Cada vez nos despedimos mejor

Diego Luna impone su gracia y su apostura escénica para contarnos un relato de amor algo tópico. Los distintos avatares de la reciente historia mexicana sostienen el texto de Alejandro Ricaño

Cada vez nos despedimos mejor - FotoVamos a reconocer juntos que, si esta historia se enfocara con el marchamo hollywoodiense, el tufo a película (o peor, novela) romanticona tipo El diario de Noa sería patente; porque el espinazo de este texto de Alejandro Ricaño posee algo de ñoñería. Esta se sortea habilidosamente adobando el espectáculo con una contextualización sociopolítica muy pertinente, con unos saltos en el tiempo repletos de dinamismo, con unos rasgos de humor negro más que sagaces y con una interpretación de Diego Luna tan entrañable como cautivadora. Por todo ello, es necesario asumir, más allá de la comicidad, de los trucos de ese teatro cercano con guiños al público, que escarbar en la historia de México, en sus avatares y en sus atrocidades, es disponer más que un paisaje, es una hendidura en la vida cotidiana sobre la que no se puede despreciar el amor; pues de algo hay que existir.

Pronto la narración posee ese enganche literario que resuena en los grandes relatos del realismo mágico. El anticipo de lo que ocurrirá en la familia y la primera persona jugueteando con todo tipo de especulaciones y misterios. El protagonista es Mateo y, ciertamente, apenas resulta interesante, pues llegamos a descubrir que no hace nada, tan solo ver partidos de baloncesto infantil, y meter la pata de vez en cuando. Claro que lo suyo, a la postre, es contar con mucho encanto y sorna su pasión por Sara. Aunque antes tiene que detallarnos cómo nació aquel 31 de diciembre de 1979, igual que su enamorada, y otra serie de coincidencias que él recopila como si estuviera determinado por un destino indeleble. Entre ellas, que las madres de la pareja de novios mueran aplastadas en un instituto en el terremoto de México el 19 de septiembre de 1985. Primer hito este que, después, nos llevará a una segunda catástrofe —mientras los azares inverosímiles, como que Sara fotografiara a Mateo en su iniciático disparo, intentan fascinarnos tramposamente— la Matanza de Acteal en diciembre de 1997, donde murieron asesinados 45 indígenas tzotziles. Nuestros protagonistas escucharon las detonaciones tras acostarse por primera vez. Es en esto donde vemos una especie de contraste macabro entre los episodios de unos muchachos que se desean como otras tantas parejas, y el transcurso de un país que parece que nunca alcanza la tranquilidad.

Sea como fuere, el argumento no deja de caer en el tópico de la tercera persona desequilibrante, una tal Marion Brochet, una periodista en busca del subcomandante Marcos. La repetición de lo mismo en una retahíla de situaciones tan similares que uno debe poner de su parte y pensar de manera metafórica, para no evadirse de una función teatral engañosa y hasta adolescente. Ya digo que se aúna tal gracia entre los gestos de Luna, esa simbología de las cámaras de foto que manipula frente a nosotros, sus impostaciones cuando hace de su padre, las descripciones tan precisas y curiosas, y ese movimiento por un espacio nimio con el ritmo que le pega Darío Bernal con su colección de instrumentos, que por un momento nos adentramos en una cadencia interminable de acontecimientos como si fuera un plano secuencia extraído del film Birdman, de su compatriota González Iñárritu.

En gran medida, Mateo se convierte en un espectro que está ahí, junto a una fotógrafa genuina que se llama Sara, que está retratando las hecatombes de su nación (como el atentado en Morelia en 2008) como si sobrevolaran más allá de su cotidianidad o de las exigencias familiares.

Este flujo dramatúrgico, acompasado con los procedimientos tan acentuados del discurso oral, terminan por superar esa insistencia en que todo encaje, que parece obsesionar a Ricaño.

Cada vez nos despedimos mejor

Texto y dirección: Alejandro Ricaño

Con: Diego Luna

Composición música original: Alejandro Castaños y Darío Bernal

Músico en directo: Darío Bernal

Diseño de espacio escénico e iluminación: Matías Gorlero

Diseño de vestuario: Sara y Mateo

Residencia de ayudantía de dirección: Noelia Pérez

Una coproducción de Producciones Come y Calla y La corriente del golfo

Naves del Español en Matadero (Madrid)

Hasta el 10 de julio de 2022

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo

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