El concierto de san Ovidio

Mario Gas dirige esta fábula dieciochesca de Buero Vallejo sobre el maltrato insolente a un grupo de ciegos

Foto de marcosGpunto

De vez en cuando es conveniente desempolvar a nuestros clásicos contemporáneos para descubrir si el tiempo los acartona o si permanecen fértiles para aleccionarnos sobre los vicios universales. Si Buero Vallejo quiso zarandear (desde su «posibilismo») al pueblo español en 1962 tomando la prudente distancia de quien nos remite a un acontecimiento ocurrido en París durante 1771; de qué forma debemos observar esta fábula para que nos competa de una manera similar. En este sentido, nuestro mundo actual ha cambiado tanto desde aquellas, que las mofas pueden ser tan brutales como desproporcionadas sus reprimendas. En el presente los extremos se tocan y por ello es necesario superar el plano simbólico de esta función para encontrar asideros fundamentales sobre la bondad, la solidaridad y la búsqueda del conocimiento como camino a la libertad, es decir, la ilustración. Por todo ello, El concierto de san Ovidio, aparte de otras cuestiones técnicas y dramatúrgicas, resulta algo naíf, como aparcado en ese constructo neoclásico tan moralizante y un tanto ajeno a las complejidades psicológicas y sociales del ser humano. El caso que nos compete parte de cómo un tal Luis María Valindin, astuto negociante francés, se dedicó a configurar una orquestina formada por ciegos que vivían en el Hospicio de los Quince Veintes —tal y como observamos en la extensa introducción, donde conocemos a la priora, interpretada austeramente por Mariana Cordero—, para mostrarlos en un café con la intención de lograr la carcajada de los burgueses. El dramaturgo establece una serie de estructuras que permiten imbricar las relaciones de los propios invidentes, las tramas amorosas y las contraposiciones sociales. Y la verdad es que la extensión para desarrollar una historia sencilla, sin subtramas que apuntalen el suceso principal, es del todo abusiva.

Grabado original. Inspiró a Buero Vallejo para escribir El concierto de san Ovidio

Sobrepasar con creces las dos horas es un sinsentido que nos deja un ritmo algo tedioso desde el inicio. Y aunque Mario Gas ha realizado una fiable dirección, me parece inaceptable que se haya recurrido a una filmación cinematográfica para representar el espectáculo central de la función. Precisamente el teatro contiene ese poder imperioso de interpelarnos directamente, el público somos nosotros, y, en consecuencia, seremos nosotros lo que aceptemos mofarnos de esos malhadados o no. La película puede resultar impresionante por su magnitud; pero supone un truco impropio de un hombre de teatro que no ha buscado recursos enteramente dramatúrgicos para un instante tan catártico como aquel. Aunque el mayor lastre del texto de Buero no es la duración, sino que los tres temas que se descubren o se soterran en el argumento, no se exprimen suficientemente. Así vemos cómo no se hace sangre del escarnio, cómo las historias eróticas tampoco son un gran asunto y el que, a mi parecer, hubiera abierto un espita interesantísima, que es adentrarse en las iniciativas pioneras de Melania de Salignac que tan útiles fueron para el desarrollo de Braille, queden en mero esbozo. Sería en esto último donde se observarían metafóricamente los ciegos como aquellos humanos que debían ser extraídos de la caverna platónica iluminados por los filósofos. En esas estaba, además, Valentin Haüy que fue quien se horrorizó con esta bufonada. Por otra parte, creo que se debe destacar el movimiento y el tono de los seis ciegos, su expresión generalmente pesimista. De ellos sobresale, no solo por alzarse protagonista, Alberto Iglesias, quien imprime a su personaje la fuerza y hasta la furia pertinente de aquel que se resiste a vivir en la ignorancia. También ofrece una desfachatez creíble e irritante, José Luis Alcobendas como Valindin; y es una pena que su pareja, Lucía Barrado, como Adriana, quede un tanto desdibujada, le falta mayor empuje y orgullo. Desde luego, pienso que la gran baza del montaje es la escenografía de Jean-Guy Lecat que, desde una aparente sencillez, es capaz de crear diferentes espacios de manera muy fluida y con un sentido de la verticalidad que logra ampliar nuestra atención, también gracias al juego de luces de Felipe Ramos. Apreciando, además, el diseño de vestuario de Antonio Belart, tanto el ajustado a la época estrictamente, como los disfraces de los invidentes que infantilizan a esos hombretones con capirotes y orejas de burro. A todo ello se añade la música original de Orestes Gas, que permite ambientar con algo de ritmo situaciones que salvan la cadencia morosa de la obra. En conclusión, es una revisión correcta, mejorada audiovisualmente, que resarce la memoria de Buero Vallejo.

 

El concierto de san Ovidio

De Antonio Buero Vallejo

Dirección: Mario Gas

Reparto: José Luis Alcobendas, Lucía Barrado, Jesús Berenguer, Mariana Cordero, Pablo Duque, Javivi Gil Valle, Nuria García Ruiz, José Hervás, Alberto Iglesias, Lander Iglesias, Ricardo Moya, Aleix Peña, Agus Ruiz y Germán Torres

Escenografía: Jean-Guy Lecat

Iluminación: Felipe Ramos

Vestuario: Antonio Belart

Música original y audioescena: Orestes Gas

Videoescena: Álvaro Luna (AAI)

Ayudante de dirección: Montse Tixé

Diseño cartel: Javier Jaén

Fotos: marcosGpunto

Producción: Centro Dramático Nacional

Con la colaboración de la Real Academia Española

 

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 20 de mayo de 2018

Calificación: ***

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