Angélica Liddell completa su díptico a partir del texto de Gilles Deleuze sobre Sacher-Masoch en un montaje irregular
Desplegar y cerrar el díptico sobre los progenitores fallecidos. Madre tuvo una concisión mayor, una recursividad con el folclore y con la religión más apegada a lo telúrico, con significado más claro. Padre cae en el vicio del teatro posdramático: desperdigar los motivos y los símbolos sin ánimo vertebrador, esperando que el espectador más afanado se entregue a una posible interpretación entre otras múltiples. Creo que sería conveniente despegarse un tanto del ensayo que publicó Gilles Deleuze en 1967 (Presentación de Sacher-Masoch. Lo frío y lo cruel), fundamentalmente porque este no realiza una aproximación litúrgica y cristológica tan patente como la dramaturga. Sigue leyendo

En la intrahistoria de nuestro país todavía puede ver más intrahistoria, y si le ponemos imaginación, todo pudo ser de otra forma e, incluso esta, pudiera hallarse más cerca de la realidad. Alicia Montesquiu, quien viene de actuar en 
Las trifulcas familiares con visos costumbristas, con ese retrato de las cuitas pequeñoburguesas, son un género altamente explotado en el cine y, también, en el teatro. Fácil es acordarse, por ejemplo, de Agosto, de Tracy Letts; aunque más interesante es traer a colación
¿Son los padres y las madres, y viceversa, y sin vice y sin versa, solos y solas, o acompañados, o agrupados o policonvexos y et alii del siglo XXI más gilipollas que los de cualquier otra época? La respuesta tajante y rotunda es que sí. Alcanzar el medio virtuoso aristotélico parece una tarea imposible. Atrincherarte con el sentido común frente a los embates del gran mercado de la estupidez es una batalla perdida. Por supuesto, estoy hablando de los patéticos aspirantes a burgueses. Los de más arriba (y más todavía) se pueden permitir la estulticia, pues su margen de error es tan amplio como amplias sus posibilidades de corrección.
Seguir interpretando el más célebre de los dramas de Arthur Miller como una crítica al capitalismo o una manifestación decadente del sueño americano, me parece hilar poco fino y quedarse en el estereotipo. Willy Loman se ha convertido en un símbolo de la impotencia, de ese impulso voluntarista que lo pone frente al volante en el autoengaño de una existencia que nunca llega a ser la que él había imaginado o, si le quitamos responsabilidad, le habían hecho imaginar. Ahora vuelve a estar sobre el tapete la cuestión de la meritocracia a consecuencia del exitoso libro de Michael Sandel; pero nosotros no observamos exactamente un despliegue de méritos en nuestro protagonista; sino una manera de trabajar que se autoafirma en la cantidad, en todas esas horas que se deben echar para obtener unas ganancias aceptables; y en ínfulas tipo: «Un hombre que no sabe usar las herramientas no es un hombre».
El capítulo 18 del Ulises (el que corresponde a «Penélope») es convertido por el escritor irlandés, James Joyce, en el espejo de su antiheroico protagonista Leopold Bloom, para que su mujer, Marion Tweedy, lo siga retratando. ¿O acaso esta gibraltareña de 34 años tiene suficiente entidad como personaje? En parte sí, desde luego, pero no olvidemos que por detrás está el lascivo novelista amante de las epístolas pornográficas. Quiero afirmar con esto que este último episodio no es una separata; sino, más bien, un epílogo de la odisea por la capital irlandesa de un tipo —y su colega, más joven y sensato, Stephen Dedalus (a pesar de su pelea)— que, tras una jornada corriente, y después de estar un rato de juerga por los burdeles, regresa a casa para acostarse en la cama donde su mujer permanece en vigilia y él no tiene más remedio que rehacer la huella en las sábanas de algún amante interpuesto.
Hace poco menos de un mes nuestro gobierno le concedía por carta de naturaleza la nacionalidad española a Lydia Cacho. Su vida corría y corre peligro, como le ocurre a los auténticos héroes contemporáneos, esos, como muchos periodistas mexicanos, que se juegan literalmente el alma en pos de unas verdades que aspiran a mejorar sustancialmente el mundo. La biografía de esta gran mujer merece, desde luego, recrearse dramatúrgicamente, y nosotros tenemos la obligación moral de atender su denuncia, pues todo indica que, de algunos países como el suyo, solo brotan las puntas del iceberg.