Semblanza sobre el Arpinate protagonizada por Josep Maria Pou, en un montaje conciso y filosóficamente superficial

¿Puede una obra que tenga como protagonista a Cicerón ser insignificante filosóficamente? Pues parece que sí. ¿Puede esto resultar decepcionante viniendo de una triple entente como la que forman Caballero-Gas-Pou? Indudablemente. La obra que ahora recala en el Teatro de La Latina es conceptualmente superficial hasta la médula. Marco Tulio Cicerón cabalga entre la política, la oratoria, la retórica y la filosofía. Su fama es un compendio de todos esos dominios. También se debe a que conservamos suficientes obras suyas, y que, además, pertenece a una época ―el siglo I a.n.e. en la Antigua Roma― de la que poseemos buenas noticias y de primera mano. Reconozcamos, eso sí, que es un filósofo de segunda fila; pues, en absoluto, fue original, y más bien fue un compilador de todas esas corrientes helenísticas (estoicismo, cinismo, epicureísmo, etcéter) que tan bien funcionaron por aquellos lares a punto de ser imperiales. Por lo tanto, nos situamos ante un ecléctico en cuanto al pensamiento que, a tenor de ciertos hechos relevantes de su vida ―como su manera de contravenir la conjura de Catilina―; podemos juzgarlo como un hipócrita o, directamente, un pragmático ―aspecto clave de la cultura latina―. Pues cualquiera que haya leído De officiis (Sobre los deberes), una de sus obras principales, comprenderá que era un hombre que defendía estrictamente el cumplimiento de las leyes y del deber, apoyándose esencialmente en las virtudes cardinales. Sigue leyendo




Resulta imposible «sujetar» una tragedia tan desnortada como que esta que escribió William Shakespeare cuando era joven, muy influido por Marlowe. Acometer tamaño proyecto siempre será complicado; porque la exageración, casi terrorista, nos lleva por la pendiente. Y no parece que en la versión de Nando López se haya pretendido hacer nada más que algunos ajustes para aguantarse con lo que hay. Tampoco hallamos una gran intervención textual, y eso quizás hubiera resultado más interesante. En muchos aspectos, este montaje se queda entre dos aguas, y ese es un lastre con el que se carga toda función. Para empezar, los Teatros del Canal, evidentemente, no son el Teatro romano de Mérida; por lo que la escenografía de Juan Sebastián Domínguez es más funcional que sugerente; pues el espacio está un tanto desangelado alrededor de los versátiles cajones que sitúa en el espacio. No obstante, la iluminación de Carlos Cremades sí que incide con precisión en el tenebrismo lógico. Luego, si continuamos con los aspectos artísticos, nos podemos preguntar, una vez más, en qué consiste eso de las modernizaciones, o qué se consigue con ello. Es decir, el vestuario de Rafael Garrigós, por qué procede con ese pastiche de trajes de caballero, con unos abrigos hasta los pies, y, por otra parte, otras vestimentas que, de alguna manera, anhelan aproximarse a algo más «romano» o «godo». 

