escuchamos en el preludio ya anticipa la paradoja entre el amor y el destino, entre el deseo y la responsabilidad política. El aire a lírica popular, a canción galaico-portuguesa con la «Saudade minha» de Inés, establece el juego de celos, de ausencias, de nostalgias que propenden en esa consideración medieval del amor como enfermedad. La suerte está echada, y si el asunto se demora es para darle más pábulo a la tragedia. El monarca ha resuelto que no puede haber dos esposas y que la alianza con el reino hispano es incuestionable. El resto de personajes dan eco y aderezan unas situaciones que vienen a cargar el ambiente. Brito, el criado que interpreta Julián Ortega con gran agilidad verbal, sirve para destensar. Mientras que la Violante de Ritar Barber y la nodriza de María José Afonso inciden en la tristeza que se cierne sobre su dueña, con los hijos apuntalando la deriva. Creo que en este proyecto el gran punto que sobresale por encima de los demás es la escenografía de José Manuel Castanheira; pues favorece unos movimientos veloces, otras veces esforzados, como si los personajes estuvieran inmersos en un sueño más allá de las leyes de la física. Todo el escenario está ocupado por una especie de half-pipe (el medio-tubo que se utiliza para practicar el skate), decorado con los motivos habituales de los azulejos que podemos encontrar en muchas edificaciones portuguesas, como en la Estación de tren de Oporto (por poner un solo ejemplo). Dos vanos se abren en cada una de las verticales, los actores se cuelan por ahí o se lanzan deslizándose. Tiene su atractivo y genera un vaivén elegante. Además, la iluminación de Guilherme Frazâo potencia excelentemente los azules que nos remiten a la muerte por venir. Insisto en que es la estética visual ―ahí creo Ignacio García, como responsable de la puesta en escena; y Pepa Pedroche, como directora, es donde más luce su trabajo― lo más destacado de un montaje al que le falta brío interpretativo y una verdadera demostración de que el texto nos puede llevar más allá de una leyenda que no termina de generar una tragedia lo suficientemente compleja como para que nos atraiga en exceso.

Reinar después de morir

Autor: Luis Vélez de Guevara

Versión: José Gabriel López Antuñano

Diseño de la puesta en escena: Ignacio García

Dirección: Pepa Pedroche

Reparto: María José Alfonso, Rita Barber, David Boceta, Chema de Miguel, Julián Ortega, Ricardo Reguera, Carmen del Valle o Lara Grube y Manuela Velasco

Y los niños Ainara Mateos, Teresa Cordero, Hugo Soneira y Alicia Chojnowski

Asesor de verso: Vicente Fuentes

Vestuario: Ana Paula Rocha

Iluminación: Guilherme Frazâo

Escenografía: José Manuel Castanheira

Coproducción: CNTC / Companhia Teatro de Almada

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 2 de febrero de 2020

Calificación: ♦♦♦

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .