Escena – Fin de temporada 2021-22

Balance sobre la temporada teatral 2021-22 que finaliza ahora y que ha estado sometida por las distintas medidas de seguridad derivadas de la pandemia. Sobresale la obra El Golem de Juan Mayorga, dentro de un panorama algo timorato

El Golem - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

La eterna crisis del teatro se acentúa sin parar y parece que los espectadores están reticentes a la hora de volver a las butacas. Eso dicen distintos observadores de la cuestión. Pero déjenme que lo ponga un poco en duda, pues, verán, a mí me da que esta temporada han faltado unos cuantos grandes montajes de esos que arrastran al personal. Y no estaría mal que siguiéramos reflexionando sobre el divorcio existente entre el público veterano y las nuevas hornadas. A los primeros se los está espantando de algunos templos; puesto que ya tienen bastante experiencia como para tragarse las absurdeces de nivel amateur que, por ejemplo, Sanzol ha incluido en su programación del Centro Dramático Nacional. Blast y Lengua madre son para mí paradigmas de un teatro que no alcanza la calidad suficiente como para estar en cartel más de un mes y en los espacios con mayor aforo. Súmenle decenas de piezas en otras tantas salas (véase La Abadía), que superarían con creces la censura más estricta de alguna distopía woke que ustedes se imaginen. El empeño por agradar a los jóvenes con su supuesto lenguaje moderno es competir por lo bajo con otras formas de ocio. Hay que ser muy ingenuo hoy en día para pensar que desde las consabidas fórmulas pop se pasa luego a lo trascendente. Nuestro mundo puede ofrecer divertimentos aparentemente «rompedores» (¡vaya broma!) para vivir eternamente en la inopia. Sigue leyendo

Cada vez nos despedimos mejor

Diego Luna impone su gracia y su apostura escénica para contarnos un relato de amor algo tópico. Los distintos avatares de la reciente historia mexicana sostienen el texto de Alejandro Ricaño

Cada vez nos despedimos mejor - FotoVamos a reconocer juntos que, si esta historia se enfocara con el marchamo hollywoodiense, el tufo a película (o peor, novela) romanticona tipo El diario de Noa sería patente; porque el espinazo de este texto de Alejandro Ricaño posee algo de ñoñería. Esta se sortea habilidosamente adobando el espectáculo con una contextualización sociopolítica muy pertinente, con unos saltos en el tiempo repletos de dinamismo, con unos rasgos de humor negro más que sagaces y con una interpretación de Diego Luna tan entrañable como cautivadora. Por todo ello, es necesario asumir, más allá de la comicidad, de los trucos de ese teatro cercano con guiños al público, que escarbar en la historia de México, en sus avatares y en sus atrocidades, es disponer más que un paisaje, es una hendidura en la vida cotidiana sobre la que no se puede despreciar el amor; pues de algo hay que existir. Sigue leyendo

Los nocturnos

Magüi Mira dirige en el Teatro Español esta obra de Irma Correa sobre la apasionada relación entre George Sand y Chopin

Los nocturnos - José Alberto Puertas
Foto de José Alberto Puertas

Escapar de la representación naturalista, que intente rehuir la verosimilitud y que, a su vez, logre trasladarnos un mundo de sentimientos genuino y peculiar, resulta bastante difícil si el contexto de aquella primera mitad del siglo XIX en París, inmerso aún en el Romanticismo, era tan determinante. Por eso, un encuentro casi fantasmagórico en esa escenografía de Curt Allen Wilmer y de Leticia Gañán marcada por el brillo insolente del vinilo, entre Chopin y George Sand, se deshilacha enseguida si los códigos de conducta se aproximan hacia nuestra contemporaneidad. Más todavía si Marta Etura compone su personaje desde un erotismo cargado con esa insistencia inicial sobre su condición de mujer que se travistió en hombre («en el tiempo en el que yo crecí una mujer que llevaba pantalones era una mujer extraña»), seudónimo incluido, para que su literatura pudiera competir en las librerías y en los salones sin el marchamo blando y estereotípico de lo femenino. Sigue leyendo

Solo yo escapé

Magda Puyo dirige el críptico texto de Caryl Churchill con tintes apocalípticos en el Teatro de la Abadía

Solo yo escapé - FotoCuando uno asiste a propuestas teatrales aparentemente crípticas —y hasta banales, en muchos de sus momentos—, y las vetas de Beckett y de Pinter se perciben con tanta nitidez, es esperable que se pueda ir más allá. La obra de Caryl Churchill, de quien tuvimos la oportunidad de conocer hace unas temporadas con Top Girls, parece frenarse en ese punto donde podrían abrirse muchos más caminos interpretativos. No obstante, el estatismo y el deambular por la vida corriente en gran parte de la función, dejan a Solo yo escapé como un ejercicio quizás simple para la transcendencia de lo que se insinúa en el fondo. Porque si el título está recogido del Libro de Job, con esa frase de aviso después del desastre que el protagonista bíblico escucha en un mensajero, entonces, el tema del mal se nos echa encima y su inexplicabilidad, mucho más. Sigue leyendo

Esta noche se improvisa la comedia

Ernesto Caballero aprovecha la obra de Pirandello para criticar metateatralmente la escena contemporánea

Esta noche se improvisa la comedia - Foto de José Alberto PuertasCuando el teatro agoniza de pirandellismo, acercarse a Pirandello es necesariamente una distorsión irónica de los presupuestos metateatrales que para nosotros son cervantinos y, después, unamunianos. Vivimos en la broma infinita, en los albores del metaverso, en la realidad aumentada, en la virtualidad omnipresente y en el trastoque de nuestra verdad; porque todo lo real ya no es racional; aunque siga siéndolo. En definitiva, se ha explotado tanto el juego del sí que no con esto de la metateatralidad que parece que ya no tenemos escapatoria. Por lo tanto, la metateatralidad al cuadrado o al cubo o a la enésima potencia debería quizás cerrar la etapa, y qué mejor que hacerlo con una de esas obras que han dado pie a ello. Ya que Ernesto Caballero ha versionado con gran inteligencia Esta noche se improvisa la comedia para realizar una crítica (y también una autocrítica, si repasamos algunas de sus direcciones en los últimos tiempos) a los excesos y clichés más que asentados y reiterativos de ese cajón de sastre del postdrama.

Ha contado con un elenco tan versátil y variado como generoso en sus dotes cómicas. Desde el comienzo se sondea ese permanente vaivén entre el fingimiento de que todo está preparado —como, de hecho, lo está, salvo algún gesto que se cambia en cada función para darle más viveza, como puede ser saludar a alguna celebridad auténtica en el patio de butacas— y la posibilidad de que esos intérpretes se deshagan de tan endebles personajes y pregonen su propia personalidad. Por eso, los primeros embates me parecen magníficos, aunque no sean muy dinámicos, de hecho, el estatismo prepondera y es con el exabrupto inesperado con el que se logra una comicidad extraordinaria. En esto se lleva la palma Natalia Hernández, una actriz que está más que acostumbrada a este tipo de humor, pues es una habitual de los proyectos de Alfredo Sanzol, y este bebe de esa tradición basada en el golpe de efecto y la paradoja. Hace de madre en la obra Leonora, adiós, que es la que deben representar, y que tiene como tema fundamental los celos. Evidentemente, todo es de una confusión tremenda y las interrupciones imparables. Todo lo comanda Joaquín Notario con mucha afabilidad, divirtiéndose con su ocurrencia —el discurso, precisamente, donde se engola con las proclamas esperpénticas de la posteatralidad es uno de los momentos cumbre— y devanándose los sesos para convencer a su compañía y a todos los espectadores de que ahí está transcurriendo un hecho inédito, que de verdad se está creando la obra delante de nosotros, no por pura repetición de lo aprendido; sino por puro genio de la improvisación. Y mira que los arrastra. Destrozan el italiano y llevan la tópica gestualidad napolitana o siciliana hasta el esperpento, como si quisieran astracanar a Eduardo de Filippo. Por su parte, Paco Ochoa, que se queda con el rol de marido, sufre la furia de su esposa y desarrolla un patetismo risible y redondo, sobre todo, cuando más adelante se ve envuelto en una trifulca en un cabaret al que acude, porque está enamorado de la vicetiple.

Hay que insistir en que la manera que tienen de moverse —aquí la dirección de Caballero es inmejorable por todo el escenario como si fuera un rodaje de una película con tomas que deben repetirse una y otra vez, nos mantiene atentos ante la incertidumbre. También es cierto que el versionista llega a unos límites tan estrafalarios que te pueden echar para atrás. Principalmente con dos. El primero, poner a bailar a todo el elenco el «Dale, Don, dale», de Don Omar, y que uno comprenda que es un gag ya viejuno y muy repetido (aquello de poner a bailar a gente seria y anticuada, algo de lo más moderno). No diré que no hace gracia ver a alguno darlo «todo», como a Ainhoa Santamaría, quien vuelve a desarrollar su vis humorística con ese tono de ñoñería y timidez impostados que le sale tan bien. Su futuro marido, Jorge Basanta es quien me parece que discurre por otros derroteros y está fenomenal en ese segundo sketch desaforado, cuando se disfraza de Maradona, porque alguien lo ha mentado, en lugar de a la Madonna. Esta herejía está excelentemente traída; puesto que no deja de ser un guiño a esa religión tan peculiar creada en torno a la figura del futbolista argentino y que fue auténticamente adorado en Nápoles (véase la última película de Sorrentino, Fue la mano de Dios). El actor, además, dispone a lo largo de la obra una pose irónica que después se transforma en una furia insolente. Me refiero a esa parte, al final, cuando el montaje se enlentece y se pone excesivamente serio, largo y tedioso; cuando se aparta de la supuesta improvisación y el grupo demuestra que es capaz de actuar con firmeza y profesionalidad (nadie lo puede dudar). Luego, Ana Ruiz, quien hace de Totina, se mueve con mucha soltura en la tesitura paródica de la diva operística. Y, finalmente, Felipe Ansola, me ha parecido todo un descubrimiento, pues le mete una virilidad con tintes de ingenuidad que baja a tierra muy compensadamente la dimensión grotesca del resto de personajes.

Además de todo ello, el divertimento se engrandece con la escenografía de Monica Boromello, quien ha sabido crear nuevas cuartas paredes para que la sempiterna cuestión de la realidad y de la ficción se dirima en la verosimilitud.

Este regreso a uno de los orígenes de la metaliteratura moderna emprendido por Ernesto Caballero me parece muy válido; aunque contiene el impedimento de la reiteración. Al final, el drama se tiene que materializar en algo y si continúas con la cuita improvisatoria durante mucho tiempo, el efecto sorpresa se desgasta y la reflexión sobre el tema se consume. En cualquier caso, lo más persuasivo, más allá de la labor actoral, es el contenido crítico sobre un tipo de teatro que ya no da más de sí.

Esta noche se improvisa la comedia

De: Luigi Pirandello

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Con: Felipe Ansola, Jorge Basanta, Natalia Hernández, Joaquín Notario, Paco Ochoa, Ana Ruiz y Ainhoa Santamaría

Diseño de espacio escénico: Monica Boromello

Diseño de iluminación: Paco Ariza

Diseño de vestuario: Beatriz Robledo

Ayudantes de dirección: Pablo Quijano y Miguel Agramonte

Asesoría artística y colaboración en la dirección de actores: Fernanda Orazi

Una coproducción de Lantia Escénica y Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 17 de julio de 2022

Calificación: ♦♦♦

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Johnny Chico

El Teatro Infanta Isabel acoge este éxito protagonizado por Víctor Palmero, quien se encarna en un muchacho en el descubrimiento de su identidad sexual

Johnny Chico - FotoTodo es demasiado fulgurante. Se nos lleva y se nos arrastra como si estuviéramos en un torbellino, como ese estilo tan punk y espídico del primer Trainspotting (aquí nos faltaría una música acorde). El texto de Stephen House, Go by Night, que fue escrito a mediados de los noventa, es llevado por Víctor Palmero con una mezcla de ingenuidad adolescente, con lenguaje directísimo y soez, grosero y hasta pornográfico, más una superficialidad algo estereotípica sobre la ambigüedad cabaretera de los travestis. Debemos ser conscientes de que, en cierta manera, han cambiado muchas cosas de aquella época. Sigue leyendo

Contes et légendes

Joël Pommerat sube unos «robots» a escena para interactuar con unos adolescentes en un espectáculo compuesto por varias piezas de carácter ejemplar

Contes et légendes - Foto de  Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Ya casi están aquí, a la vuelta de la esquina, o eso anuncian los japoneses. Los robots forman parte de nuestro imaginario desde que el cine ha propiciado su presencia en múltiples películas; pero el teatro no ha sido tan acogedor (de los pocos ejemplos que tenemos en la dramaturgia española puedo destacar Metálica, de Íñigo Guardamino). Me parece un tema interesantísimo que debería traerse más a colación, sobre todo antes de que llegue la avalancha de los cachivaches y volvamos a cuestionarnos nuestra naturaleza y nuestra posición en el mundo; cuando el eje de coordenadas antropocentrista vuelva a dislocarse. Sigue leyendo

Las suplicantes

La dramaturga Silvia Zarco ha pretendido unir las obras homónimas de Esquilo y de Eurípides en un texto que dialoga en exceso con el presente

Las suplicantes - FotoCada vez es más propio de nuestro tiempo venderles a los espectadores de teatro (y de cine, y de televisión y de lo que convenga política y publicitariamente) que en nuestra querida Grecia antigua ya se estilaba el feminismo o que sus valores democráticos, mutatis mutandis, son como los nuestros, o que, incluso, podríamos hablar de derechos humanos ya desde aquellas. Poco parece importar cómo se mezclan épocas (las de aquellas me refiero), religiones, filosofías, guerras y economías. Por eso es muy necesario simplificar los posibles contextos históricos (aunque estén vertebrados por el mito y la leyenda), para que el motivo más injusto nos lleve a la clara resolución de que la historia guarda ejemplos manifiestos de lo que ahora es una evidencia. Sigue leyendo

Cucaracha con paisaje de fondo

Javier Ballesteros escribe y dirige una obra repleta de ironía y de verso sobre el deseo de ser madre, dentro del ciclo Sala Joven del Teatro Quique San Francisco

Cucaracha con paisaje de fondo - FotoAunque la ambientación que se pretende nos deba aproximar a las termas romanas destinadas en exclusiva para mujeres o a los actuales spas que se reparten por Europa, la flauta que toca Isabel Arranz nos traslada imaginariamente al sonido del shakuhachi, tan propio de algunas películas japonesas de la época dorada. También, por momentos, posee ese aire taciturno de Yasujiro Ozu. No obstante, la ironía vuelve a ser preponderante; porque los dramaturgos de nuestro tiempo parecen incapaces de acometer los temas directamente y precisan esa salvaguarda humorística para que el respetable se ablande, y no resople ante lo sentencioso. Aquí la comicidad es brillante y se enhebra en verso desde el principio hasta el final, lo que implica un humor negro eficaz. Por lo tanto, nos podemos divertir mientras se exponen los temas trascendentales como la autoexigencia de ser madre. Sigue leyendo