Ojos que no ven

Natalia Mateo ha transformado en obra teatral su cortometraje para configurar una oscura tragicomedia navideña

Ojos que no ven - FotoLas trifulcas familiares con visos costumbristas, con ese retrato de las cuitas pequeñoburguesas, son un género altamente explotado en el cine y, también, en el teatro. Fácil es acordarse, por ejemplo, de Agosto, de Tracy Letts; aunque más interesante es traer a colación No todo el mundo puede ser huérfano, de los Chiens de Navarre, pues ellos ofrecieron una conmovedora ruptura sarcástica a la cuestión. Ojos que no ven, de Natalia Mateo parte de su propio cortometraje homónimo. Aunque se perciben detalles peculiares, que veremos, la autora se ajusta al estereotipo y, por supuesto, nos destina a la catarsis esperable para que la purga nos concite. Por eso, en este sentido, no podemos ir más allá, por mucho que las interpretaciones posean, en general, una sintonía del todo satisfactoria. Si la idea principal del corto se mantiene, los cambios y las aportaciones son muchas y variadas; con lo que debemos aceptar que es casi una obra nueva. De alguna manera, sí que se percibe algo de relleno, cuando las subtramas no se han elaborado en consonancia con una función de hora y media. Quiero decir que el preámbulo es largo y lento, que la acción se demora con unos diálogos entre la madre y su hija mayor que valen para que comprendamos en qué estado se encuentra su relación; pero eso hace que otros personajes no tengan oxígeno suficiente para crecer después. Nos encontramos en un piso amplio, elegante, que denota un generoso estatus socioeconómico (Alessio Meloni ha sabido cuidar los detalles). Allí vive Carmen, la hija mayor, una Mariola Fuentes que se ha echado a la espalda la responsabilidad de cuidar a su madre. La actriz sostiene sus manías —necesita poner plástico por encima de la mesa—, con un nerviosismo muy bien trazado, cuando tiene que lanzar sus quejas sobre el resto. Su marido, Manolo, encarnado por Jorge Roelas, cumple con pericia esa manifestación de compromiso del tipo de hombre diríamos que bueno y sensato. Muy distinto es el hijo, que Álvaro Fontalba interpreta con el inequívoco rictus de quien se siente desencantado, pues se ha separado (eso supondría una gran decepción para su abuela) y sus asuntos musicales no marchan. No se le machaca aquí más, pues no aparece un hijo resabidillo de este que sí sale en el film. Desde luego, el centro de atención de toda la pieza es la madre. Carles Alfaro, un director que vuelve a exprimir con sabiduría todos los recursos que tiene a su disposición, y que aprovecha todo el espacio para propiciar cierto caos ordenado que nos pueda transmitir la angustia latente, cuenta de nuevo con Mamen García, como ya hizo en Éramos tres hermanas. Es más, parece que la obra se ha reconfigurado en torno a sus dotes como cantante y pianista de jazz y de blues. Es, desde luego, un plus que suene el piano y algunos temas (también navideños) compuestos por Alberto Sanz (hijo de la propia intérprete, para que sea aún más familiar) y que, gracias a estos, se establezca un candoroso contraste inserto en el drama. En cualquier caso, la madre, que se ha quedado ciega (de ahí el ambivalente título) y que su marido está en un geriátrico —desconoce que en la misma Nochebuena ha fallecido y que sus allegados pretenden mantenerla en la inopia—, ejerce ese típico matriarcado de puertas para adentro que se van acendrando según el esposo, de más edad (como suele ser habitual en tantísimas parejas), va decayendo. En la revisión del personaje —en el corto Asunción Balaguer no manifiesta tanto sus energías— no me termina de encajar su supuesta moral conservadora respecto de cuestiones demasiado chuscas para los tiempos que corren, como que su nueva nieta sea una niña de ocho años, adoptada y negra. Esto último es demasiado anticuado y no le pega a esta señora tan echada para adelante. Por otra parte, pienso que a la propuesta le falta una comicidad más sostenida, más insistente; porque a lo largo de la función se cae en un dramatismo circular, como ocurre con los papeles de Mar Abascal y Javi Coll, la otra hija y su marido, y padres de la susodicha niña, quien, por cierto, muy hábilmente dejan fuera de escena, ya que no quiere entrar en el piso debido a su fobia social —resulta muy gracioso cómo los padres medio discuten por el buen uso de un walkie talkie—. Aportan con genio ese patetismo de pareja desilusionada, puesto que son incapaces de demostrar su valía y se sienten en todo segundones. No hay más que ver a Coll sacando a pasear al perro de la suegra (Cole Porter), discapacitado y con diarrea. No obstante, Abascal se desquita cantando con gran poderío junto a su hermana, después de haber desplegado su histerismo quejoso. Finalmente, María Maroto se queda con la hija pequeña, Esther. Es uno de los personajes más interesantes en cuanto que rompe con ciertas dinámicas, se siente más liberada en la vida y tiene mucha pujanza. El trabajo que ha realizado con ella Natalia Mateo es el más consistente, no solo porque se quede con el anhelado chorreo de sinceridad, sino porque la dejan muda en gran parte del montaje —deben fingir que ella está con su padre cenando en la residencia—. Esto favorece un juego sensorial entre el tacto, la vista y el oído muy sugerente. Ojos que no ven entretiene a través de todas esas rencillas que se exponen con viveza. Uno se ríe, desde luego, hay chistes sarcásticos a través de pullas sagaces; pero quizás le falte hacer más gracia todavía una vez está en marcha el dispositivo, pues la tristeza, en varias ocasiones, agosta en exceso la atmósfera.

Ojos que no ven

Autora: Natalia Mateo

Dirección: Carles Alfaro

Intérpretes: Mamen García, Mariola Fuentes, Javi Coll, Mar Abascal, Jorge Roelas, Álvaro Fontalba y María Maroto

Escenografía: Alessio Meloni

Vestuario: Sofía Nieto (Carmen 17)

Diseño de luces: Felipe Ramos

Composición musical: Albert Sanz

Espacio sonoro: Mario Patxon

Coproducción: Teatros del Canal, Entrecajas Producciones, Teatro Narea y Producciones Come y Calla, S.L

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 9 de enero de 2022

Calificación: ♦♦♦

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