El enfermo imaginario

Flotats dirige y protagoniza la última obra de Moliére en el Teatro de la Comedia, con un montaje muy cuidado en los detalles

Foto de Sergio Parra

Si la intención del afrancesado Josep Maria Flotats era rendir homenaje a Moliére adelantándose a los fastos del cuatrocientos aniversario de la muerte del dramaturgo francés que se cumplen dentro de poco más de un año, lo cierto es que ha estado muy acertado. Esta afamada obra nos viene muy a cuento ahora que estamos de pandemia y nos hemos vuelto expertos epidemiólogos y otras variedades médicas que ni siquiera conocíamos. Paradójicamente, además, hemos sido cautivados por el «efecto bata», pues hemos confiado con ceguera en todo lo que doctoras y doctores afirmaban sobre cuestiones en las que no estaban duchos. Eso sí, lo de ahora es medicina; mientras que lo del siglo XVII, sencillamente, alcanzaba la creencia o, como máximo, el ensayo-error ridículamente falsable. De ahí que siempre haya dado mucho juego esta obra y que nos sirva, tanto para criticar a los galenos y a los boticarios, como a tipos tan hipocondriacos como este Argán, que representan ―como ocurre también tanto ahora― al claro ejemplo del individuo que busca la seguridad y el cariño a cada segundo de su vida. Si no fuera un anciano, sería toda una muestra de debilidad e inmadurez. Carece de sentido escenificar los prólogos que incluyó el escritor; porque la parte musical y danzística han sido eliminadas. Así que enseguida Flotats adopta gesto y manera de contable para repartir los dineros entre sus médicos y, de esta manera, establecer, además, el conteo de sus lavativas mensuales y otras artes purgatorias para sus dolencias ilusorias. Nuestro actor sabe muy bien esbozar ese punto preciso entre la obsesión del timorato que ve peligros en las corrientes de aire que llegan de las ventanas abiertas, y el hombre que es capaz de imponer un matrimonio a su hija que cumpla con sus deseos, es decir un yerno doctor. Esa caracterización tan bien llevada a lo largo de la función nos permite contemplar una lucha cómica y punzante entre Argán y su criada, Tonina. Esta, interpretada por Anabel Alonso con su habitual desparpajo y esa capacidad ―con su voz medio chirriante medio aflautada― para meter baza en cualquier requiebro con pulsión bufonesca. Los dos generan sendos focos de atención; uno, por querer dominar el devenir de su hogar y de su familia; y, la otra, por contribuir con su bonhomía y apertura de mente a luchar por Angélica, la desdichada hija. Belén Landaluce cumple con elegancia su papel; aunque ella se vea un tanto paralizada, pues el revulsivo y la revolución no corren de su acción, sino de otros personajes. Como así pasa, en cierta medida, con su amante, Cleantes. Un Rubén de Eguía que ya protagonizó hace años El juego del amor y del azar, también dirigido por Flotats. Aquí vuelve a demostrar sus dotes para la comedia y para la pose irónica. Y es él quien protagoniza junto a su amada, uno de los momentos más graciosos y, a la vez, más chirriantes por su enfoque; pues ambos improvisan una ópera de tono satírico ―una crítica a la cerrazón de nuestro enfermo― que se nos debería mostrar como «prosa acompasada, algo así como versos libres»; pero que termina pareciendo un rap. Digamos que funciona; pero se queda al límite del anacronismo un poco ridículo. A tal fingimiento asiste el señor Diarreus, un Eleazar Ortiz que ajusta muy bien la calidez de sus respuestas para dejar constancia de que los médicos tenían respuesta para todo; acompañado de su hijo, Tomás Diarreus (médico en ciernes), pretendiente de Angélica. Este es encarnado por Francisco Dávila y logra una caricatura que aposenta fenomenalmente esa incisión en el absurdo del gremio. Hasta un tontorrón como él se pondrá a recetar ungüentos y pócimas inventadas. Una de las pegas que se le pueden achacar a esta obra y a su composición, es que la subtrama que se bosqueja con Belina, esposa de Argán (interpretada por Lola Baldrich con exagerado y humorístico cinismo) y el señor Buenafé, el amante y notario de aquella, que Alejandro Sigüenza acoge con equilibrado tono, quede en suspenso y apenas valga para caracterizar al propio enfermo imaginario, como crédulo y cornudo (cuando parece que gasta tiempo en controlar todo lo que puede afectar a su salud). La cuestión es que la comedia discurre por los derroteros del enredo; pero con personajes que templan la acción para que no se desboque. Ocurre así con Beraldo, el hermano de nuestro protagonista, un Joaquín Notario sensato, inteligente y muy bien plantado sobre el escenario (como no podía ser de otra manera). Este contribuirá a la treta de Tonina, quien se inviste de doctor, y es en ella en quien nos confiaremos para gozar de los equívocos y de los disfraces, y de toda esa deformación que se ejecuta sobre la profesión médica (a la que se unen el señor Oliscante, Bruno Ciordia, y el señor Purgón, Arturo Martínez Vázquez; para apuntalar la desfachatez de sus diagnósticos aleatorios). En el desenlace se procede con un truco algo ingenuo, un jueguecito infantil como es el de hacerse el muerto ―y dos veces―, para evidenciar los verdaderos sentimientos tanto de la esposa (quedarse con la herencia) como de la hija. Resulta, incluso, un poco abrupto, ya que rompe con un ritmo y un proceder amasados con mayor matización durante el espectáculo. Lógicamente, el feliz final no debe alejarnos de la verdadera intención de Molière, pues logra con creces autocriticarse (buen hipocondriaco era él) y poner en solfa una «sabiduría» esa de los físicos que todavía estaba en pañales. Desde luego, Flotats vuelve a ofrecernos un espectáculo de factura impecable. La escenografía de Ezio Frigerio (con la ayuda de Ricardo Massinori) nos sumerge en una especie de grabado muy vivo, desde la distancia, casi una aproximación al muaré. Una grisura mitad hospitalaria, mitad conventual. Absolutamente acorde está el vestuario exquisito de Franca Squarciapino, quien ha usado telas con estampado de cachemira. A Flotats lo ha envuelto con un elegante batón grisáceo y gorro de dormir a juego; mientras que el contraste totalmente colorido del baile epilogal aporta una gran brillantez, potenciada por la iluminación de Paco Ariza, quien ofrece un trabajo muy sutil a lo largo de la propuesta. Finalmente, es justo señalar que la traducción de Mauro Armiño suena inigualablemente fluida, sin distorsiones reseñables y que nos permite comprender con gusto este texto. En conjunto, El enfermo imaginario que podemos disfrutar en el Teatro de la Comedia es un montaje con calidad y cuidado en los detalles.

El enfermo imaginario

Autor: Molière

Versión y dirección: Josep Maria Flotats

Traducción: Mauro Armiño

Reparto: Josep Maria Flotats, Anabel Alonso, Belén Landaluce, Lola Baldrich, Alejandro Sigüenza, Rubén de Eguía, Eleazar Ortiz, Francisco Dávila, Joaquín Notario, Bruno Ciordia y Arturo Martínez Vázquez

Escenografía: Ezio Frigerio con Ricardo Massinori

Iluminación: Paco Ariza

Vestuario: Franca Squarciapino

Composición musical: Daniel Espasa

Ayudante de dirección José Gómez-Friha

Ayudante de escenografía: Mónica Teijeiro

Ayudante de iluminación: Dani Checa

Ayudante de vestuario: Emi Ecay

Asistente de dirección: Eugeni Mataix

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 27 de diciembre de 2020

Calificación: ♦♦♦♦

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