El enfermo imaginario

El Teatro Fernán Gómez acoge el atractivo espectáculo barroco de Morboria sobre la última obra de Molière

El enfermo imaginario - Ana del Palacio
Foto de Ana del Palacio

Hace un año, también con la excusa de ir preparando los actos conmemorativos por el cuatrocientos aniversario del nacimiento de Jean-Baptiste Poquelin (apenas quedan unos pocos días), Josep Maria Flotats estrenó una nueva versión de El enfermo imaginario en el Teatro de la Comedia. Su montaje tiraba —como en él es habitual— hacia el neoclasicismo del XVIII, con una depuración de las formas (en todos los sentidos estéticos) y un comedimiento auspiciado por la didáctica y una ironía más prudente. Sin embargo, los de Morboria se lanzan, de una forma mucho más coherente, al Barroco. La crítica social, el sarcasmo, los contrastes, un vestuario recargado y expresionista, una escatología desenfrenada (en ambos sentidos, pues la muerte está presente en las ensoñaciones iniciales) y, a la postre, una manifestación farsística de la hipocondría y, sobre todo, del embaucamiento. La propuesta de Eva del Palacio es realmente divertida y entiende muy razonablemente que este teatro debe ser en todo lo posible «popular». Esto no quiere decir, ni mucho menos, que se entre por derroteros chabacanos; pero sí que se debe reconocer que su versión desemboca en un cierto desbarajuste propio de la astracanada y de los guiños más populacheros. Me refiero concretamente al desenlace, al «intermedio tercero», cuando Argán participa en la parodia que lo elevará al altar de la medicina. Una burla repleta de latín macarrónico e inventado que la compañía acentúa con algún desfase excesivo como alguna imitación de Chiquito de la Calzada y otras disonancias propias de La hora de José Mota. Creo que ahí atraviesan una frontera de buen gusto que a mí no me complace. Sobre todo, porque a lo largo de la función ya habían jugueteado con la música irónicamente, con anacronismos, como tocar «La marsellesa»; y, principalmente, traer a colación nuestra propia pandemia y las ganancias de las grandes farmacéuticas que se nombran sin ambages. Estas son gracietas muy bien encajadas y que fluyen dentro del texto, y nos dan a entender la vigencia de la propia obra. Esto funciona, mientras que el fin de fiesta se les va de las manos. Todo lo demás va encarrilado con mucha astucia, fundamentalmente porque los dos personajes principales, no tan antagónicos como parece, están interpretados maravillosamente. El Argán de Fernando Aguado es soberbio, guiñolesco y de una agilidad tremenda; puesto que se bandea entre achaque y pavor con todos sus síntomas inventados. Su contabilidad sobre sus propios remedios es toda una aritmética de la cura interminable. Frente a él, la Toñita de Malena Gutiérrez, una actriz que siempre demuestra su versatilidad (recordémosla, por ejemplo, en Espía a una mujer que se mata) encuentra una idónea línea entre su picardía y el carácter pragmático de alguien que debe mantenerse al margen. Es ella, desde luego, la que pergeña los asuntos amorosos como una Celestina más bondadosa y afable; y frente a toda esa patulea de fulleros ella descubre unas estrategias muy consistentes para que la comedia deambule hacia la felicidad. El resto de personajes se encaja en los acomodos que se van creando en la tensión del amo y su criada. Así, Virginia Sánchez, como esposa, queda un tanto estereotipada como trepa y engañadora; mientras que su hijastra, Luna Aguado, parece algo blanda en sus enamoramientos con Cleanto. Este, encarnado por Daniel Migueláñez y caracterizado como el célebre cuadro de Mignard, posee encanto y soltura. Luego, cuando el propio actor haga de Purgón, el galeno experto en el arte de la lavativa, y venga envuelto por el plumaje del buitre, propiciará una caricatura estridente y muy llamativa. Puesto que es muy necesario comentar que el vestuario que han diseñado contiene de todo para alcanzar la celebración barroca, con esa cantidad de detalles que van desde los pelucones, hasta los tules luminosos de las odaliscas, pasando por vestidos coloridos y grandilocuentes, unido a zapatones imposibles. A eso, claro, hay que añadir todo tipo de caracterizaciones que destacan por las narices y toda una serie de maquillajes. La deformación, el esperpento y ciertos elementos grotescos se aúnan de manera sofisticada en una producción muy cuidada, que se presentó por primera vez en 2006 y regresa con brío renovado. Otro de los personajes que cobra vigor avanzado ya el segundo acto es Beralda (le han cambiado el sexo del original) que acoge Eduardo Tovar, vestido como una señorona muy empingorotada, quien, como ya demostró en Fiesta de farsantes, vuelve con su desenvoltura y su gracejo para contribuir en las tretas de Toñita. Además, el actor, se mete en la piel del pretendiente Tomás Diafoirus, ese patán hijo del médico, que resulta graciosísimo en su estupidez. Luego, por supuesto, Vicente Aguado se encarga tanto del notario, como de Diafoirus padre y del boticario, todos ellos enmascarados con un expresionismo muy elocuente que favorece esa sensación de grandilocuencia; pues el aparentar es del todo una exigencia para gentes que se mueven más en el terreno de la superchería que de la ciencia. Consideremos que la presencia muda de Trajano del Palacio, como lacayo, es tan inquietante como clownchesca. Y no podía faltar la música para que todo este montaje se redondease más todavía. Barroco claro; pero también con una contribución a la comicidad evidente, aumentando el suspense y la energía cuando nos adentramos en el caos o, además, con algún anacronismo perspicaz como dije antes. Nos podemos deleitar con alguna zarabanda gracias al buen hacer de Milena Fuentes con el violín, Miguel Barón con el clavicordio y Javier Monteagudo con el laúd (entre otros instrumentos). En El enfermo imaginario encontramos una crítica muy conveniente a los matasanos y a los vendedores de humo; pero también a la gente que se inocula miedo absurdo y que es el mismo que le empuja a fiarse de los mercachifles. El espectáculo de Morboria hay que verlo. No creo que ningún espectador salga indiferente de la sala, pues es todo un acontecimiento.

El enfermo imaginario

Autor: Molière

Traducción, versión y dirección: Eva del Palacio

Reparto: Fernando Aguado, Malena Gutiérrez, Virginia Sánchez, Luna Aguado, Eduardo Tovar, Daniel Migueláñez, Vicente Aguado, Trajano del Palacio, Milena Fuentes, Miguel Barón y Javier Monteagudo

Espacio escénico: Morboria y Eva del Palacio

Realización atrezzo: Fernando Aguado y Ana del Palacio

Música original: Miguel Barón Charpentier

Diseño iluminación: Guillermo Erice

Iluminación: Javier Botella

Luz y sonido: Guillermo Erice

Fotografía: Carlos Bandrés

Gerencia: Javier Puyol

Diseño gráfico: Miguel Brayda

Diseño vestuario: Ana del Palacio, Fernando Aguado y Eva del Palacio

Caracterización y máscaras: Fernando Aguado y Ana del Palacio

Oficina: Ana del Palacio

Producción: MORBORIA S.L.

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 16 de enero de 2022

Calificación: ♦♦♦♦

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